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El nombre de la luna
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El nombre de la luna

( Roberto Ramírez Bravo )
$200.00


 

Viñeta

Oscuros presagios anidan lo cotidiano

ORALIA RAMÍREZ CRUZ

 

Hay algo que sangra dentro de mí y al escupir desfallece.

Algo que amordaza los ojos y desdibuja mi futuro inmediato.

Jesús Cárdenas

 

El nombre de la luna, la reciente novela de Roberto Ramírez Bravo, es una historia que vertiginosamente nos conduce por senderos trazados por la duda mientras la búsqueda infértil —en apariencia y al principio—, de un personaje destinado a descubrir su insondable humanidad y la de otro ser cuya breve vida está rodeada de un tremendo desamparo, seduce el interés literario.

La desdicha de ese otro personaje se encuentra enraizada en la vida de sus progenitores. Él, un hombre que abandona el cosmos diegético honrando su quehacer y que en sus propias palabras se denomina: «gitano auténtico, heredero de la sangre de sus abuelos españoles o normandos, y que desde niño había dado más de una vuelta al mundo y hablaba unos ocho idiomas, entre ellos lenguas nativas de Perú y de México» (Ramírez, 2013: 27), en pocas palabras un viajero incansable, por tanto, y en el fondo, fascinante para la madre de la personaje central de la novela. Ella, una mujer nacida y desarrollada en un ambiente colmado de limitaciones. Una joven de voz tenue, «morena y esbelta, de pelo ensortijado y ojos grandes, aumentados todavía más por unas largas pestañas y una nariz muy fina» (Ramírez, 2013: 35). Afortunada por gozar del amor y su correspondencia en carne viva hasta el último suspiro de su amado aunque como sucede con la mayoría de estos personajes, ella vive desconociéndolo.

El nombre de la luna hospeda dos historias correspondidas, una contada desde un presente que permite viajar a otros momentos mediante la analepsis o la prolepsis y otra estrictamente ubicada en los tiempos secundarianos de Cástulo Serrano Fernández y Natalia Selene García Crespo, dos jóvenes que comparten la misma realidad cuando ambos tienen entre 12 y 15 años, y a quienes Destino prepara un encuentro fugaz y de hondura existencial especialmente para uno de ellos:

«Cuando volvió de la escuela se puso a dormir y despertó cuando había oscurecido. Tenía miedo, y un dolor se aceleraba dentro de su pecho. Trató de pensar si tenía sentido creer que el chamaco de la escuela era uno de los niños que la atacaron aquella noche entre los árboles de mango, pero entre más lo pensaba, más segura estaba que sí… En un horcón del techo trabó la plancha y dejó colgar el cable, luego colocó un banco abajo, como había visto hacerlo en alguna película. Trepó en él, se enredó el cordón en el cuello y, antes de tirar con el pie el banco, se detuvo a pensar en su madre, en sus primos, en sus compañeros de clases y perdió la última oportunidad de arrepentirse…» (Ramírez, 2013: 173).

La vida es como una partida de ajedrez. Entre menos herramientas se tengan para habitarla, más inminente se perfilará el fracaso. El Alacrán, El Peluche y Bramante son tres hombres que crecen en un ambiente marginal de la ciudad de Acapulco y cargado de carencias de todo tipo. Por ende, tres seres humanos educados por la calle. Los dos primeros, en una de sus tantas aventuras, llevan consigo una noche al sobrino del Alacrán a dar una vuelta en el camión de pasajeros que manejan por la colonia Zapata cuando apenas se formaba y sin saber que se trata de la sobrina de Bramante —«en esos tiempos, ascendente capo del narcotráfico»—, que había salido a comprar unas láminas para su tarea; «junto a una huerta de mango» la violan todos e intentan que Cástulo también lo haga; sin embargo, al sobrino lo impacta tanto la deleznable acción que termina en el hospital con fiebres y vómito. Mientras Cástulo Serrano intenta penetrar a Natalia Selene García Crespo ella le conoce el rostro gracias a las luces de un carro que pasa cerca. Más tarde, el elemento fantástico de los «niños» o «chaneques» que ella veía y escuchaba, detona en su cerebro el reconocimiento de Cástulo Serrano vinculado con aquella funesta noche, su sistema nervioso se colapsa y cree encontrarse al borde del abismo pues los «niños» o «chaneques» habían traspasado su mundo y se encontraban ahora en el suyo con la fisonomía, cuerpo y uniforme de uno más de sus compañeros estudiantes.

La transición de la niñez a la juventud es un suspiro para la mayoría de los personajes jóvenes de la novela: apenas comienzan a delinear su historicidad cuando súbitamente algo o alguien les estampa el infortunio en la mirada (el único personaje que sale avante de todas las vicisitudes literarias y con serias dificultades es quien busca encontrarse dentro del cosmos literario), lo inesperado de las acciones ni siquiera permite a los jóvenes condolerse de sí mismos.

Pero no todo es tragedia en El nombre de la luna; como todos cuando somos jóvenes, los personajes transmiten unas ganas apasionadas por habitar todo lo que se les pone enfrente; Néstor Corazón de León es «aventurero y loco», aunque el amor que Natalia Selene hace germinar en él lo torna inseguro. «Oyuki era la que llevaba las revistas pornográficas a la escuela». Por tanto, la más atrevida eróticamente hablando. Y qué decir de Amarilis, ¿quién no tiene en secundaria una compañera o amiga de risa a flor de piel? El amor es emitido por quienes lo profesan. El ser amado —en su mayoría—, ignora ser objeto de deseo y cada uno de los personajes desaparece fatídicamente de la escena diegética o es minimizado por el narrador. Natalia Selene entrega su amor a un chico perteneciente a un estrato social distinto al suyo y lo idealiza a través de historias fílmicas donde no sólo es el héroe, más aún, lo pondera como una deidad musculosa, arrogante y de copete sexi, que de tan perfecta ella misma en algún momento duda de si existió. Una cosa es innegable: Natalia Selene se enamora de Juvencio porque reconoce en su mirada la orfandad propia.

En la mitología griega, Selene era la diosa de la luna, hija de los titanes Hyperión —el que vive arriba o mira desde arriba, como el narrador que da santo y seña de la diégesis—, y Thea era la titánide (femenino) de la vista y por extensión la diosa que dotaba al oro, la plata y las gemas de su brillo y valor. Ambos alojados en la Teogonía de Hesíodo. Quizá por ello la voz narrativa es la de alguien que traduce las acciones y pensamientos ubicada en un cosmos superior a los deseos de los personajes. La teoría literaria conceptualiza este tipo de narrador como omnisciente porque simboliza a un dios dedicado a entretejer a su antojo cada movimiento literario. El narrador de El nombre de la luna es justo así: un verdugo ingenioso.

Al final de la historia cada personaje recibe una recompensa o una lección. Bramante termina cazando al Alacrán y éste pagando sus culpas. Al Peluche lo guardan por tiempo indefinido en la sombra. Cástulo Serrano Fernández intenta sanar su humanidad compartiendo la sencillez de la vida con los nativos y mestizos de la Montaña. Un profesor amigo suyo, símbolo guerrillero guerrerense, lo introduce en el corazón aguerrido de esa zona geográfica y allá es donde por fin, los recuerdos como en estampida, llegan nítidos a su memoria y se reconoce infinitamente humano. Natalia Selene García Crespo y su alegría truncada permiten realizar un acto de conciencia concreto.

 

La Jornada Guerrero, Guerrero, 23 de marzo, 2014

 

 





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