Plegarias para insomnes

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Daniela Camacho - Plegarias para insomnes
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Viñeta

 

Daniela Camacho (Culiacán, Sinaloa, 1980), poeta y ensayista, se graduó de ingeniera industrial y de sistemas en el ITESM. Ha participado en diversos talleres literarios; en la actualidad, estudia lengua y literaturas hispánicas en la UNAM. Es fundadora e integrante del consejo de redacción de la revista El Puro Cuento. Publicó el poemario En la punta de la lengua (Tintanueva, 2007) y el libro de palíndromos Aire sería (Editorial Praxis, 2007

 


Viñeta

 

Poesía como rayo verde en el mar

Carlos López

¿Qué cantos de la noche se graban en el filo del tiempo, que es luz y oscuridad? ¿Todo lo niegan las tinieblas o de ellas salen chispas que iluminan el otro lado? Hijos de la noche, los poemas de Daniela Camacho son grito, interrogación, un viaje introspectivo, el despertar de los sentidos, la búsqueda del alma de todo lo que nos rodea, porque si las piedras contienen la memoria de la humanidad, el espíritu reúne todas las historias humanas.
     La totalidad de la vida está en el arte, la verdad se halla en la belleza, la filosofía es poesía. El poeta se rebela contra la apariencia, es un inconforme; es un revelador que saca de la oscuridad el fuego vital.
     La luz es un misterio; lo oculto, un laberinto; quien vela la noche atrapa signos, claves; descifra instantes y vuelve a su atalaya, a soñar, a oír la reverberación de los silencios, el murmullo de la vida nocturna.
     El poeta es como la tijerilla que nunca deja de volar o como el ojo de pez que jamás se cierra. El poeta ve de noche y más allá de las formas que el Sol crea: el engaño de la luz, que sólo la noche devuelve a su realidad, que convierte a ésta en una flor amarga, es como el rayo verde que se forma, en el ocaso del sol, en las crestas del mar.
     Todo esto revive en la poesía trémula de Daniela Camacho, que enuncia su canto con dignidad y fuerza, con lumbre, con el espíritu libre. Noctívaga, lucífuga, descarnada, una música de solo sostiene la danza de las palabras astrales de sus poemas.
     La magia con que la poeta mantiene en la cima su poesía ­―contra el naufragio, la herrumbre, el dolor— no se da por la retórica ni por la invención de vocablos para nombrar el mundo. No, se debe al olor de la brisa marina que trae esencias lejanas, a las ráfagas de nuevos vientos de la poesía auténtica, a la hierbabuena que impregna sus palabras, a la pasión que transpiran sus versos.
     La poesía de Daniela Camacho es misterio, conjuro, evocación. Las páginas de Plegarias para insomnes son ventanas adonde el lector se asoma para oír el silencio y al voltear oye caracolas con música de fantasmas. Los territorios de la memoria, nostalgia del futuro, se pueblan de soledades abrasadas. La poeta bate alas, pero siempre regresa a la palabra, su patria. Su pasión por la poesía no tiene límites, tampoco su conocimiento y entrega.
     El desafío al lenguaje, la transgresión a la forma de poetizar el cuerpo, la sintaxis de la clorofila que irrigan los ríos profundos del ser de Daniela son algunas de las claves que nos acercan, que nos hacen disfrutar la poesía intensa de esta también intensa poeta de Sinaloa, del mundo.

 


Viñeta

 

La tristísima insomnicida

María Cruz


 

La noche que habitan los poetas no es un albergue donde refugiarse; por el contrario, es tierra de nadie, es la frontera en la que no es posible encontrar alivio. La noche es el no lugar, el peligro incesante de ir sin armas hacia una guerra introspectiva, carente de máscaras.
En sus Plegarias para insomnes, Daniela Camacho enfrenta la noche con el riesgo que implica permanecer en la vigilia. Esto se convierte en una lucha constante, inclemente y lúcida.
La noche parece fundar su propio lenguaje nacido de aquello que expulsa y lo que expulsa es la desnudez emocional que no permite la mentira. Lo que es posible disfrazar de día, con la luz matinal, con el ajetreo urbano, de noche fosforece con incandescencia propia. Y entonces surgen los fantasmas, el llanto, la total soledad, lo inhóspito; el dolor crece, los enfermos agravan, los impulsos se vencen, la temperatura baja, el miedo asoma la cabeza deforme, el silencio nos obliga a monologar, a ser interlocutores o enemigos de nuestra existencia y de los objetos próximos que se nos revelan de otra manera, lo que nos rodea nos habla y cada cosa del mundo tiene una historia que contar.
 Es aquí donde surge el lenguaje de la insomne, de la mujer de ojos siempre abiertos, de la que dialoga con las polillas y resignifica el mundo a partir de lo que carece de nombre.
 Daniela renombra el abismo de su viaje diario, de ese anochecerse para saberse vivo, porque en este trayecto no hay letargo; hay un deseo de ver que hay allá, en la otra orilla, en la zona descarnada, en el otro lado de la conciencia, en el revés de lo cotidiano, en el envés del mundo.
Como quien prepara su óbolo y su barca para cruzar el río y experimentar una pequeña muerte, en este viaje hay una afrenta por parte del yo poético, un acto de valentía. La poeta se hunde para después salir, para rencontrarse; necesita sumergirse, atravesar la asfixia para regresar y recuperar de nuevo las formas del mundo
 La poesía de Daniela Camacho abre un espacio para la angustia, para lo soterrado, para sacar de los intersticios de lo oscuro una luz o de la luz una sombra, pero que sea significativa, que no haya sido creada por el artificio.
Junto a una orquesta de cámara, inusitada en sus instrumentos, al lado del oboe, la viola y el laúd, la poeta canta con desolada voz. Sabe que en el insomnio no se puede tener fe, sabe que se duda, que el suicidio ronda a los que no se entregan al sueño, pero ella no busca asideros. Dice: «El que duerme es desertor de su vacío, de la guerra que se gesta entre sus venas, del murmullo erotizante que hay afuera».
En el camino de la noche la poeta encuentra a otros insomnes y encuentra también su cuerpo, la feminidad de su ser expresado en un erotismo solitario, violento y melancólico.
Daniela percibe el pequeño bestiario del insomnio, sus compañeros de viaje son los pájaros ciegos, las mariposas nocturnas, las larvas, las cigarras, las libélulas, los perros. De ellos aprende, lee sus acciones, sus susurros, conversa con lo pequeño y hondo de la existencia. Y entonces crea su habla, su lengua nocturnal en donde halla sus recursos: un desnombrar para nombrar, la desnoche, el desrecuerdo, el desmorir; la búsqueda de adjetivos precisos, superlativos, para su emoción; concatena versos, los niega; dibuja imágenes perturbadoras; crea verbos y encuentra el ritmo, un ritmo propio, un ritmo de insomnicida, de tristísima, de poeta.
Estas plegarias quizás no nos consuelan, nos acompañan, eso sí, en la intemperie de la noche y nos hablan desde la inteligencia, la musicalidad y la hondura de la poesía.

 

Viñeta

 

La subversión y la soledad del discurso poético:
Plegarias para insomnes,
de Daniela Camacho

 

Félix Suárez
 

I
Para Claude Esteban, la poesía no habita el lenguaje como una casa prexistente cuyo ordenamiento le tocaría sólo verificar y confirmar. Por el contrario, su signo es la transgresión, la subversión. Y en efecto, la poesía trastoca, subvierte el lenguaje con el lenguaje mismo. O mejor aún, crea un lenguaje dentro de otro lenguaje. En este sentido, como quería don Alfonso, la poesía es un combate contra el lenguaje. Por eso Paz creía que la relación que establece el poeta con las palabras es siempre una relación polémica, guerrera, hecha de violentos rechazos y aún más violentas conciliaciones. En su trato con las palabras subyace inevitablemente el conflicto y el desafío. No en vano, Reyes lo definía como el combate de Jacob con el ángel, es decir, «la lucha con lo inefable en la desolación del espíritu».
     En este implacable asedio sobre el lenguaje, el poeta abre una breve brecha entre la lógica formal, haciendo un uso particularísimo e irrepetible de la lengua. Su propósito es vasto y acaso por momentos desmesurado: linda con la aspiración del místico y del santo: hacer accesible el «otro mundo». Pero la poesía no busca ese «otro mundo» fuera de este mundo; busca el mundo oculto tras la realidad. Y el poeta quiere la Realidad, dice María Zambrano; quiere toda la realidad, «la que es y la que no es». Éste es su destino y su desafío.
     El poeta como el místico, entonces, quiere nombrar eso oculto que no tiene nombre, pero que existe, sabemos, dentro de nosotros, con una realidad mayor y aun más apremiante que la que perciben apenas nuestros sentidos. Kierkeegard consideraba que el lenguaje era incapaz de traducir la totalidad de la experiencia humana, y aunque no negaba la existencia de esos ámbitos inexpugnables para la conciencia, creía que las palabras fracasaban en su intento de traducir la realidad de esas emociones. Y si no es posible hablar de esas «otras realidades», de revelar ese «otro mundo», entonces los hombres estamos condenados de manera inevitable a la soledad.
     Ésta es una de las verdades caras al solipsismo filosófico. Pero el poeta sabe que la poesía ha permitido a los hombres reconocerse en su precaria existencia, apiadarse unos de otros. O tal vez solamente les ha permitido comunicarse de maneras más profundas y auténticas de lo que  les concede el uso convencional de la lengua.

 

II
En Plegarias para insomnes, Daniela Camacho ha entrevisto esta realidad de la poesía, sustentada en la transgresión lingüística. Por eso las palabras de sus poemas van en busca no de las nociones adquiridas, sino del espacio del desafío, que nos obliga a mirarlas y a re-significarlas desde una perspectiva no habitual para la experiencia del lector. Así, desde la intensidad de una prosa poética y polifónica, Daniela se sumerge en el intento por individuar el uso y la dimensión semántica de algunas palabras y construcciones verbales suyas. Dice, por ejemplo:

Nochísimos insomnios. O
las más insomnescentes horas. O bien,
Sólo sé la más terrible ausencia, su tristar apenas muerto,
 ya lejano, mudecido.

     O esta hermosa imagen que atraviesa frente a nosotros, desplegando sus velas:
 

El enfermo lutecer de los navíos errantes.

     En esta intención subversiva de felices consecuencias, la poeta descoyunta la estructura convencional de las palabras para re-presentarlas con un sentido nuevo en el poema. El efecto es aquí doble; por una parte, trastoca la estructura morfológica de las palabras, y por otra, reconstruye sentidos inimaginables al aparearlas en sintagmas inéditos, en construcciones gramaticales que requieren de más de un canal perceptivo por parte del lector. Reparemos si no, tan sólo en la sinestesia de estos versos cuando la poeta se refiere al laúd que «Se cansó de musitar y musicar sus todas partristuras».  O en esta otra línea, de impecable factura:

…cuando cada pájaro salpica de purpuridad el vuelo.
 

     La poesía es, así, en este sentido, desajuste, conmoción verbal, trastorno que busca remediar el empobrecido orden al que hemos sujetado sin piedad el lenguaje. Mallarmé creía justamente que el cometido del poeta era éste: «devolver  su confusión a las cosas», reinsertándolas en «la fluidez con que el alma las contempla».
La poeta de Plegarias para insomnes lo entiende así. Por eso, la escritura de Daniela se mueve entre la conmoción verbal y el vértigo, entre el asombro que suscitan sus imágenes y el juego al que nos convocan sus apariciones. Y en efecto, Daniela juega a recordar urdimbres de palabras, estructuras gramaticales que perdimos acaso al paso de los años. ¿Son estas palabras suyas construcciones oídas ya en algún otro recodo de nuestra infancia? ¿O sólo las re-conocemos, las recordamos de algún otro sitio, gracias a la mano providente de la poesía, como si el alma las volviera a rencontrar en las líneas presentes, según lo imaginó Platón?
     Daniela Camacho ha acertado en su búsqueda; por eso sus poemas alumbran nuestra mirada sobre las cosas: «Sobrio y arterial diluvio de palomas», anuncia la poeta al inicio de otro de sus textos. O nombra, por ejemplo, el desconsuelo de este modo:

Atardecí como la ahogada en un río de pájaros.

     La puesta en escena del lenguaje es esencial en el poema siguiente, donde el ritmo construye indudablemente el desplazamiento de las imágenes, y la forma se aviene giratoria a la marcha ascensional de la respiración:

 

Ebria que no, que de la luz no. Ebria y salmodiada por la noche no. Los pájaros más negros de mi boca y los cuchillos no, que de la muerte no. Todo el silencio y el gemir de oboes, la muchacha prostituta en mi ventana, el musgo entre los dientes no. El canto tremebundo de cigarras no, la hondura no. Yo arrastro este muñón de lengua entre palabras mudas que ya no, que lloran porque no. Y es ésta mi plegaria, ésta mi más dulce imprecación: la del dolor que no.

 

     La poesía, pues, borra todas nuestras marcas cotidianas; no limpia los opacos cristales con los que apenas vemos la mentida realidad de todos los días. No. Nos acerca por primera vez al agua, tocamos por primera vez, con la cara al aire, el caricioso animal de la noche. Luego nos deja en silencio, palpitantes, segura de que volveremos otra vez a necesitar de su mano.
La poeta de Plegarias para insomnes lo sabe, y como quien muestra de cerca las insólitas pepitas de oro de su hallazgo, nos comparte sus plegarias, segura también de que son, asimismo, un bien común, lazo de nuestras consonancias y consanguíneas emociones; las visiones idénticas que miran los insomnes cada noche al apagar sus ojos.

 

 

 

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