Decálogos, mandamientos, credos, consejos y preceptos para ofici

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Carlos López (comp.) - Decálogos, mandamientos, credos, consejos y preceptos para oficiantes de la escritura
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Viñeta

Daniela Camacho

 comentario en la 4ª de forros del libro

 

Una vez más, Carlos López sorprende al lector con un trabajo minucioso en el que rescata un invaluable tesoro para los amantes de la literatura: decálogos, consejos, credos y mandamientos que nos enseñan a cultivar la palabra, a liberar el espíritu mientras la tinta se disuelve en el papel. En este libro se reúnen las voces vibrantes de privilegiadas plumas de todos los tiempos: J.L. Borges, W. Faulkner, R.M. Rilke, G. García Márquez, V. Nabokov, A. Monterroso, A. Chejov, R. Bolaño, entre otros. El editor y poeta guatemalteco los hace coincidir hoy para entregarnos la sabiduría y la pasión con que estos autores inundaron sus obras, para iluminar nuestras páginas aún en blanco y, sobre todo, para confirmarnos que la magia de la escritura es iridiscente, casi palpable.  
 


Viñeta

Ariadna Vásquez

 comentario en la 2ª solapa del libro

Mientras escribo, un cosmos constreñido en la cabeza se libera en el aire, esparciendo burbujas y conejos en toda la casa. Justo en ese momento, nadie puede decirme ni recitar de memoria aquellas reglas requeridas para contar eso, para decir eso que se mueve dentro, para escribirlo y escuchar su eco, pues siento que escribir es un acto desbocado, ardiente, loco, completamente loco y fascinante; sin embargo, la voz de algún maestro me mira, me señala con el dedo índice un camino, una carretera larga que él transitó, llena de baches, de peces que se ahogaron, de gente que reza alto mientras le cuenta las patas a los alacranes, y entonces escucho la voz que se repite a sí misma, casi incomprensible, que se mete en mis oídos, redimiéndolos: «escribe para complacerte a ti mismo» y continúo escribiendo, como nueva, como quien escuchó las grandes palabras.
        El libro contiene una sabiduría que sólo puede ser escuchada con afán similar a unos ojos mirando a un ser iluminado. Las herramientas que nos regalan estos escritores son invaluables, pues pretenden encender un llano lleno de lámparas en reposo que nadie sabe quién instaló y ni siquiera si realmente las instaló. En una vereda tan confusa como la que representa el arte de escribir y, sobre todo, de escribir bien, los maestros que ocupan su tiempo en establecer una serie de reglas que muchos de ellos no respetan es como toda belleza en la literatura, un espejo de mentiras y verdades donde yo puedo ver una cara, usted un codo, y los demás algo distinto. 

 


Viñeta

 Juan Domingo Argüelles

El Universal, México, 29 nov, 2006, p. 2F 

 

Decálogos, mandamientos y preceptos literarios

Decálogos, mandamientos, credos, consejos y preceptos para oficiantes de la escritura (México, Editorial Praxis, 2006), compilado por Carlos López, es un libro de gran utilidad para los escritores y, en general, para los interesados en la literatura. En sus poco más de 200 páginas se cifra una buena parte de la estética y las certidumbres de algunos grandes autores que decidieron sistematizar en una serie de preceptos sus hallazgos y convicciones.
        Los exhortos y recomendaciones sobre el oficio de escribir que reúne Carlos López en este volumen son suscritos por autores como Horacio Quiroga, Martín Luis Guzmán, Stephen Vizinczey, William Faulkner, Rainer Maria Rilke, Friedrich Nietzsche, Julio Ramón Ribeyro, Juan Carlos Onetti, Augusto Monterroso, Erskine Caldwell, Antón Chejov, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Vladimir Nabokov, Ernest Hemingway, Gilbert K. Chesterton y Adolfo Bioy Casares, entre otros.
        Pero todo es relativo: si admiramos a ciertos escritores probablemente creeremos en sus consejos; no así cuando se trata de autores que están fuera de nuestra predilección. Por otra parte, leídos en conjunto, estos decálogos que aconsejan seguir los escritores mencionados (y los otros también incluidos) chocan muchas veces entre sí, lo cual quiere decir también que cada certeza es absolutamente soberana e íntima, sin que ello tenga que ver necesariamente con la objetividad.
        En realidad, estos mandamientos son divertidas arbitrariedades y aun dogmas que sólo alcanzan algún sentido con el grado de genialidad o de talento del escritor que los suscribe. Así, podemos verlos con simpatía —aun cuando no estemos siempre de acuerdo con ellos— si los escribieron Borges, Chejov, Nabokov o García Márquez, ¿pero cómo leerlos en serio cuando sus autores son escritores a quienes no podemos considerar escritores de excepción sino de segunda categoría, con obras francamente intrascendentes? Son los casos, por ejemplo, de ciertos autores menores o de académicos que no están para dar consejos sino para seguirlos.
        Recordemos que Ezra Pound recomendaba, respecto de la poesía, «no hacer caso a las sugerencias de aquellos que no hayan producido una obra poética notable», porque estaba convencido de que sólo los grandes escritores tienen derecho a dar consejos y a criticar a los demás; no así los que no han sabido realizar una obra siquiera medianamente.
        La reunión de textos que ha antologado Carlos López, algunos de los cuales ha resumido de obras más vastas, nos sirven para conocer el temperamento y el credo de un escritor, los cuales emanan de sus filias y sus fobias, sus certezas y sus desconfianzas.
        William Faulkner dice, por ejemplo, que si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Otros, en cambio, aconsejarán mucho a los jóvenes en cuanto a la técnica. Rilke dice, respecto de los jóvenes, que nadie les puede aconsejar ni ayudar sino su propia búsqueda y su decisión. Nabokov detesta a Thomas Mann, Camus, García Lorca y Faulkner, entre otros, a los que llama autores secundarios, y Roberto Bolaño dice que no hay que leer jamás ni a Cela ni a Umbral, pero sí a Enrique Vila-Matas y Javier Marías. (No faltará otro escritor que aconseje no leer jamás a Roberto Bolaño.) Y Hemingway dice que Ezra Pound fue el hombre que le enseñó a desconfiar de los adjetivos.
        Sea como fuere, Decálogos, mandamientos, credos, consejos y preceptos para oficiantes de la escritura es un libro absolutamente disfrutable si lo leemos como algo que no debemos seguir nunca al pie de la letra.
 

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