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Los demonios salvajes
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Los demonios salvajes

( Mario Roberto Morales )
$250.00


Viñeta

JL Perdomo Orellana

 

Cada vez más escasos, pocos son los libros que década tras década revitalizan la edad de sus lectores a la vez que siguen haciendo refulgir los barnices con los que envolvieron el brillo de una generación.

  Desde hace 38 años, Los Demonios Salvajes se abre paso a karatazo limpio para avecindarse en la primera fila de esa estirpe de lecturas. 

  En lo que a las letras se refiere, Mario Roberto Morales no tuvo infancia, ni adolescencia, ni juventud. Con esta obra en perenne ebullición, se fue directo a la adultez que se necesita para escribir una obra maestra desde el primer intento. Así lo reconfirman estas páginas que escribió a los veintipocos años, una novela vertiginosa que algunos autores a duras penas consiguen escribir (si alguna vez lo logran) en la tercera edad de su literatura.

  Muchos «ni pensaban en nacer» el año que apareció la primera (pésima) edición guatemalteca de esta endemoniada novela. Hoy, al arribar la primera edición mexicana, espléndida como su contenido, están obligados a ponerse al día para constatar la reaparición de una genuina obra maestra.

  Las proporciones fueron hechas para ser observadas por los farmacéuticos: sin ninguna proporción guardada, el idioma inglés conoció cúspides con La naranja mecánica, de Burgess, y La comedia humana, de Saroyan. El idioma español tiene en Los Demonios Salvajes una de sus montañas más altas.

 

 


Viñeta

Francisco Alejandro Méndez

 

En 1977, Mario Roberto Morales publicó por primera vez su segunda y, a mi juicio, una de sus más leídas novelas, Los Demonios Salvajes, editada por Bellas Artes, con la que había obtenido el Premio Único Centroamericano de Novela un año antes, y cuya segunda edición fue lanzada por la Editorial de León Palacios en 1993.

Ésta es una de las novelas más leídas por generaciones posteriores, pues si recurrimos a la intertextualidad, encontraremos el legado de Los Demonios en la producción novelística posterior, no solamente en la de Guatemala, sino en la de algunos autores centroamericanos, entre los que yo me incluyo, por supuesto.

Esta novela relata la historia urbana de un grupo de jóvenes (Teto, El Choco, Walther, Roberto, entre otros) que transitan entre John Lennon y José Alfredo Jiménez; entre Ray Coniff y la Orquesta de Guillermo Rojas; entre colegios como el Belga y el English American School, hasta una virtual golpiza a Cantinflas. Recuerdo ahora el memorable combate en Kumite Time, entre El Choco y Roberto.

Una novela innovadora, que junto a Los compañeros, marcó una importante época para lo que se produciría años más tarde. Como señala Sagrario Castellanos, en esta novela «la ideología estética representativa sería la de las opciones formales de la “novela de lenguaje” o de la “nueva novela” en su versión “narrativa de la onda”, como se conoció en México, y que en Guatemala arranca con un movimiento novelístico renovador que rompe respetuosa pero radicalmente con el mundo estético asturiano que —como afirma Morales— saturaba las conciencias subdesarrolladas de los escritores locales, constituidos en imitadores de los aspectos “más superficiales, malabarísticos y formalistas de Asturias”. La intención de esta ruptura es la de querer darle un rumbo nuevo a la narrativa guatemalteca: moldearla hacia lo háblico, es decir, hacia lo humano del lenguaje».

 

 


Viñeta

Los Demonios Salvajes o el posmodernismo crítico

Entrevista con Mario Roberto Morales

 

Francisco Alejandro Méndez

 

¿Cómo mirás Los Demonios Salvajesen retrospectiva? 

La novela me sigue gustando y me entusiasma tanto como cuando la terminé de escribir. Claro que ahora la veo como una novela juvenil de un escritor joven e inexperto. Sus vacíos me recuerdan La tumba, de José Agustín, una novela primeriza, aunque Los Demonios fue mi segunda novela. La primera fue Obraje, que escribí a cuatro manos con Luis de Lion: él hizo El tiempo principia en Xibalbá y yo Obraje, al mismo tiempo, tratando ambos de desentrañar lo nacional-popular ladino (yo) e indígena (él). Los Demonios es totalmente diferente a este experimento de Luis y mío, pues intenta contribuir a construir una modernidad literaria urbana para la novela guatemalteca y centroamericana, recogiendo la vida juvenil capitalina de clase media acomodada, tal y como se vivía entre los años 60 y 70, ubicando la acción en los espacios de la modernidad urbanística y centrando a sus personajes en el corazón de los consumos culturales de entonces. La releí para esta espléndida edición de Editorial Praxis, de México, y me siguió gustando, como siempre.

 

¿Cómo fue la recepción de Los Demoniosen esa época?

Fue muy entusiasta. Tanto mi generación como las siguientes generaciones de jóvenes se identificaron con ella, tanto que todavía mucha gente se me acerca a comentármela festivamente. Creo que lo que gustó fue su tono de desenfado juvenil despreocupado y hedonista, y el contraste de eso con el lado oscuro de la violencia en nuestro país. Este elemento esquizoide de nuestra idiosincrasia ladina está muy presente en esta novela, pero la maximizo después en El ángel de la retaguardia. Me intriga saber cuál será la recepción de Los Demonios ahora, cuando, después de ella, se publicó y se sigue publicando narrativa juvenilista a torrentes, ya en una época distinta, de posmodernidad relativista y hedonismo asumido masivamente como forma de vida.

 

Existe una edición de De León Palacios posterior a la primera edición. ¿Hay en ésta cambios en el formato o en algo más?

Es el mismo texto, pero tiene unos pocos cambios en la tipografía, que no modifican el texto. Algunos fueron hechos por descuido. Yo debí haber cuidado la edición de mejor manera, pero en esa época era yo todavía uno de esos (abundantes) escritores guatemaltecos que irrespetan el idioma castellano, y no le di importancia a las incorrecciones. Esto es un error grave para cualquier escritor. Romper con la estructura tradicional del idioma no implica escribir incorrectamente, sino retorcer la sintaxis hasta donde la estructura fundamental del idioma lo permite. El experimentalismo es eso. No es escribir mal. De modo que las novelas experimentales deben estar muy cuidadas lingüísticamente. Por desgracia, el libro se publicó dos veces con errores de ortografía e incluso de sintaxis. Y el colmo fue que los impresores de entonces nunca entendieron mis juegos tipográficos y no respetaron sangrados ni usos caprichosos (pero precisos) de espacios y tipos de letra. A pesar de eso, la novela tiene una legión de lectores devotos, lo cual me halaga mucho. Esta nueva edición es impecable. Estoy seguro de eso, ya que leí el libro en galeras y conté con la invaluable ayuda de José Luis Perdomo Orellana en el cuidado de la edición. No hay que olvidar tampoco que el editor, Carlos López, es, además de un consumado orfebre en la hechura de libros, un gramático notable, y que tuvo el texto a la vista.

 

¿Cuál es el público lector de este texto?

Si se trata de decir qué clase de lector leería un libro como éste, diría que tiene que ser un lector desprejuiciado y con amplio criterio (una exnovia me preguntó si yo estaba drogado cuando lo escribí y otro amigo inquirió cómo había yo perpetrado la novela). El libro tiene una estructura abierta y centrífuga y está escrito en chapín coloquial, con muchas palabrotas, aunque no creo que sea una novela vulgar. Está escrita en un chapín capitalino de clase media, de fines de los 60 y principios de los 70, tal y como lo hablaban los adolescentes de entonces. En él campean las mentalidades juveniles de la época, las cuales han cambiado, sí, pero no tanto como para que los jóvenes de hoy no se reconozcan en los de entonces. Eso creo. Pronto veré si me equivoco o no en esto. Lo que sí sé es que el lector hallará en el libro una radiografía de las contradicciones de una juventud atrapada entre el hedonismo consumista y parrandero y el compromiso político que implicaba el riesgo inminente de la muerte; todo, visto y escrito por un joven que vivía esta contradicción en carne propia.

 

Tu novela, junto a otras, inauguró la nueva novela guatemalteca. ¿Existe hoy día una nueva forma de novelar en Guatemala, aparte de la nuevaforma de los 70?

La nueva novela guatemalteca se inscribió en la nueva novela latinoamericana o novela del lenguaje (la del boom), e hizo parte de lo que se llamó el posboom (o posmodernidad novelística respecto de la modernidad del boom), y lo nuevo tuvo que ver con la ruptura que, mediante temáticas y estructuras estéticas posvanguardistas, la nueva novela significó respecto de la novela tradicional latinoamericana de la tierra o del realismo social, la cual, en nuestro medio, estuvo representada, entre otros, por Flavio Herrera, Virgilio Rodríguez Macal, Mario Monteforte Toledo y Miguel Ángel Asturias (quien fue un vanguardista pleno y eso lo diferencia de sus contemporáneos). Después de las novelas que hicimos entonces (aquí no hubo boom, sólo posboom), entre las que está Los Demonios Salvajes, la novelística local se siguió desarrollando en esa misma veta, tanto en Guatemala como en el resto de Centroamérica. No puedo decir que esto fue debido (sólo) a la influencia nuestra, ya que los escritores posteriores de seguro leyeron también a los autores que nos influyeron a nosotros (sobre todo a los gringos). Y hablando de influencias, la onda mexicana y sus raíces gringas sólo tiene en Los Demonios un epígono guatemalteco en la época, aunque mi novela posee un elemento histórico, local, que no tiene ni podía tener la onda, y es el ingrediente político, militante, guerrillero. Ahora bien, aparte de esto y para responder directamente a tu pregunta, en los años 90 empezó aquí una narrativa que aunque viene de aquellos moldes que nosotros aclimatamos a la problemática local es nueva (localmente) en algo muy particular: ya no es una narrativa explícitamente ideologizada sino, al contrario, quiere por sobre todas las cosas parecer apolítica, indiferente al drama político, descomprometida respecto de la historia política. Y para ello se centra en las tribulaciones individuales e individualistas del animal urbano acosado ya por una ciudad hostil, el cual vive en medio de experiencias banales remitidas a una cotidianidad saturada por el consumismo hedonista. La novela guatemalteca posmoderna de los 70 y 80 no tenía esta intencionalidad, pues estaba imbuida de las ideologías de izquierda propias de la guerra fría y su tono era predominante crítico. La posmoderna de los años 90 sí la tiene y, en general, no enfatiza en la criticidad, pues responde a los moldes del mercado editorial que se desarrolló a partir de los 70, constituido por lectores masificados que buscan en la lectura entretención y no criterios para comprender la realidad concreta. En la posmodernidad seguimos escribiendo todos (desde los 70), los escritores posteriores a nosotros y los que inauguramos la nueva novela aquí (y que seguimos vivos). Todos hemos evolucionado hacia formas de expresión distintas respecto de lo que hicimos en nuestros inicios como escritores. Pero lo que escribimos no se parece entre sí, los cual resulta harto explicable si recordamos que la posmodernidad se caracteriza justamente por ser plural, polifónica y multigeneracional. Pero para hablar de esto necesitaríamos otra entrevista.

 

 





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