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Hernán Lavín Cerda - Tal vez un poco de eternidad

Descripción

Viñeta

 

Hernán Lavín Cerda (Santiago de Chile, 1939) es licenciado por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile (1965) y maestro en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, de 1974 a la fecha. En 1970, obtuvo el premio Vicente Huidobro por el texto de narrativa poética La crujidera de la viuda. Es miembro de la Academia Chilena de la Lengua desde 1992. Ha publicado 50 libros de poesía, ensayo y narrativa de ficción, algunos traducidos al alemán e inglés. Su obra aparece en antologías de Latinoamérica, Estados Unidos y España. 
 


Viñeta

Carlos López

Entre el vacío y el caos, la poesía; entre la solemnidad y el drama, lo lúdico; entre el lugar común y la troceadura de versos, el pensamiento; con estas miras, Hernán Lavín Cerda propone, en Tal vez un poco de eternidad, una poesía despojada de vestiduras estridentes, barroquismos y oropeles, cargada de conocimiento, de pasión por la vida, de transformación por la palabra. Y es que, como afirma Antonio Skármeta, él es un «escritor antisolemne, profanador, con la antidramaticidad del teatro del absurdo. Parece fuera de duda la originalidad entre terrible, patética y subversiva de HLC». También, en opinión de Julio Cortázar, el poeta ofrece una obra que «tiene un acento y un ritmo extraordinariamente personales, que dan a sus poemas ese impulso que los clava para siempre en la memoria». El tono directo de los poemas de estelibro, la ironía, el acento puesto en la poética de autores fundamentales de la lírica latinoamericana, la mirada incisiva del autor sobre el mundo y su propuesta estética revolverán el espíritu del lector, le recordarán nuevas y antiguas vetas de la composición.

 


Viñeta

 

Lavín Cerda y la infinitud de la palabra
Tal vez un poco de eternidad

Silvia Pratt

 

I

Desde el primer momento en que el hombre escudriñó el firmamento o desde el instante en que sus manos acariciaron una flor marchita, surgieron las interrogantes: ¿Acaso existe lo inmortal, lo perdurable, lo eterno? ¿Cómo no extraviarse en ese interminable camino de siglos y edades pasadas o por venir? ¿Qué es el tiempo? Y pleno de asombro, el ser humano lo contemplaba en el transcurrir de las nubes y en la revelación de las sombras sin poder atrapado. Se percató, por un lado, de lo inasible de un filamento de segundo, del parpadeo de un instante, de lo fugaz de la voz y, por otro, se hundía en lo inconmensurable, en lo infinito del universo. Por eso y para dejar un testimonio de lo efímero o de la duración de las cosas, creó un artefacto que evidenciara nuestro paso por el mundo. Así surgieron los relojes que con su pulso darían fe de nuestro transitar por la existencia: de agua, de arena, de sol, de mar, de campana, de música, de péndola, en fin, un sinnúmero de formas, aunque un solo objetivo: el de asir el presente, desentrañar el pasado, vislumbrar el futuro. Péndulo sin tregua, su movimiento albergaría una dualidad inexorable: lo perpetuo y lo perecedero. Dualidad presente en el vaivén del mar, en el susurro que pervive en la entraña de las caracolas.
        En todas las épocas, el individuo se ha cuestionado: ¿Qué es la eternidad? Y se descubre inmerso en la otredad, en el misterio; acaso también para conjurar la finitud, para soportar el peso del cosmos, para visualizar la vida por los siglos de los siglos, para perpetrar la certidumbre de las cosas, surge la avidez de la presencia de los dioses, la urgencia de lo perenne. En las Enéadas,Plotino sustenta lo eterno como una vida que persiste en su identidad siempre presente en sí misma de la manera total. Dante, en el «Paraíso», se refiere al punto en el que convergen todos los tiempos. Jean Chevalier y Alain Gheerbrant conciben la eternidad como la existencia que se afirma en la negación del tiempo. También sostienen que Irlanda, por su raigambre tradicionalmente mítica, así como cualquier otro pueblo, era incapaz de hacer que la mentalidad del hombre comprendiera este concepto, por lo que de manera simbólica yuxtapuso el tiempo humano, que es fijo e inmutable, de regularidad cíclica, al tiempo divino que posee límites elásticos. Estos amores arguyen que la eternidad:

 

Es la perfecta integración del ser en su principio; es la intensidad absoluta y permanente de la vida que escapa a todas las vicisitudes de los cambios, y en particular a las del tiempo. [...] La eternidad no está tanto en el inmovilismo como en el torbellino; está en la intensidad del acto.

 
 

II

Hernán Lavín Cerda no es ajeno a estas cuestiones, lo cual se manifiesta en una de sus obras más recientes, Tal vez un poco de eternidad. El título lleva en sí una fuerte carga semántica que se confirma en el epígrafe del propio autor, quien revela su pensamiento ante lo imperecedero:

 

Sospecho que cuando descubrimos, asombrados, aquel entusiasmo en el viaje de nuestra sombra a través del tiempo, y somos capaces de sonreír con más gloria que pena, sólo entonces hemos tocado la orilla de la eternidad, tal vez un poco de eternidad que seguirá respirando a media luz, a media sombra.

 

        Una constante a lo largo del libro es la preocupación tenaz por el tiempo, lo que se advierte en el uso de algunas palabras, ya sean sustantivos, adjetivos o adverbios que aluden a dicho referente. Encontramos un vaivén entre el ayer, el hoy y el porvenir. Así el antiguo Génesis puede aparecer de un momento a otro en este mundo, o bien el Apocalipsis que estuvo antes, incluso es previo a la Nada, o más aún lo milenario regresa sin ruidos «con la música de un soplo que seguirá vibrando en el aire del Mundo». En su cántico, el poeta dice que únicamente podrá vivir, vivirse o sobrevivirse a imagen y semejanza del Tiempo, remembrando aquella época de Heráclito, cuando todo lapso era impalpable, abstracto, y no existía fuera de los labios: en la total ausencia de mediciones o relojes. O puede encontrarse, también, en el umbral de la Basilique du Sacré-Coeur «viendo y viendo, mirándome/ pasar aquel fenómeno que dudosamente llaman tiempo».El autor se interroga: ¿Existe alguna fecha de caducidad? Ya través del poemario nos encontramos con el nunca jamás, con el jamás nunca, con el nunca nunca, con el casi nunca que se va infiltrando en ese «desliz pendular del Mundo».Todo es tal vez y ese tal vez podría ser nunca.
        Lavín Cerda es diestro en el manejo de la intertextualidad, recurso que utiliza con vigor, otorgando vida a los personajes a quienes alude. Nuestro autor no los toma del pasado y los vuelve a dejar ahí sin que nada suceda, sino que recurre a ellos y los adapta a la realidad del momento confiriéndoles una resignificación. El manejo intertextual no es producto de un afán libresco sin ton ni son; está trabajado con frescura. De este modo, encontramos a dos amantes entre Demócrito y el vacío; a Boris Pasternak monologando, «muy lejos del Mundo/ y sin envidia, como el inocente/ que sólo puede creer/ en la vida de ultratumba»;a una mujer que podría, ¿por qué no?, ser el reflejo vivo de Cleopatra; a Enotea, la diosa de Petronio y de Federico Fellini; a Friedrich Nietzsche y su abismal mirada; a Siddharta Gautama, el Buda, en los ojos de los corderos del Himalaya; a Jorge Luis Borges en el cementerio de Ginebra; a Sócrates enceguecido por la ceguera mundial; a una mujer con espinazo erguido como Penélope, pero jamás gorda.
Muchos personajes más deambulan por el volumen. Sin embargo, destaca con su presencia Lavín Cerdus, alias el Lobo Sapiens, alias el Zaratustra de los Humildes. Sí, Lavín Cerdus es «aquel prominente y esquivo animal presocrático, ese aprendiz de taumaturgo/ que aún cultiva una amistad errática y deslumbrante con el ambiguo Heráclito de Éfeso»;el Lavín Cerdus «atormentado por la monarquía absoluta/ de los pies derechos en los zapatos derechos,/ así como de los zapatos izquierdos en los pies izquierdos»;o la sombra de Lavín Cerdus transfigurada en Woody Allen como Leonard Zelig. Hernán Lavín Cerda transita de la antigüedad grecolatina al presente aludiendo, ora a Sócrates y a contemporáneos nuestros como Eduardo Lizalde o Hugo Gutiérrez Vega, ora al Imperio Romano y a la internet.
        ¿Dónde está Dios o los dioses?, se pregunta el autor. Y descubrimos a un Dios inmóvil, mudo y sordo, cuyo asombro le es negado a nuestra vista; o dioses invisibles que jamás aparecen; o divinidades anónimas y neuróticas; o la presencia de ángeles que se han extraviado para siempre. Dios podría dejar de ser o no ser nunca: «Dios de nada y de todo».El poeta expresa:

 

No basta con un solo Dios,
un Dios
sin Dios
y cada vez más solitario.
Habría que multiplicado
de Dios en Dios en Dios,
con júbilo, eterna
y suspicazmente.

 

        También nos dice que ya nada es sacro. En un ludibrio afortunado, refiere: «ya nada ni nadie en el vértigo del Inmundo».¿Es posible algo sagrado en un mundo esperpéntico como el siglo xx? ¿Es posible algo sacramentísimo cuando todo se ha vuelto inverosímil?
Lavín Cerda le responde a la realidad a través de una escritura sutilmente irónica, incisiva, plena de agudeza contestataria, sin dejar a un lado lo esencial. En la cuarta de forros, el editor Carlos López afirma: «Entre la solemnidad y el drama, lo lúdico». Comparto su opinión. El autor de Tal vez un poco de eternidad va de lo serio a lo terrible, transitando entre el humor y el sarcasmo. Pienso que en la doble vertiente de lo trascendental y el divertimento hay una especie de imbricación nebulosa en la que no puede distinguirse una línea divisoria; hay una especie de fusión o transferencia que indefectiblemente nos lleva a reflexionar sobre el asunto que aborda el poeta: ya sea el vacío, la muerte o simplemente algo trivial. Octavio Paz habla de «ocurrencias poéticas». Maestro del ingenio, Hernán Lavín Cerda, mediante un estilo natural, no forzado, seguramente porque proviene de una afortunada tradición vanguardista suramericana colmada de hallazgos asumidos por su naturaleza lírica, da testimonio de sus experiencias lúdico-poéticas, pero lo más importante es que contrae un compromiso con la escritura.
        El autor nos ofrece una propuesta estética. Escribe de un modo directo, aunque también recurre a imágenes reveladoras. A veces el verso es breve, otras más es de arte mayor, e incluso recurre al versículo. Algunos poemas como «La espiral de Cristóbal», «Aquel viaje del agua», «La multiplicación de los peces» o «Una canción para los discípulas» tienen grandes silencios y son muy visuales. Utiliza el verso libre, pero en algún momento, como en el poema «Viaje alrededor de la señal», en la tercera estrofa, trabaja la rima. Es notorio el aliento que Lavín Cerda plasma en diversas estrofas en las que el ritmo no se detiene sino hasta el punto final; así advertimos en «La sonrisa de los enanos» cómo en las tres estrofas, a modo de quintillas, no hay un solo punto. Otra característica interesante es la circularidad de varios textos. El autor retorna al final del poema lo que escribió al principio de éste. Sin embargo, de pronto da un giro en la expresión, algo altera, invierte ciertos referentes, provoca un cambio de palabras, mas no de estructura, y cierra redondeando la idea inicial. Además, hace del sustantivo ataúd una forma verbal y escribe «ataudándolo». Cambia dichos populares o frases hechas; por ejemplo, cuando expresa: «Descansa en paz o, si lo prefieres, no descanses/ en paz o en guerra».Además de ello, los títulos utilizados son perspicaces.
        Quiero destacar dos poemas que en especial llamaron mi atención. Uno es «Apología del olvido», donde el poeta entreteje con destreza el ámbito verbal y el conceptual, expresando su idea de principio y finitud de la existencia. Nótese el juego de palabras entre circo y círculo. Cito un fragmento:

 

desde aquel cementerio de Ginebra
donde lo real es abrumadoramente un círculo,
dentro y fuera del Circo Mayor, aquel círculo de la muerte
deslizándose por la vida mientras la vida va penetrando en la muerte, aquel circo
de la muervida, el único indomable, y
nadie ignora que todo círculo, además de ser una trampa,
es ilusorio y eterno como la sabiduría de Macedonio Fernández

 

El otro es «Fecha de caducidad». Ahí la figura que destaca es Jesucristo, además de que una fecha vuela en valles y montañas, en el aire y en la noche. Se advierte la soledad y la reverberación del tiempo, así como el implícito homenaje que el autor hace a la poesía mística de San Juan de la Cruz. En este poema se palpa la circularidad que mencioné anteriormente. Cito la estrofa inicial y la última para marcar algunas variantes:

 

¿Existe alguna fecha de caducidad en el perfil de la hostia
que cuelga y seguirá colgando del aire
por los siglos, todo es luz, de los siglos, hasta que el Sol y la Luna
no sean más que un enjambre de hostias que aún vuelan
silenciosamente a través del esplendor de la Vía Láctea?
¿Existe alguna fecha de caducidad en el perfil de la hostia
que cuelga quién sabe de dónde
y seguirá colgando por los siglos, casi todo
es luz, de los siglos, hasta que el Sol y la Luna
no sean más que un enjambre de sombra y de luz en aquel vuelo
donde el fin es el principio y todo transcurre
en el espacio de una eternidad cada vez más solitaria?

 

En «Eternamente», por ejemplo, el autor nos remite a lo que yo denominaría «poema  lúdico adverbial», es decir, catorce líneas en las que el poeta juega y se divierte con adverbios de modo, de afirmación, de tiempo, de negación, de duda, en su muy particular estilo:

 

Si te dicen que sí, por supuesto, que sí,
que sí, que siempre
sí, que nunca no, que sí que no, que no
que sí, por supuesto, sin duda, que siempre
no: si te dicen que tal vez
sí, puede ser, todo es posible
si te dicen que tal vez no, que sí
que sí, que nunca nunca, por supuesto.

 

Y prosigue:

 

Aún me maravilla que otros se maravillen
del sin embargo, del sí que no, del puede
que sí, del puede que tal vez, del puede que sin embargo:
me maravillo del nunca
jamás, del jamás nunca, cordial
y ceremoniosamente del nunca nunca.

 

Todos estos versos para arremeter al final del poema: «¿No que sí? Nunca digas que todo es posible. ¿No que no?».
Habría mucho más que decir sobre el volumen Tal vez un poco de eternidad (Editorial Praxis, México, 115 p.), de Hernán Lavín Cerda, ya que ofrece diversas lecturas por su riqueza poética y semántica, por su vivacidad lingüística, por sus entramados conceptuales, por las preocupaciones del poeta en cuanto a lo inmortal y lo efímero, y por esa herencia cultural en la que se enmarca toda su obra, pero llegó el momento de decir sefiní, así, literalmente, como lo utiliza Lavín Cerda tornando homófonamente el vocablo del francés, en sentid