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También la noche es claridad. Antología poética (1984-2009)

( Félix Suárez )

También la noche es claridad. Antología poética (1984-2009)
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Viñeta

Félix Suárez (estado de México), poeta, ensayista y editor, es egresado de la carrera de letras españolas de la UAEM y de la maestría en humanidades de la Universidad Anáhuac. Obtuvo la Presea Sor Juana Inés de la Cruz (1984), el Premio de Poesía Joven Elías Nandino (1988), el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1997) y la mención honorífica del Premio Nacional de Ensayo José Revueltas (2005). Tiene los siguientes títulos de poesía publicados: La mordedura del caimán, Peleas, Río subterráneo, En señal del cuerpo y Legiones. Su obra se encuentra incluida en una docena de antologías poéticas, entre otras: Literatura del estado de México de los siglos XVI al XX, Poesía joven. Veinticinco años de un premio literario, Poetas de Tierra Adentro (t. I y t. III), En el rigor del vaso que la aclara, el agua toma forma, Eco de voces (generación poética de los sesenta) y Vigencia del epigrama. Fue director fundador de la revista Castálida, que dirigió durante diez años. Ha colaborado en distintas revistas y suplementos del país y del extranjero. Se desempeñó como subdirector de publicaciones del Instituto Mexiquense de Cultura. En la actualidad, coordina el programa editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México.
 


Viñeta

Óscar Wong

Hay en la obra de Félix Suárez un dejo de fugacidad voraz, de perenne llama enfurecida —y de ceniza victoriosa—. En sus palabras, en su tono se revela el trasfondo contrito de las cosas, del alma humana. También la noche es claridad concilia, enlaza y revela la excitación memoriosa, la precisión y agudeza características de este poeta mexiquense; en esta antología de seis libros suyos, lo inesperado, lo sorpresivo devela mordacidad y prevalece la vana imperfección del ser humano. Así, También la noche es claridad  desemboca en la acidez, en lo perplejo de la existencia. Si la poesía es un lenguaje cargado de significados, un idioma que explora y explota al máximo de sus posibilidades su energía, y si nombrar es el primer acto creativo, Félix Suárez constituye el paradigma del demiurgo contemporáneo: un creador que converge en la embriaguez de lo múltiple y pretende no la salvación, sino descubrirnos la luminosa caducidad de la existencia.
 


Viñeta

Tristes flechas

 María Cruz

En la poesía de Félix Suárez encontramos una entonación parecida a la luz del crepúsculo. Si hay furia, ésta ya pasó por un tamiz y se halla decantada. Si hay deseo, lo sorprendemos en su camino de regreso. La alegría, como un instante que relampaguea, pocas veces existe entre sus versos. Hay, más bien, si puede llamarse así, un tedio luminoso, una suerte de flecha que acierta en el blanco por lucidez y precisión.

Más de veinte años de creación poética sustentan un trabajo sólido. Ya desde La mordedura del caimán se advierte una voz que viene de lejos y que surge de lo profundo. Esos versos de juventud están cargados del peso de la existencia. El poeta mira el reverso de las cosas, no la apariencia primera, sino esos lados que nadie quiere observar porque resultan descarnados, tristes, rotos.

Félix Suárez explora en su escritura los temas que a todos nos incumben y en Peleas aborda el tema del amor o quizás la imposibilidad de éste. Aquí no predomina el impulso inicial del amor, más bien el choque entre los amantes, lo que queda después de la ilusión del encuentro. Después del ensueño, del arrebato, queda una verdad que carece de dulzura. No hay salvación; para el poeta el amor es una guerra, una batalla en que la pareja pierde y acaso permanece una soledad amarga. Si alguna vez hubo complicidad, en la ruptura no hay más que monólogos aislados. Lejos de toda cursilería e idealización, el que amó nos habla desde la pérdida, la decepción y el dolor.

Hay que notar que de libro a libro Félix Suárez conserva su estilo, su tono, su musicalidad, estos elementos nunca se pierden, más bien se resaltan, pues a medida que avanza profundiza como un aspa que alcanza cada vez lugares más hondos. Eso pasa con Río subterráneo, donde los sentidos se agudizan y el poeta nos lleva al mundo cotidiano, a la cocina, a la casa y nos da a probar esos tragos mínimos de crudeza. Hay en esta poesía una suerte de contención. No hay desbordamiento porque no hace falta; tampoco son necesarias las metáforas llamativas. Entre menos revestimiento y adorno, la poesía resulta más atinada y filosa. Así es este río subterráneo, no es un mar embravecido, es más bien un río de flechas que aciertan.

En el poemario En señal del cuerpo de nuevo aparece el amor, esta vez de manera distinta. Aquí el amor es un regalo que dura un instante, es el amor, pero también es la conciencia de la fugacidad de todo. Los placeres son tan breves que el poeta busca fijarlos con palabras. ¿Cómo retener la dicha?

Lo que sí hay es incertidumbre, desasosiego y un estado de alerta. El poeta tiene conocimiento de la muerte y eso amarga y aviva su existencia. Estos versos, como toda la poesía de Félix, están insertos en una tradición con la que dialoga, como la clara referencia al Eclesiastés, pero también parecen asomarse reminiscencias de otras lecturas, como el poema de Gilgamesh o la poesía de Nezahualcóyotl o los versos melancólicos de Cavafis.

Sin desprenderse de su voz, Félix explora algo distinto en el poemario Legiones, donde hay un cambio: por un lado, se establece una distancia temporal y espacial y el tono, a la par de ser profundo, alcanza un fino humor. El poeta nos traslada a la antigua Roma; los versos incisivos, casi epigramáticos, nos llevan, sin embargo, a las preocupaciones de siempre: el erotismo que escapa, la fugacidad de la dicha, la inminencia de la muerte, la difícil comunicación, la intrascendencia de la vida humana.

El poeta utiliza el recurso del desdoblamiento y la mirada al pasado, pero su desencanto es moderno. La visión que entre líneas sostiene toda la poética de Félix Suárez se acerca a la filosofía del siglo XX, a la conciencia del vacío y la orfandad. Ésta es una poesía que no concede y no complace. Hay en su belleza algo que al principio parece mansedumbre, pero que después corta de un tajo.

En Las vestales del naranjo, muy hermoso título, por cierto, el poeta va de nuevo al mundo antiguo para expresar con esa elegante máscara la futilidad de la existencia. El paso del tiempo que nos hace envejecer, la falta de consuelo, la imposibilidad de la completud, los goces fugaces que encierran dolor.

Esta antología atesora en su título una aparente paradoja, la claridad de la noche, pero una vez que uno lee la poesía de Félix Suárez comprende que la claridad de la noche está en la verdad que refulge de sus versos, pues aquí no hay engaño y la belleza convulsa nos sacude, nos saca del letargo y nos lleva a la emoción sostenida por la musicalidad y el silencio de sus versos.
 


Viñeta

Félix Suárez: Escolios para desasosiego y olvido

                                                                               

   José Francisco Conde Ortega

Si el olvido es esa rara sustancia del desasosiego; si con afán incierto lo invocamos, a veces, para atenuar las impertinencias acerbas de eso que llamamos amor; si en la soledad de la noche permitimos que se encone la herida, entonces repetir la primera sílaba de un nombre hasta que se desgaste puede ser el último refugio del amante. O fumar otro cigarro, tomar el último trago del licor escarnecido y dejar que los escombros de la luz nos acerquen ruidos, voces y aromas tercamente familiares puede ser la certeza del abismo. Así, la revelación de una existencia vulnerable puede provocar las sílabas primeras del poema: el frágil escudo del héroe sin espada que se convierte en huérfano oficiante de un templo impío y, por lo mismo, necesario.

Félix Suárez parece advertir que, de ese modo, su bitácora de navegación tiene que ser una alternancia ardorosa de eclipses y fulgores, donde la luz es apenas un señuelo del atroz imperio de la sombra que inquieta y favorece la aventura del insomnio. También la noche es claridad es, así, una antología poética que se erige como un volumen autónomo, armado a partir de una rigurosa puesta a prueba de las obsesiones escriturales de Félix Suárez; pero, sobre todo, asumido como un memorial de olvidos. Mejor: como un minucioso registro de los momentos más significativos del inconcebible mal estar en este mundo.

También la noche es claridad reúne poema de seis títulos: La mordedura del caimán, Peleas, Río subterráneo, En señal del cuerpo, Legiones y Las vestales del naranjo. No obstante, su andadura peculiar permite seguir una constante de inmolaciones y desasosiegos. Y a la manera de los monjes medievales, que sobre ciertos libros escrupulosamente visitados, dejaban sobre los márgenes comentarios plenos de sabiduría inquietante, Félix Suárez se convierte en el escoliasta de su libro total del desasosiego. De este modo, También la noche es claridad redime la parva naturaleza de la letra de los monjes de otro tiempo, finamente trazada, para contar los pormenores y las intemperancias de una experiencia vital.

Escribe Félix Suárez en el primer poema:

 

                        Son la luz y el primer alboroto de la mañana.

                        Y mientras llenan de menudos gritos la casa,

                        uno se despierta en el mismo cuerpo de ayer,

                        convulso, adolorido,

                        muriendo de corrientes fiebres

                        y antiguos males sin importancia.

 

Y esto parece ser, a un tiempo, declaración de principios, confesión resignada, certeza del desastre y esbozo de un testamento literario. La repetición incesante de las circunstancias, la rutina que sólo se matiza con los males que trae consigo el tiempo, más el tedio de vivir así son, en el menos malo de los casos, la oportunidad primera del desasosiego. Por eso, en la parte 2 de ese mismo poema, se lee:
 

                        Y el amor, amor, en sordas treguas

                        nos va matando de veras.

 

¿Hay algo más doloroso que saber que el amor puede ser tan sólo una tregua? No, seguro. Y, pese a todo, buscarlo empecinadamente, por más que su destino inevitable deba ser el olvido, anunciado siempre por una temprana nostalgia. Y por la insoportable soledad después de haber perdido todas las batallas. Dice el poeta:

 

            Y nos encuentra así la madrugada, uno

            en cada lado (de la cama), enfurecidos.

            A solas.

 

Sólo «ardor y soledumbre» son las armas del guerrero; y «chorrean hiel». Acaso sea perder el rumbo. Quizás la prematura nostalgia de saberse vencido de antemano y por entero. Es como si fuera la íntima convicción de otro Ulises, cada vez menos fecundo en ardides, porque a su regreso no encuentra ni a Ítaca ni a Penélope:

 

                        He vuelto a casa, entumecido y sin fuerzas,

                        con arena y yerbas

                        y un poco enfermo.

 

                        Pero aún tengo en la ropa

                        y entre los dedos

                        los almizcles agazapados de tu perfume.

 

Entre la Biblia, particularmente el Eclesiastés, Homero, Catulo, Marcial, Rilke, Lizalde, Bonifaz Nuño o san Juan de la Cruz y El cantar de los cantares, Félix Suárez se apropia de una tradición occidental para configurar su discurso poético. Por eso, cuando se sigue esta celebración de olvidos, uno encuentra el ritmo necesario en la justa selección de una impronta léxica justa e intransferible, como requisito ineludible del poeta. De ahí que, por ejemplo, se puedan encontrar ecos de otro tiempo en éste, ahí, en los poemas que recrean momentos de la vida cotidiana de la Roma licenciosa, como

 

                        el aleteo de un pájaro asustado

                        queriéndose matar contra su jaula.

 

Sí, actualización del epigrama; pero, antes que nada, otra manera de testificar signos compartibles de la condición humana. Sobre todo en la certeza de lo caduco, lo efímero y lo frágil: la constancia del desasosiego. Dice Félix Suárez en el último poema del libro:

 

                        Nada

                                   —está escrito—

                        nos volverá a la dicha.

 

Sí, escolios de olvido y desasosiego. En efecto, certeza del desastre y memorial de sueños inauditos. Poesía que encuentra su cauce en la única posibilidad que puede aguardar al inconstante: la del amor, aun cuando esté arteramente condenado al mismo olvido.

Ciudad Nezahualcóyotl-UAM-A, otoño de 2009
 


Viñeta

 

NO ES PLATA FALSA LO QUE SALE DE TUS MANOS, QUERIDO FÉLIX SUÁREZ

 

Hernán Lavín Cerda

¿Quién es Félix Suárez? Si me lo preguntan, lo ignoro. Si no me lo preguntan, lo sé; quién sabe, tal vez estoy a punto de saberlo, aunque sospecho que nadie sabe al fin lo que sabe: ni el pobre y solitario Godot esperando al fantasma de Samuel Beckett.

Hoy casi todo es desorientación, y hasta el amor se desorienta y sufre no solamente en varias páginas de También la noche es claridad, la antología poética de Félix Suárez donde se recogen textos que van de 1984 a 2009 después de Cristo, y que ha sido bellamente publicada por el buen amigo, poeta y maestro Carlos López en su Editorial Praxis, la editorial nuestra de cada día, esa editora tan querida y apreciada por todos.

Desde que escuché por primera vez a Félix Suárez leyendo su poesía en voz alta, supe que estaba en presencia de un auténtico artista de la palabra. La dicción, las pausas, los cambios rítmicos, a veces, y el equilibrio en el aire. La suya es una escritura cuya belleza cae a plomo, verticalmente, sin ser obesa o pesada como el plomo. Se ha desprendido de la imaginería intrascendente porque nunca la tuvo. Así lo creo. Su amasijo verbal está compuesto de ritmo, golpe al mentón y músculo. El sujeto de la escritura comparte con sus lectores o auditores las bienaventuranzas y malaventuranzas del amor de cada día. Cómo le duele al hablante esta escritura cincelada con un buril a veces implacable. «Y el amor, amor, en sor-das treguas/ nos va matando de veras». ¿No somos nada o casi nada, entonces?

Hay más de algo que es propio del bolero en algunas de estas páginas. ¿Cómo olvidar a José Alfredo Jiménez, a Vicente Garrido, e incluso a Arturo Castro en su composición «Llorar por dentro»? Aparecen en calidad de epígrafe del libro Peleas aquellas célebres frases del bolero brasileño de Gouveia Amorín: «Mira bien lo que hacemos los dos, siempre peleando así...». El texto en verso libre de Suárez dice a la letra: «Zanjados ya, el tren nos pasa encima,/ cruza la cama demorándose./ Jadeando.// Y nos encuentra así la madrugada, uno/ en cada lado, enlutecidos./ A solas.// De nada sirve entonces ya que me hagas señas,/ que yo grite entumecido en la otra orilla,/ si se nos ha empezado a ir,/ muy lentamente,/ el último convoy de la mañana».

Los amantes se hunden en un silencio amargo y anterior al mundo, como lo dice el propio sujeto y víctima de esta escritura. En los asuntos del amor, nada es nuevo bajo el sol aunque de improviso aparezca con la temperatura de lo inaugural. Pienso que más bien lo inaugural está en el arte de la escritura poética. Ternura a veces, no muy lejos de lo balsámicamente dulce, y de pronto el destino con su puñal en lo alto. No es más que el sangriento amor que «no termina de engullirnos» bajo aquel cielo de ovejas degolladas que nos alumbra, como lo dice Félix Suárez con la potencia sorprendentemente convulsa de su poesía. La situación del lugar común amoroso aparece y desaparece, pero se potencia al volverse inaugural, como lo he dicho anteriormente. Sospecho que ahí descansa la médula del secreto. La suya es una escritura muy antigua y muy contemporánea, puesto que está fraguada por el soplo de un auténtico artista de la palabra.

Voy de línea en línea, de ritmo en ritmo, y la escritura de También la noche es claridad va cautivándonos. En más de alguna composición aparece la fugacidad del tiempo y de la vida. Suárez se vuelve entonces tan antiguo y presente como aquellos que aún tienen la sensibilidad como para establecer una comunicación muy profunda con poetas de la familia de Nezahualcóyotl. Sólo estamos aquí de paso, tal vez de paso a las estrellas. De pronto se topa uno con algunas composiciones de un lirismo memorable, donde también surge la narración y aparecen los fantasmas de la familia, como en aquel texto de César Vallejo. No puedo resistir la tentación de leer en voz alta esas líneas del poema «Don Trini», que dicen textualmente: «Era músico, tío de mi padre,/ mío y de mis hermanos./ Era un árbol garrudo, leñoso, tibio.// Y era carpintero.// Pero hacía violines y arpas/ que dejaban en uno/ el sonido ronco de los guitarrones.// No tuvo cerca una mujer: tuvo una yegua/ a la que besaba en los belfos/ y a la que daba regios tragos de cerveza:/ muñeca-muñeco, le decía.// Y era un hombre bueno.// Tocó toda su vida en ferias,/ velorios y bautizos,/ y no tuvo otro afán.// Separa-dos por años, por siglos de no sé qué cosas,/ no pudimos decirnos mucho en realidad. Casi nada./ Pero seguro nos queríamos.// Y al fin, como soy, me negué a verlo/ en sus últimos días.// Ay, tu tío Trini, me decía mi mujer,/ y lo mirábamos caer, sentadito en su silla,/ por los desfiladeros de la edad./ Ay, tu tío Trini,/ y yo me despedía de él, desde lejos,/ en silencio,/ arrodillado en mi corazón».

En este texto es posible observar la simbiosis entre el lenguaje más denotativo de la prosa y los deslices connotativos de la poesía. Sobre lo último, no es difícil detenerse en estos ejemplos: «... y lo mirábamos caer, sentadito en su silla, por los desfiladeros de la edad». Y otro ejemplo: «... y yo me despedía de él, desde lejos, en silencio, arrodillado en mi corazón». Desde el punto de vista de la coherencia de sentido, la imagen «arrodillado en mi corazón» sería un disparate; pero se convierte en un acierto dentro del ámbito del arte de la palabra que siempre es un plus, un ir más allá, rumbo al sentido figurado, plural y connotativo. He ahí el poder de la poesía desde la época más remota. He ahí la creación de lo que no estaba antes en el mundo.

Otra región no menos importante de su escritura poética establece un enlace con el mundo grecolatino, y de ello da cuenta su libro Legiones, editado por primera vez en 2004, y que también se incluye en la antología. Félix Suárez se latiniza en español, volviéndose muy antiguo y muy nuevo. Muere y renace a cada instante, como por arte de magia verbal. Lo cierto es que siempre somos de aquí, aunque no siempre lo seamos. También somos con-temporáneos del mundo más antiguo, y eso nos pluraliza y nos fortifica. Cómo no celebrar esas líneas en prosa que mantienen una tersura y una temperatura impecables:

«Mentira, dulce Clodia. Mentira que no disfrutes tú mis versos cojos, mi pobre fama, los dos y hasta tres besos que te he robado. Mentira, digo, tus castas manos, tus castos ojos. Lo sé bien: ardes por dentro, te quemas con un calor de yegua que relincha en tus entrañas. Y aunque niegues tu amor, tu cuerpo grita lo contrario. Lo sabemos tú, yo y el oráculo aquel de Apolo que ha dicho, sabiamente, que te encanta».

En estos tiempos de aceleración vertiginosa y de plutocracias que ni siquiera sospechan que aún el existe el Arte de la Palabra, es un bálsamo y una convulsión la escritura poética de Félix Suárez, este maestro de la lengua como no es y como tal vez volverá a ser algún día que es hoy mismo, por fortuna, para beneplácito de sus lectores.

Escuchemos al poeta en voz baja, a media voz y en voz alta, como sucede con aquel rumor luminoso de la auténtica poesía. Todo aparece y desaparece más allá de este mundo, como por arte de magia, pero aquel enigma de la palabra encantada es una luz que eternamente seguirá vibrando en nuestro corazón.

Estoy a punto de decir Ave, César, aunque no, ¿qué sucede?, y no lo digo. Lo más recomendable es que sigamos conversando a media voz, sin prisa, como nos enseñó alguna vez el maestro Juan Rulfo. Honor a quien honor merece. Pero, ¿quién es al fin .Félix Suárez? Si me lo preguntan, creo que todavía lo ignoro. Si no me lo preguntan, lo sé, quién sabe, tal vez estoy a punto de saberlo, más allá del pobre y solitario Godot esperando al fantasma de Samuel Beckett, quien aparece de improviso y me va dictando el texto que yo acabo de leer en voz alta para ustedes, mis fieles e infieles lectores. Publíquese en voz alta, como en aquellos días de Cayo Valerio Catulo, alias Hernán Rodrigo o más bien Cayo Valerio Lavín Cerdus, dicho con absoluto respeto y modestia, aunque algunos piensen lo contrario. Es todo por hoy, a la 'hora del crepúsculo, y que los dioses, aunque sigan burlándose de nosotros, nos protejan y nos bendigan siempre.

 


Viñeta

 

También la noche es claridad, de Félix Suárez

Juan Antonio Rosado

Desde 1984, bajo el signo de la constancia, han surgido los poemas de Félix Suárez en los volúmenes La mordedura del caimánPeleasRío subterráneoEn señal del cuerpo yLegiones. El poeta ha juzgado conveniente elaborar una antología donde reúne piezas de estos libros y de Las vestales del naranjo. En También la noche es claridad, que toma su título de una imagen de Marco Antonio Montes de Oca, puede percibirse la transformación y a la vez continuidad de una voz que no cesa.

Como ocurre con las adivinanzas, el lector lee primero los versos de cada pieza y al final, entre paréntesis, se enfrenta con el título que los abarca: estructura poco común en un poemario, pero eficiente, en la medida en que el flujo de las imágenes, percepciones, conceptos y emociones nos conduce —por el cauce de la palabra— hacia la desembocadura del anclaje.

El libro se inicia con estos versos: «Son la luz y el primer alboroto de la mañana/ Y mientras llenan de menudos gritos la casa,/ uno se despierta en el mismo cuerpo de ayer,/ convulso, adolorido,/ muriendo de corrientes fiebres/ y antiguos males sin importancia», tras los cuales se despliega una segunda estrofa reflexiva en que se representa —más conceptualmente— lo efímero, lo fugaz de nuestro paso por el mundo. Incluso el amor deja de ser un consuelo, pues «en sordas treguas/ nos va matando de veras». Al final, el título: «Pájaros». Si la primera parte del poema es denotativa, la segunda, en cambio, connota, simboliza a esas «aves» conscientes de su muerte: los seres humanos; si al final de la primera estrofa nos hallamos con la enfermedad y el dolor tras evocar la luz y el alboroto, en la segunda es clara la continuidad —ya metafísica— de ese dolor y frialdad. El segundo poema nos lleva a la palabra Sísifo, mientras que el tercero y el cuarto carecen de anclaje. Se trata de poemas que fluyen en medio del blanco de la página.

El resto del libro mantiene una estructura similar. De Peleas, hay diez piezas, de las cuales sólo una se identifica con la palabra melancolía. Las contiendas son representadas en muchos niveles: el tizne y los carbones que quedan en casa, los cielos y los celos, las ovejas desolladas, la hiel que chorrean las armas del vencido cuando el otro —el vencedor— duerme, el azolve que se espesa entre los dos. Presencias en pugna expresadas con claridad adquieren carácter unitario en el título que las engloba: Peleas.

De Río subterráneo, hay sólo tres poemas, entre los cuales «Crónicas de fin del mundo» nos enlaza a la decadencia: «Tengo el pulmón/ lleno de hollín,/ los ojos sucios/ y la lengua toda de aceite». Las siguientes partes de esta antología contienen el mayor número de poemas. Hay piezas con lenguaje y recursos más complejos, con emoción que palpita aunada a la reflexión, y sin embargo, sigue identificándose una voz, la transparente sencillez de su estilo.

A menudo percibimos los infiernos del ser, desde la «dicha pasajera y mía» que «no volverá», hasta la inmovilidad y fugacidad. Pero lo fugaz ha quedado fijo en el vocablo, y los infiernos, al ser poetizados, nos llevan a otros mundos. El poeta Roberto Juarroz afirmó que «tal vez la poesía nos salve todavía del infierno de los habladores profesionales», ya que el fenómeno poético —a diferencia del lenguaje cotidiano— es palabra esencial por su permanencia.

 

Siempre!, 3053, 18 dic., 2011, p. 85

 



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