Libélulas azules


Libélulas azules, Alejandro Quijano, 2016, 120 p., ISBN 978-607-420-198-7, $200.00
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Viñeta

El haiku es la descripción poética de un instante. Existe un misterio entre la brevedad de sus diecisiete sílabas y el infinito que el lector puede intuir en cada poema. La simplicidad de las evocaciones a la naturaleza puede llevar a reflexiones profundas. Más de una vez, Jorge Luis Borges expresó su admiración por el estilo tradicional de la poesía japonesa en que casi no se hace uso de la metáfora y de los calificativos. Cada haiku encierra un universo; en esta obra, cada tres líneas esperan que los ojos del lector las transiten, les den vida.

 


Viñeta

La eternidad del instante

 

María Cruz

 

Toda poesía tiene una especie de efecto de gravedad en sí misma; su fuerza, aunque aborde muchos temas, proviene de la naturaleza. El haiku deliberadamente le rinde homenaje con una especial belleza. El poema es una luz en la oscuridad del mundo; esa luz se centra en un objetivo que de pronto destaca gracias a la palabra del poeta que esconde su ego y da paso a la observación de lo que le rodea. El botón abre y da una flor, el viento provoca una agitación que despierta los sentidos, la luz cambia e ilumina un insecto, la lluvia lava lo opaco, el paisaje se trasforma a cada minuto. En Libélulas azules hay una especie de entramado que inventa un lenguaje para su corpus, parece que cada poema está ligado al siguiente, hay una suerte de concatenación, pero si cavamos más hondo o, aun en la superficie, vemos que la ilación la da la naturaleza, su ímpetu y su misterio. Como el río de Heráclito, aquí el cambio es una constante que forma sus propias leyes, porque aunque el ojo humano esté muy atento, algo se le escapa. El ritmo del ecosistema no es el ritmo humano y cuando el poeta quiere atrapar la sutilidad de un hecho no lo alcanza; sin embargo, le queda la memoria y la imagen. El que escribe persigue la divinidad y a veces la captura y la encapsula en palabras que son imagen y metáfora. El haiku parece una pequeña vitrina donde el estudioso intenta preservar la vida y su misterio, con la complejidad que esto implica.

     El poeta busca la perfección y aquí la alcanza en su factura métrica y también en el respeto por lo que percibe. El poemario ensalza la atención y encontramos que la belleza está asomándose de manera constante, sólo hay que estar ahí, a su acecho, serenos, despiertos. Como en una meditación continua, Alejandro Quijano sabe esperar el suceso de la hermosura, sin prisa, con la paciencia de quien concibe el mundo sin pretender algo utilitario. A diferencia de la fotografía, que también trabaja con el instante, la escritura nos remite a una tarea más antigua, el registro de la palabra obtiene en su sugerencia un despliegue de los sentidos que abarca un espacio muy amplio:

 

El río en calma.

Desde lejos se escucha

llegar la lluvia.

 

En la aparente sencillez del anterior poema existe una presencia de todos los sentidos; el último verso en su insistencia de sonido nos ofrece una suave onomatopeya de la lluvia.

     El yo poético abre su percepción con honestidad y modestia; así es como recibe la revelación de todo lo existente:

 

Entre el follaje,

el canto de dos aves;

no logro verlas.

 

Parece que la naturaleza acoge al hombre, pero también lo expulsa de ciertos secretos de su devenir, así guarda una información de la que sólo ella se nutre y que sirve al engranaje del mundo:

 

Casi en mi oído

los pasos de una hormiga

y no los oigo.

 

Para la percepción humana hay un límite, eso no impide la existencia de muchos lenguajes que suceden a su alrededor. La hormiga, las aves no necesitan de la intervención del hombre para comunicarse, están ahí preservando la vida, pero quien indaga en sus procesos tiene el don de expresar los enigmas a través de la palabra. El poeta juega a desaparecer y aparecer: a veces se esconde para dar voz a la naturaleza, a veces hace evidente su presencia como el sujeto que percibe, a veces es como si las cosas se expresaran por sí mismas, lejos de la mirada, en sus acciones privadas:

 

Tiembla el rocío

sobre la telaraña

en que cayó.

 

El poeta va tras la conquista del instante y en su indagación descubre los idiomas interconectados de la vida, lo macro tiene vínculos con lo micro y ambos son cosmos completos. Lo micro y lo macro se unen en el instante porque el instante es lo inmediato; la duración, la posible eternidad la da el poema, el haiku, así el instante eterno se convierte en un relámpago que perdura, se vuelve un oxímoron vivo.

     El poemario se nutre de reflejos, sombras, sensaciones, le da validez a todo eso que el mundo de la prisa ignora. El instante fulgura, es un resplandor y la sucesión de refulgencias da origen a esta poesía. Aquí no encontramos discurso, no hay un mensaje que seguir o desentrañar, pero del algún modo lo sustenta una filosofía que le da importancia a la contemplación y ésta lleva a la reflexión; el poeta no privilegia la racionalidad, sino la percepción de la totalidad sin juicios ni prejuicios. El yo poético se rinde, se abre ante lo que lo rodea, sin negar su humanidad, sin imponerla; entonces lo cotidiano se vuelve excepción, la costumbre deja de serlo y todo se manifiesta como es.

     Dos palabras rondan este poemario: metamorfosis y proteos. Como en el pensamiento taoísta, el cambio es perpetuo, todo lo existente se transforma y crea expresiones para su información interna que crea ciclos, estaciones. No hay pausa. La intervención humana de pronto hace su aparición, pero no es el centro:

 

Cientos de hormigas

cayendo con el árbol

recién talado.

 

El poemario no cede a las categorías impuestas, no hay jerarquías para las manifestaciones de la vida; todo es importante, crucial. Hay una fuerza imparable que crea, explosión vital y muerte transformadora. El libro tiene algunos destellos de humor cuya sutileza sólo agrega algo ligero a la elegancia total del libro. También está presente la intuición que permite que el poeta capte lo que otros no; su percepción da luz a la sinestesia, a una musicalidad que otros no escuchan:

 

El cielo gris;

ya se escucha la lluvia

que aún no llega.

 

Libélulas azules pone la mirada también en el mundo moderno, hace referencia a ciudades, aviones, calles, árboles talados, perro callejeros, peceras con tortugas que no verán el mar, alambres que lastiman la piel de los árboles, vasos; nos sitúa en la cotidianidad actual que no se contrapone a ese otro mundo que en su perpetuidad nos resulta antiguo, vigente y cíclico, como las estaciones y la presencia luminosa de la luna.

     El libro nos comparte diferentes sensaciones de la percepción del tiempo; a través de la flora poetizada hallamos otros lapsos; en los animales aquí nombrados encontramos una zoología inédita, un insectario a los que rara vez ponemos atención. Todo libro que vale la pena también nos comparte una bocanada de silencio. El haiku es un acento que destaca gracias a que está rodeado de silencio.

     El lector de Libélulas azules queda agradecido porque la belleza fue nombrada y queda con la percepción despierta, atento a la hermosura.

 

 

 

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