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Obraje
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Obraje

( Mario Roberto Morales )
$140.00


Viñeta

 

Esta primera novela de Mario Roberto Morales marcó las bases temáticas, técnicas, estilísticas en que se fundaría su obra posterior, merecedora de un lugar principal en la literatura latinoamericana por su calidad y oficio; además, trazó las mojoneras de la nueva narrativa guatemalteca.

Sobreviviente de la guerrilla, Morales conoce los entramados de la lucha política y los plasma con una visión poliédrica, crítica, honesta en Obraje, inédita durante casi cuarenta años debido a la represión del estado (en Guatemala la crítica literaria se ejercía a golpes y el punto final lo ponía una bala) y, en principio, por el ninguneo del «fuego amigo» (críticos de cantina, homocafeteros componedores del mundo, descalificadores de oficio que aventaban palabras como balas). Morales, gallardo, soportó ambos embates y ahora le entrega a sus verdaderos destinatarios una obra que desde entonces brillaba por su lenguaje, la textura de la composición y la maestría en la recreación de una etapa de triste recuerdo en la historia guatemalteca, que se recicla de manera intermitente en una espiral vertiginosa que brota de cada triza de su malogrado espejo.

Carlos López


Viñeta

Mario Roberto Morales
Argumentos insumisos

Oswaldo J. Hernández perfila a un autor polémico que ha hecho de la guerra,
la política, la música, la literatura y la crítica, toda una hazaña vitalicia

 

«Distractores» como dedicarse a la lectura o a la escritura, en medio de un conflicto armado, pue­den ser un tropiezo inmenso en medio de una mi­litancia guerrillera. «Claro, Mario Payeras y Otto René Castillo eran las grandes excepciones ante este detalle», dice el escritor Mario Roberto Mo­rales, exmiembro de grupos insurgentes y Pre­mio Nacional de Literatura Miguel Ángel Astu­rias 2007. Morales, próximo a presentar el libro Obrajes, es conocido como uno de los mayores críticos de la izquierda, también de la derecha, y de las circunstancias nacionales en general. Fue criado en el seno de una de las familias de elite de Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla.

Nacido en 1947, desde pequeño, la «chapina­da» —como llama Mario Roberto a los guatemal­tecos— fue para él un gran «espectáculo», «algo un tanto exótico», agrega, «similar a como lo veía mi abuelo —anticlerical, asturiano, antimilitaris­ta— gran lector de Martí».

En principio, se recuerda a sí mismo, «dentro de este país», en la farmacia de su padre, don Ri­cardo, el boticario principal de Cotzumalguapa, allá por los años 50: «Cada domingo los indíge­nas de los alrededores colmaban el pueblo; lle­naban la plaza. Su jornada, luego de la iglesia, era visitar la farmacia. Y allí mismo te dabas cuenta de un contraste que consistía en una atención distinta y recetas diferentes... Cualquier otro día, mi padre recomendaba lo más oneroso, hasta fórmulas reconstituyentes; el domingo era otra cosa». Ante esta circunstancia, fue de su madre, doña Magda, que Mario Roberto aprendió que existían «realidades desiguales, que los indíge­nas eran explotados». Desde luego, le faltarían algunos años más para entender la magnitud de esta dimensión.

 

El agringado y el rock & roll

 

Años decisivos fueron los siguientes a 1954: Ami­gos cercanos que desaparecían. La caída de Ár­benz, la paranoia e incertidumbre. Los negocios familiares, bien que mal, en auge. Mario Roberto acumulando años. La mudanza. El futuro… «Me mandaron directamente a la capital a estudiar en el Colegio Inglés Americano. Era el mundo de la burguesía guatemalteca. Había gringos, judíos y chinos. Pero también eran los años del rocanrol, no en español, que nos enfermaba, sino del buen rock & roll en inglés», comenta.

Mario Roberto dice que la Guatemala que co­noció entonces era una copia de la realidad que vería años más tarde en la película setentera de George Lucas, American graffiti. Carreras clandestinas, romances, bailes, beisbol, karate... Elvis Presley, todo esto era lo que acompañaba la vida «agringada» y «rebelde» de un Mario Ro­berto Morales adolescente. «Tenía un Corvette Monza que llevaba al colegio y con el que casi me mato unas 12 veces… corríamos en las aveni­das Elena y La Reforma… competíamos allá por donde Miguel Ángel Asturias hoy está haciendo basura…» (risas).

Hoy, pasados los años, cuando lo visitan sus "amigotes" de secundaria, la pregunta "obligada" que le hacen es:

—¿Y vos Mario, y vos que siendo de una familia «decente», de ficha y de buenas costumbres cómo jodidos paraste de guerrillero, en la izquierda…?

«Fue cuando estudiaba en la Universidad Lan­dívar», responde, cuando por los mismos pasillos circulaban Álvaro Arzú o Jorge Carpio Nicolle. «Otra retahíla de burgueses. A mí se me metió la idea de que iba a ser psicólogo y que iba a ganar mucha plata. Pero paré metido en filosofía».

 

 

Fuerzas Armadas Rebeldes

 

Una noche de 1966, Lico, uno de los compañeros de la universidad, convocó a Mora­les y a otros 5 cuatesa uno de los baños de universidad: «Recuerdo que Lico, con quien siempre discutíamos de filosofía, esa noche, nos mostró una escuadra, una calibre .45. La desarmó, la volvió a armar y nos dijo que él pertenecía al Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre. Desde entonces nunca se me olvida la cacha nacarada color blanco de aquella pistola».

El único que demostró interés por las armas fue Mario Roberto, «el único prospecto guerrillero salido de la Landívar», considera.

Su proceso de reclutamiento lo cuenta así: «1) Te endosan con un responsable. 2) El responsable comisiona a 2 pelones para que te investiguen. 3) De acuerdo con la investi­gación, ya se te recluta, se te lanza la invitación».

Mario Roberto, fan declarado de Luis Turcios Lima, «por lo peliculesco que se plantea­ba todo lo que hacía», no quería estar en el 13 de Noviembre. «Pedí a Licoque me contac­tara con las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), donde estaba Turcios».

Dice: «Así como hoy la chaviza se emociona, qué sé yo, por ser parte de un concierto de Metallica, así nosotros nos emocionábamos al pertenecer a un movimiento revolucio­nario. Ser guerrillero era ser parte de la onda. Y pues yo tenía también la cuestión rebel­de del rock & roll».

Por supuesto que cualquier cambio real, en aquel momento, tras el ejemplo de Cuba, iniciaba con vencer al ejército. «Al menos eso se creía», y Mario Roberto, integrado ya en las FAR, pasó a ser parte de la llamada Resistencia Urbana, célula que operaba en la ciudad. Esto sucedía justamente en los mismos años en que él y el escritor Luis de Lión empezaban a tratar de entender «el rollo» de la literatura… escribir y publicar.

 

 

Matar a Miguel Ángel Asturias

 

Durante los años 70, mientras el planeta entero hablaba del boom la­tinoamericano de la literatura (Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti), Morales dice que en Guatemala, los escritores de la «chapinada» trataban de imitar el estilo «vanguardista» de Miguel Ángel Asturias. «Había que acabar con eso», exclama. «Luis de Lión decía que cuando uno imita es porque todavía no has terminado de entender. Y en dichos términos, en tertulia con Luis Eduardo Rivera, Marco Antonio Flores y Luis de Lión, escribí "Matemos a Miguel Ángel Asturias"». Sus primeros libros tenían cumplidos de escritores como Margarita Carrera o Luz Méndez de la Vega, así como premios. «Y en­tonces yo dije puchis, esto está fácil, y además me gusta. Así me con­vertí en escritor, en tanto el país estaba convulso, patas arriba. Es un contexto que puede ser leído en todo mi trabajo».

De la literatura de Mario Roberto Morales, que le ha valido muchos reconocimientos, se dice que es un punto de inflexión para las letras de Guatemala. «Tiene un tratamiento menos mágico y se enfoca más en un realismo social, con lenguaje cotidiano».

 

 

La crítica y la izquierda

 

Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), Fuerzas Armadas Rebel­des (FAR), Ejercito Guerrillero de los Pobres (EGP), Organización del Pueblo en Armas (Orpa), Movimiento Revolucionario del Pue­blo Ixim (MRP-Ixim), Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalte­ca (URNG)… «Todo el mundo quería ser el Fidel Castro particular de Guatemala. Turcios ya estaba muerto, desde 1966... Yo gano una beca para estudiar historia del arte en Italia. Arana Osorio zampa bombas de napalm en las montañas y la guerrilla casi se deshace en 1968. La lucha se retoma en 1973; yo retorno en 1975».

Así, Mario Roberto regresa como reclutador en el área de occidente y se integra al MRP-Ixim, da clases de formación política y poco a po­co escala posiciones. Para 1981, era parte del llamado es­tado mayor de ese movimiento y un año más tarde le encargan una incursión azarosa de dos semanas en el Distrito Federal mexicano. Se trataba de un viaje que duraría 10 años.

«Me arrestaron estando en México. Me torturaron, pero decía que era escritor, que era pacifista y la libré. Me mandaron a Costa Rica y luego me establecí 10 años en Nicaragua».

Nicaragua entonces era aquel otro país en el cual la revolución ha­bía triunfado. Morales actuaba de modo diplomático, «evidenciando la desinformación que llegaba de la URNG: decían que la guerra se iba ganando, cuando ésta, en realidad, ya estaba perdida desde 1982».

Comentarios así al escritor le valieron un encarcelamiento de 2 me­ses y 4 días, de torturas sicológicas. «Algo incomprensible, con secue­las: eran los mismos compas».

De todo ello, el escritor salió vivo y decidió volver a Guatemala. En 1992, ya en el país, su nombre se convierte en sinónimo de polémica. Desde sus columnas de opinión, en sus novelas, y con cualquier es­crito de su autoría, evidenciaba una crítica constante a los años de la guerra, la política y a sus protagonistas. Al mismo tiempo se vuelve académico y profesor de universidades internacionales. Aun hoy, en Guatemala, sus ideas compartidas con otros columnistas, sus novelas (La debacle, Los demonios salvajes, El esplendor de la pirámide, Se­ñores bajo los árboles, El ángel de la retaguardia...), ensayos y opinio­nes siguen siendo incendiarias. «Me dicen que he estado en política, en literatura, en la academia, en el rock & roll, en un montón de rollos. Yo sólo digo que nunca he abandonado la aventura».


Viñeta

Obraje

La vida de los libros es corta y prolongada entre distintas interrupciones, desde el lector que abandona las páginas por días, hasta aquellos manuscritos que, desdeñados por su autor, se han perdido durante años para regresar a nosotros. Así, un manuscrito de esos perdidos, llega a los lectores de nuestros días: Obraje, de Mario Roberto Morales, ve la luz cuatro décadas más tarde.

La obra se llevó el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela en Quetzaltenango, allá por 1971. Sin embargo, M.R. Morales, debido a su militancia política, perdió el manuscrito cuando el ejército tomara una casa de seguridad de la guerrilla en 1982. Se dio por desaparecido el texto, hasta 2005, cuando la suerte, el destino o el azar encontrara en la municipalidad quetzalteca una copia.

En 2010, la obra sería rescatada de las tinieblas por la Editorial Praxis, en México D.F., y por su director, Carlos López. Etiquetada bajo el nombre de «antinovela», Obraje es, junto a El tiempo principia en Xibalbá de Luis de Lión (ganador del segundo lugar en el mismo certamen un año más tarde), el punto de inflexión entre la novela del realismo social y la obra asturiana, dando lugar a la nueva novela guatemalteca.

Tanto De Lión como Morales no quisieron publicar sus respectivos textos en su momento. El tiempo… se publicó luego de la muerte del autor. Y Obraje se edita hasta ahora. Esta publicación pretende complementar la obra de De Lión, ambas escritas en el mismo tiempo y con la misma experimentación: el de la novela sin orden lineal o cronológico.

Treinta y nueve años después de haber sido galardonado en Quetzaltenango, el Premio Nacional de Literatura de 2007 presenta su obra. Hoy, a las 18:30 horas, en el Centro Cultural Luis Cardoza y Aragón (2ª avenida, 7-57, zona 10). Entrada libre.

El Periódico, Guatemala, 7 de junio, 2011

 


Viñeta

Obraje

Carlos López

Los libros no están a merced de sus autores y, una vez que se desprenden de sus manos, su viaje es incierto. Mario Roberto Morales escribió Obraje en 1970 y en 1971 obtuvo un premio que no incluyó la publicación de la novela, que, inédita, se difundió entre los amigos y recibió de éstos severas críticas —mezquinas y poco certeras, ¿envidiosas?—, lo que hizo que el autor engavetara su trabajo. Los vaivenes personales y la represión política del gobierno de Guatemala provocaron que Obraje se perdiera durante veintiocho años, pero gracias al azar y la amistad, el texto fue recuperado y, cuarenta años después, sale a la luz. El escritor lo acepta como un trabajo de juventud con ecos del boom latinoamericano, pero también con un ímpetu contrapuesto, una antinovela que no sigue una historia lineal (con un inicio y un cierre circulares) y que puede leerse de manera aleatoria.

En este relato, el narrador no emite juicios directos, más bien constata a través de diversos personajes una realidad compleja, evidente, a veces, y, otras, difícil de desentrañar. Obraje es un poblado de Guatemala, un microcosmos donde transitan seres que mueven al lector al sufrimiento, la comprensión o la risa. Güicho, el protagonista, es un joven común, sensible, confundido, que en su etapa adulta llega, sin convicción alguna, a ser presidente de la república. Morales logra retratar a este protagonista (el protagonista principal es el pueblo) como un ser lleno de contradicciones. El núcleo de ese pequeño mundo es la familia de este personaje: su madre, la Chus, una mujer falaz y poco cariñosa que lo castiga «por su bien»; su padre, don Ricardo, un boticario que antes de serlo vendía cristos de casa en casa y que suele emborracharse durante días enteros y amanece casi siempre en Las Horas Felices, el prostíbulo del pueblo. Güicho tiene una formación desigual, producto de las supersticiones de su madre y el machismo de su padre.

El lector que avanza en la lectura va uniendo hilos y piezas para completar una historia de apariencia chusca y trasfondo terrible. El rompecabezas nunca se completa. El autor deja huecos porque sabe que las personas no están hechas de una sola pieza; por el contrario, son falibles, desconfiadas, ambiciosas, inconsistentes, racistas. El ambiente del pueblo está mezclado con diversas culturas y tradiciones; en un cerrado núcleo conviven indígenas, españoles, chinos. Coexisten, también, la magia y la religiosidad, la corrupción y la hipocresía. Lo que es difícil de encontrar es la verdad porque Morales, con su ojo certero, nos presenta seres que se mienten una y otra vez, que van en contra de sus deseos, que no tienen convicciones y que si las tienen, renuncian a ellas. Esto da lugar a matrimonios fallidos, sexualidades mediocres, amores nunca realizados, indecisiones determinantes. Hay un drama de insatisfacción y frustración en todos los personajes que anhelan siempre estar en otro lugar, en otra existencia.

Están, además, las jerarquías que se vuelven ridículas por la ostentosa violencia que refleja la falta de carácter. Así, el coronel tira balazos a lo loco o aprueba que se mutile a machetazos a un militante de la guerrilla o planea «limpiar de comunistas al pueblo». Los mundos en apariencia opuestos se vinculan: el burdel y la escuela de monjas, los militares y la lavandera que lee el futuro. Ésta es una lotería triste donde la vedette, el soldado, la monja, el adolescente, el indígena, la madre, el borracho, el Lic, el Dóctor, el coronel, el presidente forman un entramado lamentable. Todo parece estar a punto del estallido. La crueldad explícita o soterrada es una constante. También lo es el alcohol que domina a los personajes deseosos de atajar su cobardía y su dolor.

El autor no hace concesiones ni cae en lugares comunes. En vez de encariñarse con sus personajes, los deja actuar. Con la magia de la palabra, sin pretensiones, retrata muy bien lo que sucede en la interioridad de los protagonistas y en su interacción social. El sentido del humor enfatiza el drama, una chispa que sale a flote en los diálogos y en las situaciones (como en el plan de don Cruz López y sus amigos para hacer la revolución). La juguetona estructura de la obra retrata la fragmentación social y, en un espacio más limitado, la desintegración desgarrada de cada individuo.

El autor consiguió en esta novela de juventud sopesar un momento crucial en la historia de Guatemala y dejar constancia de sus desigualdades. Él considera Obraje como una hermana gemela de El tiempo principia en Xibalbá, de Luis de Lion, su camarada. Mario Roberto Morales también consiguió dejar un testimonio que sigue incomodando a muchos. El autor conoce el poder del lenguaje, la peligrosidad latente de la palabra escrita. Su valiente trabajo escondido durante 40 años, sale ahora, por fortuna, al encuentro de sus lectores. No puede ser calificado de otra forma el hecho de que el autor, al releer el libro, haya cambiado su opinión inicial y decidido publicarlo, para enterrar las críticas malintencionadas de sus amigos y compañeros de letras y armas.


Viñeta

Obraje, de Mario Roberto Morales, escrita en 1970
Una novela que se creía perdida

Mario Cordero Ávila

 

A principios de los setenta, un grupo de jóvenes con vocaciones literarias, se encontraron sumamente estimulados por la aún reciente entrega del Premio Nobel a Miguel Ángel Asturias. Sin embargo, el proceso creativo de esa época resultaba un ejercicio sumamente peligroso, debido al régimen militar existente en la época. En ese contexto surge la novela Obraje, del entonces joven escritor Mario Roberto Morales, que, por azares del destino perdió el manuscrito, siendo recuperado apenas hace algunos años.

El contexto literario y cultural de entonces se encontraba en uno de los puntos de inflexión, ya que si bien se encontraba encumbrada la estilística de Asturias a nivel mundial, también se estaba produciendo el llamado boom hispanoamericano y la búsqueda de las nuevas formas de novelar en el continente. Pese a ello, en Guatemala, debido al mismo contexto sociopolítico, se continuaban produciendo novelas de corte tradicionalista, criollista, sin mayores innovaciones temáticas o formales, debido a la misma castración del régimen. Es por ello que este grupo de jóvenes, entre quienes se encontraba Morales y el desaparecido ahora Luis de Lión, se encontraban en un período de experimentación y debate sobre la nueva estética literaria. Inconformes con su producción hasta el momento (sendos libros: Obraje, por parte de Morales, y Los zopilotes, por De Lión), andaban en búsqueda de una novela que enlazara la estética de Asturias —pero que al mismo tiempo la superara— con las nuevas técnicas narrativas del boom. En ese ejercicio literario, De Lión escribió la ya célebre El tiempo principia en Xibalbá, segundo lugar del Premio de Quetzaltenango en 1972, y, por parte de Morales, la novela Obraje, ganadora de este mismo premio un año antes. Las novelas, según cuenta Morales, son «gemelas», no porque coincidan en forma o temática, sino porque surgieron de la misma búsqueda. La razón de que se presentaran a concurso en diferente año es que Morales logró terminar la novela justo a tiempo para presentarla en 1971, y De Lión, no, por lo que debió esperar hasta el siguiente año. Para De Lión, El tiempo principia... —según recuerda Morales—, era una novela que rompía la linealidad temporal tradicional y buscaba ser una obra de tiempo circular. En cambio, Obraje tenía la estructura, según definición del autor, «de un balón de futbol» (de los de antes), es decir, con forma esférica, conformado por gajos que se unen para formar la esfera. A pesar de haber sido reconocidas por los Juegos Florales de Quetzaltenango, los autores decayeron en su entusiasmo, debido a las malas críticas que le otorgaron sus compañeros generacionales y la generación anterior, y los manuscritos fueron engavetados y sin ánimos de buscar la imprenta. Luego, la militancia política de ambos escritores los llevó por caminos distintos. De Lión, como es sabido, fue desaparecido forzadamente. Su novela se publicó póstumamente; primero fue el manuscrito original, y posteriormente, su versión con correcciones. Morales sabía que el deseo de De Lión fue que no se publicara, ya que estaba convencido de que no tenía mayor calidad literaria. Pero se equivocó, porque la crítica la recibió resaltando sus grandes aciertos. Ante esta circunstancia, Morales tuvo la intención de releer su propia obra Obraje, ya que quería tener una nueva impresión lejana al primer momento. Sin embargo, la casa de seguridad de la guerrilla, donde tenía guardado el manuscrito, había caído en manos del Ejército en 1982, por lo que no era posible acceder a esa copia. Quedaba una esperanza: que la municipalidad de Quetzaltenango mantuviera la copia presentada para el concurso. Sin embargo, cuando Morales preguntó, le informaron que no, que ellos no guardaban las copias, lo cual creyó el escritor, porque nunca vio publicada una obra ganadora por parte de la comuna. Pero, para sorpresa propia, Morales en 2005 recibió la noticia de que se había encontrado una copia de Obraje, precisamente en los archivos de la municipalidad quetzalteca, y, para su suerte, estaba en manos amigas. Tras revisiones, Morales se animó a publicar ésta que se constituye en su primera novela en ser escrita, pero la más recientemente publicada, que conoció por primera vez una imprenta en los talleres de la Editorial Praxis de México, a cargo del también escritor guatemalteco Carlos López. La novela, que además de su valor estético literario también es un testimonio de los años de la guerra, se presentará al público por primera vez mañana, martes 7 de junio, a las 18:30 horas, en el Centro Cultural Luis Cardoza y Aragón (2ª avenida,  7-57, zona 10, Embajada de México en Guatemala), con la participación del autor, Mario Roberto Morales; el editor, Carlos López; Godo de Medeiros, quien localizó el manuscrito; y José Luis Perdomo Orellana y María del Rosario Molina.


Viñeta

 

Obraje, de Mario Roberto Morales

 Juan Antonio Rosado

La historia del manuscrito de la novela Obraje, escrita por el guatemalteco Mario Roberto Morales, podría constituir en sí misma un relato de aventuras: su premiación en un concurso de principios de los años 70, su descalificación posterior por parte de un grupo de escritores, su pérdida material y su azarosa recuperación muchos años después. Pero no es objeto de esta breve nota narrar la historia del manuscrito, sino exponer la importancia de esta novela para las letras hispanoamericanas. Elaborada hace cuarenta años, corresponde a una etapa de experimentación, cuando los jóvenes autores de Guatemala deseaban apartarse de la alargada moda asturianista. Ya no querían «representar literariamente al pueblo en términos “mágicos”».

Con gran economía de recursos y una concisión que la alejan del barroquismo, este retorno a la claridad no cae, a pesar de que el telón de fondo sea un pueblo, en el costumbrismo tradicional. A base de retrospecciones y una estructura fragmentada, con vaivenes temporales, el narrador va trazando algunos episodios del aprendizaje y desarrollo de Güicho, hasta que éste se convierte en presidente de una «dictadura democrática», en que la verdadera autoridad es el ministro de la Defensa.

Al inicio, la obra se destaca por su prosa descriptiva, llena de plasticidad y elementos deícticos que nos ubican en el espacio. En el cuadro inicial aparece Güicho y los personajes de lo que —después lo sabremos— es el pasado. Poco a poco caemos en la cuenta de que esta retrospección es parte de la infancia de un hombre fracasado, que vivirá en cárcel de cuatro paredes y que sólo se asomará a la «vida» con brevedad, cuando se involucre con la vedete Kitty Dámasa. Se trata de un fracasado porque no es sino un simple empleado público: «un insignificante presidente de la república».

El sentido lúdico de Obraje va más allá de su estructura. La ya proverbial soledad del dictador, tema recurrente en muchas novelas latinoamericanas sobre dictaduras, es pintada aquí, no de forma grotesca, sino patética, sobre todo si atendemos el turbio pasado del personaje. Pero las fuerzas revolucionarias no se quedan atrás, acaso conducidas por una locura senil: «¿A qué hora se hará la revolución?». La respuesta: «¡A las doce de la noche!», mas todos estarían durmiendo; entonces es mejor a las siete, para que exista apoyo popular. No obstante, hay un contrargumento: las siete no es hora para una revolución; lo esencial es el factor sorpresa. Si bien esta escena es humorística, paródica y aun caricaturesca, la novela revela un contenido social en que se despliega la tortura, el asesinato y otras formas de violencia (incluso en la cotidianidad de la vida íntima) y, por supuesto, la injusticia. Por sus múltiples tonos, efectos e intenciones, Obraje puede considerarse una obra de ruptura en las letras guatemaltecas.

 


Viñeta

OBRAJE

María del Rosario Molina

Mario Roberto Morales, mi querido y buen amigo, a quien admiro muchísimo, a pesar de que no pocas veces disentimos en cuanto a ideologías y creencias, presenta ahora su primera novela, Obraje, aunque ya ha publicado muchas más, que han sido premiadas nacional e internacionalmente: El esplendor de la Pirámide, El ángel de la retaguardia, Los demonios salvajes, Los que se fueron por la libre, que es un testimonio novelado, al que llamó folletimonio, amén de otras obras como Señores bajo los árboles, La articulación de las diferencias o El síndrome de Maximón, La debacle, un libro de cuentos que fue su primera publicación, y una incursión en la poesía satírica con sus Epigramas de seducción, amén de algunas que «me estoy comiendo». Además, tiene varias obras didácticas.

Toda esa abundante producción le ha ganado el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2007 y ser miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua, correspondiente de la Española, pero sucede que ésta que ahora comento fue la primera novela que Mario Roberto escribió y por circunstancias del destino, como resultado de algunos eventos de los años de la guerra interna, el manuscrito que guardaba se perdió. Después trato de rescatarla inútilmente, hasta que en el año 2005 su amigo el escritor Eddy Alfaro Barillas le entregó una copia escrita a máquina en papel aéreo que había encontrado en los archivos de la municipalidad de Xelajú, pues la obra había obtenido el Premio Centroamericano y del Caribe de novela en Quetzaltenango, en 1971.

Cuenta Mario Roberto que él y Luis de Lión, que obtuvo el segundo lugar un año después en el mismo certamen, se habían propuesto no sucumbir a un modelo de novela que, podría decirse, ya estaba gastado. Ellos querían «expresar al pueblo desde adentro», según palabras propias de Mario Roberto. El resultado fue que Luis de Lión escribió El tiempo comienza en Xibalbá y Mario Roberto, Obraje. Como ambos trabajos habían obtenido premios, unos pocos escritores, sus amigos, y muy reconocidos también, quisieron leerlos, los criticaron, no me explico por qué, y les dijeron que esas obras no servían. Por esa razón ambos las engavetaron, sin publicarlas. Cometió entonces Mario Roberto un pecado imperdonable: lo que restaba de la edición de sus primeros relatos de La debacle contribuyó un 7 de diciembre a aumentar la hoguera de la «quema del diablo». Eso suena casi a un Savonarola, que en lugar de quemar libros ajenos, quema los propios, sólo porque alguien, no sé si de las mismas personas que habían criticado Obraje le había dicho que sus relatos de La debacle no eran buenos. Y claro que sí los son. Quien haya leído a Maupassant, a Poe, a O. Henry y a nuestro Virgilio Rodríguez Macal sabe que esos cuentos son muy buenos.

Cuando vio la luz El tiempo comienza en Xibalbá, del extinto Luis de Lión, que se publicó dos veces, pues se encontró un segundo manuscrito, Mario Roberto había perdido el suyo que, como ya dije, logró recuperar gracias al escritor Alfaro Barillas en 2005. Me dio a leer la obra y en verdad me encantó, pero además, según mi costumbre, la diseccioné, la espulgué, como quien dice, y aun así siguió siendo de mi total agrado y llegué a la conclusión de que tiene una frescura y un cierto candor que sólo logra un joven de veintitrés años que se inicia en las letras y de que sí expresa al pueblo «desde adentro» con personajes muy reales, muy auténticos.

Quería Mario Roberto, además de expresar el verdadero yo del pueblo, e influido por Cortázar, Faulkner y otros escritores, escribir una «antinovela» que pudiera comenzar a leerse por cualquier capítulo y terminarse en igual forma, pero el resultado de su trabajo fue una obra bien hilada, cuya estructura está dividida en dos partes en las que domina un tiempo real, que no es estático sino transcurre, interrumpido constantemente con analepsis, o sea, regresiones al pasado, semejantes a los flashbacks de las películas, que se reconocen porque el tiempo cambia del presente al pasado, y también con prolepsis, es decir, adelantos de lo que sucederá, en pocas palabras irse al futuro, cosa esta última muy poco común, que en este caso el narrador omnisciente maneja con maestría. Un hueso de rata que hace su aparición ocasional desde las primeras páginas hasta las últimas es una especie de hilo orientador para el lector atento a las idas y venidas en el tiempo, sea con anticipaciones o regresiones de la narración.

El perfil psicológico de los personajes está muy bien delineado, tanto como las descripciones de su aspecto físico y puede decirse que los entendemos, especialmente en lo que se refiere a su pensamiento, su modo de ser y su idiolecto, pues la narración descriptiva alterna con diálogos en que el lenguaje coloquial responde al medio en donde se habla. Eso es muy importante en cualquier obra que incluya diálogos, ya sea de gente rústica o iletrada, que abunda en localismos, o bien de la que domine el idioma y lo hable con corrección, y que conste que no estoy en contra de los sabrosos localismos. Por lo contrario, me encantan, y lamento que estén desapareciendo del habla juvenil. Y Basten como ejemplo de la sabrosa utilización que se hace del idioma regional en otros países Sotileza y El sabor de la tierruca, de don José María de Pereda, español, y Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, venezolano, que incluyen glosarios de las palabras que fuera de sus regiones son desconocidas. Es así que el lenguaje coloquial o formal que utiliza el autor cuando se trata de diálogos en distintos medios es el adecuado.

Parte de la novela transcurre en un lugar que por las descripciones imagino de la boca costa guatemalteca, aunque el autor no lo especifica: pero hay árboles propios de esas regiones: palmeras que doblan al viento y jamás caen, bananales, como llamamos aquí a los platanares, mangos, guayabos, almendros y un naranjo mandarino, aquí mandarinal, que se niega a dar frutas, y hay plantas propias de ese clima que acepta todo y florecen todo el año, a más de otras, originarias de altitudes mayores, por ejemplo, los helechos que allí se dan como una bendición. Y también hay un lago azul no demasiado lejano donde aún moran indígenas que bajan al pueblo los domingos y de los que uno es un personaje importante. Obraje es un pueblo donde por sobre todo llueve, casi como llovió algún tiempo en Macondo, sin cesar, y esa es una realidad de la boca costa nuestra, donde los aguaceros de diluvio o el chipichipi que sueltan las nubes son casi eternos, donde las calles se vuelven ríos de aguas no muy cristalinas en que juegan los niños con barcos de papel o con cajetillas de fósforos, donde en los jardines y los huertos el agua se embalsa en charcos casi perennes y la exuberante y frondosa vegetación que abarca toda la gama de los verdes se beneficia de esa lluvia. Y por si acaso faltara algo para terminar el panorama, tiene una iglesia colonial semiderruida, a la que la imaginación inunda del olor a humedad y a moho, mezclado con el de nardos y azahares. Esta iglesia es vecina de un convento de monjas, donde además funciona un colegio para los niños ricos del pueblo. Hay una botica, bien surtida y próspera, tiendas, mercado, varios comercios de chinos, una o dos cantinas y un burdel.

La descripción del lugar despierta sensaciones: se sienten las gotas de la lluvia imparable del trópico que caen sobre la piel que momentos antes ha sudado por el calor y la empapan, la brisa que llega del lago, el olor de la tierra mojada que se impregna para siempre en la memoria sensorial, tal como lo dice el autor, los acordes de una vieja pianola que toca un maestro, cuyo lugar no es ese, el tañer de las campanas de las que se ocupa un jorobado que no es el de Notre Dame de París, de Victor Hugo, pero se parece un tanto, y por supuesto llega al olfato el tufo a licor de ciertos personajes, profesionales universitarios todos ellos, aficionados a empinar la botella. Se siente también el olor a medicinas de la botica, el lugar de reunión importante para los igualmente importantes del pueblo, los aromas, entre comillas, a corozo y ropa vieja, que despide el traje del cura que se pasea por el colegio y los de las mercancías que se venden en la tienda. Allí panela, cirios, especias, gaseosas y demás productos se confunden y forman una amalgama de olores y colores.

Además de sensaciones, el relato despierta sentimientos: quien nos inspira simpatía, quien nos hace mucha gracia, como la señora, y no les diré quién es, que habla según ella con palabras muy refinadas, pero que en verdad recuerda a «los chocanitos», a quienes quizás muchos de ustedes ya ni siquiera conocieron de oídas, y debo aclarar que yo tampoco tuve el gusto de verlos jamás, que eran unos hermanos muy pobres y algo chiflados que en las primeras décadas del recién pasado siglo xx acostumbraban visitar las casas de la gente acomodada para que les dieran una buena comida en pago por los poemas que recitaban. Había en tiempos de Estrada Cabrera, que gobernó al país desde 1898 hasta 1920, un gran poeta áulico de apellido Chocano que servía al dictador, lo cual, ante sus versos maravillosos se borra, pues la grandiosidad literaria exime de sus pecados a los genios, y en burla, a los dichos hermanos que eran cursis a más no poder, los traviesos y siempre ocurrentes chapines los bautizaron como «los chocanitos». Cierro el paréntesis y cuento que la señora en cuestión solía decir frases como «sincera y simultáneamente», «fue ya tarde y el mar estaba demasiado incestuoso», «cómo se sostendrá en aquel marenostrum», y otras muchas por el estilo, que suenan a puro y auténtico «chocanito». Otros personajes inspiran admiración, lástima o desprecio, pero mi hacer aquí no es contarles la novela, y dejo a todos con la duda, porque en verdad deseo que la lean.

Hay también momentos en que la obra tiene por entorno la capital. Y allí, sí, Mario Roberto nos hace saber que está hablando de Guatemala. El Portal del Comercio, la Catedral y el Palacio Nacional son Guatemala. Esa Guatemala que ha vivido entre colonialismo, dictaduras —alguna conservadora— pero más que nada liberales y nefastas y si no, baste mencionar la de Barrios, la de Estrada Cabrera y la de Ubico. Luego viene el paréntesis del doctor Arévalo, el humanista que logró muchos avances en nuestro país, y de nuevo caemos en magnicidios y golpes de estado, para llegar al periodo de un civil, el licenciado Julio César Méndez Montenegro. Después seguimos con la sucesión de presidentes militares, dadas las incidencias de la guerra de los 36 años, en que la mayor parte de las víctimas las aportó el pueblo inocente, hasta llegar a nuestra democracia que sigue aún en pañales. Si he hablado de esos anteriores gobiernos es porque en la novela hay uno muy particular, del cual no diré nada. Es algo de lo que el lector tendrá que sacar sus propias conclusiones.

Entre el comienzo de la trama y el desenlace transcurren muchos años. Casi todos los de la vida del personaje principal, y con él vivimos y viajamos por el tiempo, enterándonos de todas sus peripecias y experiencias, mientras gozamos de una redacción impecable que a ratos puede ser descarnada, a ratos divertida, y a ratos tremendamente poética, plena de originales metáforas, porque el narrador maneja con maestría no sólo las ideas, que constituyen el fondo, sino el idioma que es la forma.

Muchos años han pasado también desde que Mario Roberto escribió esta novela, rescatada tanto tiempo después, que ahora sale a luz nítidamente impresa por la Editorial Praxis, de México, con una portada que retrata fielmente a Obraje, ese pueblo escenario de buena parte de la obra. Estoy segura de que leerla les proporcionará horas de deleite a los lectores, y te felicito de todo corazón por haberte decidido a publicarla, Mario Roberto, a la vez que te auguro que será todo un éxito, porque se merece serlo.


Viñeta

 

En la presentación de Obraje, la primera novela de Mario Roberto Morales, su novela-lázaro, una obra en resistencia desde hace casi medio siglo

JL Perdomo Orellana

 

Hagan de cuenta que es 1970. El año pasado Mario Roberto Morales publicó La debacle.

Es 1970, Mario Roberto Morales está a 24 años de publicar La ideología y la lírica de la lucha armada.

Es 1970. Falta un año para que el muy venerable maestro masón y compañero presidente Salvador Allende nacionalice la industria del cobre en Chile y Mario Roberto Morales está a 29 años de publicar La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón.

Falta un año para que los cines del mundo proyecten entre porcinas masticaderas de poporopo La naranja mecánica (basada en una obra maestra de Anthony Burgess) y Mario Roberto Morales está a siete años de publicar Los demonios salvajes.

Falta un año para que el exbeatle George Harrison organice el concierto por Bangladesh y Mario Roberto Morales está a 16 años de publicar El esplendor de la pirámide.

Falta un año para que el insuperable Freddie Mercury funde el grupo Queen y Mario Roberto Morales está a 24 años de publicar Señores bajo los árboles.

Falta un año para que sir John Winston Lennon te indique «Imagine» y Mario Roberto Morales está a 27 años de publicar El ángel de la retaguardia.

Falta un año para que el poeta Jim Morrison desaparezca insondablemente y Mario Roberto Morales está a 18 años de publicar en la indómita editorial mexicano/sanmarquense Praxis Los que se fueron por la libre.

Falta un año para que The Who te pregunte «Who's Next» y Mario Roberto Morales está a 34 años de publicar en la misma indómita editorial independiente Epigramas de seducción y rituales para purificarse.

Falta un año para que Led Zeppelin ponga a girar su cuarto acetato y Mario Roberto Morales está a 41 años de publicar Jinetes en el cielo, su más reciente obra maestra.

 

En 1970, mientras Mario Roberto Morales se daba a la noble tarea de teclear Obraje con el único soporte de una Olivetti portátil con papel áereo y papel carbón, lo peorcito de esta orilla del quinto infierno secuestraba a Alberto Fuentes Mohr, lo peorcito de estos 108 mil kilómetros cuadrados gavilleros liquidaba a Karl von Spretti, el embajador de la República de Alemania, lo peorcito de esta llaga que no cesa llevaba a la presidencia de la república —el equivalente mexicano sería llevarlo a la gerencia de un supermercado periférico— al coronel y luego general Carlos Manuel Arana Osorio.

 

Mientras el mismo veinteañero Mario Roberto Morales se dedicaba en 1971 a la también noble tarea de corregir Obraje para participar en el Premio Centroamericano de Novela en Quetzaltenango —a 200 kilómetros de aquí y a 3 horas y media de camino con buen tiempo, o a un día o semanas de distancia, dependiendo de si el aguacero terminó de despeltrar las carreteras chambonas construidas por el gobierno en turno, con y sin uniforme—, en México (¿se acuerdan?) expiraba el expresidente Árbenz, en la pútrida zona 1 de este desagüe al que los optimistas aún le dicen suidá capital, aniquilaban al heroico patriota Adolfo Mijangos López, hubo quienes aprovecharon para conmemorar el centenario de la así llamada Revolución Liberal de 1871, abundaban los escuadrones de la muerte y los cateos, moría a los 42 años el poeta quetzalteco Werner Ovalle López, Pablo Neruda aceptaba el premio Nobel de Literatura, el maestro de maestros Guillermo Cabrera Infante resucitaba al crítico G. Caín para que escribiera el guion de la película Vanishing Point, aparecían las primeras ediciones tumultuarias de El día del Chacal, de Frederick Forsyth, y El exorcista, de William Peter Blatty, y en los radios de pilas o de bulbos sonaban «Sticky Fingers», de los Rolling, «Fragile»,de Yes, «Master of Reality», de Black Sabbath, «E Pluribus Funk», de Grand Funk, «L.A. Woman», de los Doors, «Pendulum», de los Creedence, y «Meddle», de Pink Floyd.

 

Quien lo viese de lejos, vería a un Mario Roberto Morales de 23 años cuya única compañía es el papel aéreo y el papel carbón ya citados y el típico sonido que producían las hoy casi extintas máquinas portátiles de escribir. Una visión claramente imprecisa, pues la realidad es que a Mario Roberto Morales en sus momentos de creación ya le hace compañía un sostenido ritmo de lecturas, entre las que están por ocupar una primera línea las corrosivas definiciones que su colega Ambrose Bierce está por enviarle:

«… la Academia es una antigua escuela donde se enseñaba moral y filosofía, y hoy es una escuela moderna donde se enseña futbol… en política internacional, una alianza es la unión de dos ladrones que tienen sus manos tan profundamente metidas en el bolsillo del otro que no pueden, por separado, expoliar a un tercero… la historia es un relato, mayormente falso, de sucesos mayormente sin importancia que se hace sobre gobernantes mayormente truhanes y soldados mayormente idiotas… Occidente es la parte del mundo que queda al oeste (o al este) del Oriente. Está ampliamente habitada por los cristianos, una poderosa subtribu de los hipócritas, cuyas principales industrias son el asesinato y la estafa, a las que gustan tipificar como "guerra" y "comercio", las cuales son también las principales industrias del Oriente…. el voto es un instrumento y símbolo del poder de un hombre supuestamente libre para quedar como un auténtico tonto y terminar de arruinar el país donde nació o se avecindó»…

 

Luego de corregir artesanalmente su primera novela, aquel Mario Roberto Morales de 23 años al que ya acompañaba, pues, una turba de autores y de lecturas en idioma español y en otros idiomas, sin tener un solo amigo en el jurado ni mucho menos un conocido en la infaltable comisión organizadora, obtuvo con Obraje aquel legendario premio ya citado, consistente en mil dólares y, como suele suceder en el subdesarrollo del maldito trópico, un pase automático que condujo a Obraje a casi medio siglo de ausencia.

 

Pese al premio, al no haber sido publicada de inmediato, como debió haber sido, al haber estado extraviada casi 30 años Obraje se sumó a las tragedias perdidas de las que habla Aristóteles en su Poética, a los primeros libros de la impecable biblioteca borgeana que Jorge Luis Borges prefirió que fueran destruidos por el olvido, al libro de cuentos que el maestro de maestros Mario Monteforte Toledo perdió en una valija que con destino incierto se llevó un camión mexicano, a los cuentos de Ernest Hemingway que a propósito o sin darse cuenta hizo perdedizos una de sus varias esposas, a París en el siglo xx, la agorera novela que Julio Verne escribió en 1864 pero que fue archivada y luego también extraviada y sólo publicada en 1994 en Francia, ¡131 años más tarde! Prima hermana, más hermana que prima de Obraje es también Tiempo de abrazar, la primera novela que el  también indómito Juan Carlos Onetti escribió en 1933, perdió en uno de sus beodos traslados entre Buenos Aires y Montevideo y sólo fue impresa en 1973, exactamente 40 años después.

¿De qué se han perdido los lectores durante estas cuatro décadas que Obraje ha sido otro palimpsesto nacional y mundial?

Según George Berkeley, «el ser es ser percibido» (esse rerum est percipi). En Obraje, lo que se percibe de entrada es

… alguien que llora como un niño porque sabe con una certeza rotunda que no olvidará jamás las tardes infinitas en que el olor a tierra mojada se impregna para siempre…

… mujeres «sínceras y sin vendimia» que estiman «síncera y simultáneamente» y tipifican al mar de «incestuoso»…

… alcohólicos heroicos capaces de santificarse mediante furias etílicas de por lo menos una semana…

… futuros administradores de la finca que en su nombre lleva la condena, preparándose desde la niñez para el futuro despojo con un hueso de rata en vez de una cola de conejo…

… noches parsimoniosas que hacen que la mirada se pierda en el sonido maravilloso de la palabra «parsimoniosas»…

… cucharaditas de tónico Vigorón sin efecto inmediato…

… la ciencia «espírita» como antídoto contra la incertidumbre…

… cristos negros de palma seca cuya venta en auge lleva a la fundación de la primera farmacia…

… un mandarinal al que le costuran una falda y dos fustancitos para ver si así le da pena y por fin aporta aunque sea una mandarina al año…

… silencios nocturnos de pueblo donde «lejos» equivale a «nunca»…

… cien metros de cohetes para reconfirmar una orfandad nacional que no encuentra redención ni en el incienso ni en la pólvora…

… ajos disecados que todavía brillan al otro lado de la exactitud del celofán…

… almendros amarillos y rojizos suspendidos en la mitad de días sinfín…

… «filosofadas» como billete de lotería sin reintegro que en vez de números trae un aviso: «ya las cosas no son como antes, aunque aquí las queramos todavía atajar, como quien quiere parar un río»…

… una perra parapetada en un cohete ruso dando vueltas alrededor del planeta y una carta dirigida al presidente de la república para que la pobre chuchita deje de dar tantas vueltas por gusto…

… un cadejo que te ve insondablemente para insinuarte «¿Te lamo el sudor?»…

… «vamos a pasear al asfalto» como única consigna capaz de movilizar el tedio y el fatalismo, el arcoiris más intenso de la bandera nacional…

… añejos versos con cierta preocupación social, suficiente para señalar de comunista a su autor…

… simpáticos «juramentados… espiritistas racionalistas comunistas miembros de la escuela magnético-espiritual de la comuna universal»…

… sacrosantas consignas que orientan «para quien bebe, no debe haber un solo sábado que no sea de gloria»…

… ecos de Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, donde se movilizan inefables propuestas de hacer la revolución un viernes a la medianoche y con las luces encendidas para que la celebración no interrumpa compromisos laborales y nadie salga lastimado…

… la antepenúltima página, la 151, donde Obraje se profetiza a sí misma las cuatro décadas que hoy nos reúnen: «—Sí, don Nando —le respondió el presidente…, hace más de cuarenta años. Pero pase, pase adelante. No lo miraba desde esa vez…».

Ante lo que podría llamarse «la resistencia de ciertos libros a la destrucción», el dramaturgo europeo Jean-Claude Carriére asevera: «Un gran libro permanece siempre vivo, crece con nosotros… El tiempo lo vivifica… mientras que las obras sin interés se deslizan y desaparecen».

El gran maestro húngaro Sándor Márai, por su parte, cuatro años antes de otorgarse el autoservicio del suicidio, dejó constancia escrita de sus nostalgias por los alrededores del año 1760, cuando en Londres «el libro era un objeto litúrgico, tanto como la pila bautismal o el tabernáculo, y como tal iba dirigido a la persona, al lector, no a un hipotético consumidor». En un libro había «la compañía de una persona, no de un objeto. Una persona de los tiempos en que el libro todavía se consideraba un compañero de debate, un amigo, un enemigo».

Hoy, cuando según el mismo Márai, «los libros son mero papel y palabras…», bienvenidos sean a Obraje, la primera novela de Mario Roberto Morales, su novela-lázaro, una obra que ha permanecido viva durante casi medio siglo, vivificada por el tiempo, en cuyas 153 páginas hay un compañero de debate, un amigo o un enemigo, pero jamás papel impreso con palabras olvidables.

Como se decía antes: gracias de todo corazón al editor sanmarquense Carlos Humberto López Barrios por participar en este histórico rescate; y gracias de todo corazón al autor, por quitarle relampagueantemente a la desmemoria local y a la dislocación planetaria el pretexto de otro palimpsesto.

Hay preguntas que ni se preguntan y ésta es una: ¿valió la pena, Mario Roberto, que cargaras para arriba y para abajo tu traqueteante Olivetti, cuya fidelidad no demolió ni siquiera un terremoto?

Dos son las respuestas:

Una es la que encontrarán quienes emprendan la lectura de Obraje y al llegar a la última página, o a la página que sea, se encuentren con que han revitalizado su amistad o enemistad con Mario Roberto Morales.

La otra respuesta es inmediata aunque no automática y hay que darla con estilo coloquial mexicano:

¡Cómo chingados no iba a valer la pena tanta Olivetti y tanto papel carbón y aéreo si Obraje te llevaría 40 años después a la escritura de Jinetes en el cielo, tu novela más reciente, finalista de uno de los más importantes premios literarios en español (donde tampoco tuviste ningún amigo entre el jurado descalificador)!

Desde ya están flagrante y sínceramente invitados a su presentación en este mismo lugar.

¡Salud, Mario Roberto, salud, aunque llevés ya 16 siglos de ni siquiera tocar la sombra perfecta de un vino!

 


 




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Opiniones de los usuarios:

  (Lunes, 19 Septiembre 2011)
Porcentaje: 0
La historia del manuscrito de la novela Obraje, escrita por el guatemalteco Mario Roberto Morales, podría
constituir en sí misma un relato de
aventuras: su premiación en un concurso de principios de los años 70, su descalificación posterior por parte de un grupo de escritores, su pérdida
material y su azarosa recuperación muchos años después. Pero no es objeto de esta breve nota narrar la historia del manuscrito, sino exponer la
importancia de esta novela para las letras hispanoamericanas. Elaborada hace cuarenta años, corresponde a una etapa de experimentación, cuando los
jóvenes autores de Guatemala deseaban apartarse de la alargada moda asturianista. Ya no querían «representar literariamente al pueblo en términos
“mágicos”».
Con gran economía de recursos y una concisión que la alejan del barroquismo, este retorno a la claridad no cae, a pesar de
que el telón de fondo sea un pueblo, en el cos-tumbrismo tradicional. A base de retrospecciones y una estructura fragmentada, con vaivenes
temporales, el narrador va trazando algunos episodios del aprendizaje y desarrollo de Güicho, hasta que éste se convierte en presidente de una
«dictadura democrática», en que la verdadera autoridad es el ministro de la Defensa.
Al inicio, la obra se destaca por su prosa descriptiva,
llena de plasticidad y elementos deícticos que nos ubican en el espacio. En el cuadro inicial aparece Güicho y los personajes de lo que —después
lo sabremos— es el pasado. Poco a poco caemos en la cuenta de que esta retrospección es parte de la infancia de un hombre fracasado, que vivirá en
cárcel de cuatro paredes y que sólo se asomará a la «vida» con brevedad, cuando se involucre con la vedete Kitty Dámasa. Se trata de un
fracasado porque no es sino un simple empleado público: «un insignificante presidente de la república».
El sentido lúdico de Obraje va
más allá de su estructura. La ya proverbial soledad del dictador, tema recurrente en muchas novelas latinoamericanas sobre dictaduras, es pintada
aquí, no de forma grotesca, sino patética, sobre todo si atendemos el turbio pasado del personaje. Pero las fuerzas revolucionarias no se quedan
atrás, acaso conducidas por una locura senil: «¿A qué hora se hará la revolución?». La respuesta: «¡A las doce de la noche!», mas todos
estarían durmiendo; entonces es mejor a las siete, para que exista apoyo popular. No obstante, hay un contrargumento: las siete no es hora para una
revolución; lo esencial es el factor sorpresa. Si bien esta escena es humorística, paródica y aun caricaturesca, la novela revela un contenido
social en que se despliega la tortura, el asesinato y otras formas de violencia (incluso en la cotidianidad de la vida íntima) y, por supuesto, la
injusticia. Por sus múltiples tonos, efectos e intenciones, Obraje puede considerarse una obra de ruptura en las letras guatemaltecas.
/> Juan Antonio Rosado




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