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Cantos a la amada

( Muahmmud Ibn Al-Mahad. Saúl Ibargoyen (traductor) )

Cantos a la amada
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$120.00


Viñeta

Iskander Oman Ibn-Hamed

 

Mucho me ha sorprendido esta traducción que se presenta ahora de un poeta medieval de lengua árabe que yo apenas conocía. En alguna ocasión creí escuchar su nombre de labios de mi maestro de letras Yosef Ibn-Utman, en mis años de juventud escolar en Casablanca. Luego, al amparo de las complejas gestiones del azar, recogí algunos de los cantos de Muahmmud Ibn Al-Mahad, acompañados de información no suficiente, aunque siempre dudé ¿por qué negarlo?de su existencia en términos de realidad física.

Tiempo después, la intervención, inexplicable por su origen, de dos o tres amigos especializados en lengua y cultura islámicas, y viajeros casi como Jaldún, me permitió contactar al poeta de lengua española Saúl Ibargoyen. Eso fue en Uruguay, en días de fuego estival. Como se interesó hondamente en la poética y la elusiva figura de Al-Mahad, logré alcanzarle no sólo los materiales antes referidos, sino otros más amplios que le permitieron iniciar una costosa labor de traducción.

Mi conocimiento del español (adquirido en el ámbito saharaui) no es lo bastante completo como para que pueda esbozar una crítica del trabajo efectuado por Ibargoyen; pero doy fe de que su esfuerzo de años ha sido casi infinito. Aquí están los cantos, aquí está la amada, aquí habrá ojos que lean, corazones que canten en la lengua elegida. Alá es grande.
 


Viñeta

El poeta, la amada, el desierto

María Cruz

En Cantos a la amada, Saúl Ibargoyen nos hace próxima la poesía del poeta árabe Muahmmud Ibn Al-Mahad, un autor que por primera vez sale a la luz en español través de la traducción de Ibargoyen. Éste es trabajo que ha pasado de lengua en lengua hasta llegar a la nuestra y a nuestros días, porque se trata de un poeta medieval. En la introducción al libro, Ibargoyen nos pone al tanto de la vida del autor traducido y nos da una serie de datos que nos dejan entrever a Al-Mahad porque nunca puede verse todo de él, tenemos atisbos; se dice, por ejemplo, que quizás nació alrededor de 1258, en Bagdad, o a finales del s. xiii en Damasco, en los tiempos de la séptima cruzada. Se especula que visitó Granada, que vivió alrededor de ochenta años y fue un constante viajero que hizo del trayecto su forma de vida. Tenemos, curiosamente, información de cosas íntimas y gustos personalísimos, como que solía beber vino con canela y menta y cerveza fabricada con recetas sumerias; que usaba vestimentas sencillas, pero de calidad; que viajaba en una camella. Esta información de la vida cotidiana nos deja asomarnos a la delicadeza de su espíritu y a la elaboración de un placer que se eleva y se sublima.

Se dice que Al-Mahad se alió al misticismo sufí y a un ascetismo espiritualizado y que dio clases de religión islámica, sobre el Corán. Adoptó para su trabajo poético recursos formales y los transformó a partir del zéjel, la moaxaja, la jarcha. Su cultura fue amplia y eso dio pie a que su trabajo poético se consolidara a partir de una serie de influencias que supo absorber y aprovechar para su visión personal. En él se unen una mezcla de inquietantes contradicciones, de tradición y riesgo, de asomos heréticos y apego al Corán, de rebeldía y misticismo, de respeto a la naturaleza y de la divinización a la amada terrena, imperfecta, humana. Al-Mahad resulta un poeta moderno que, aunque no niega la tradición, se sale de ella para expresar sus inquietudes personales; así lo demuestra la novedosa necesidad de crear heterónimos, de experimentar ser otro, de expresarse en aforismos, de manifestarse en textos fragmentarios, a manera de ensayo y de perpetuar la oralidad, el canto, además de reflexionar en la poética, en el oficio y la importancia de la escritura. Su original visión del acto poético y del amor terreno lo alejaron de la ortodoxia y esto lo llevó a acrecentar el odio de sus enemigos y detractores que quisieron acabar con su vida o al menos encerrarlo. Al-Mahad sufrió encarcelamiento un par de veces, esto lo acerca en espíritu a la suerte de San Juan de la Cruz, que en el encierro elaboró sus mejores versos. Otro aspecto que determinó su vida y su creatividad fue el exilio; el poeta pasó su vida desplazándose y es justo este movimiento el que le hizo agitar su ya de por sí inquieto corazón. El poeta asume el destierro y escribe: «Es imposible desterrar a quien Allah hizo de tierra».

Se especula que la obra de Al-Mahad sintetiza la de muchos. Quizás, como Homero —otro exiliado— nuestro poeta haya sido en realidad varios poetas, varias voces que forman una, como las arenas que se suman para formar el desierto y ese desierto en continua transformación se modifica con los lectores, con los traductores, en este caso Saúl Ibargoyen, quien al parecer tuvo una identificación tal con su autor traducido que hubo una especie de fusión, al grado de sentir, dice Ibargoyen, «que el poeta colocaba sus pacientes dedos sobre los míos».

No se sabe muy bien en qué etapa de su vida Al-Mahad escribió los Cantos a la amada, pero sus versos, su tono, no parecen los de un hombre joven y con eso no quiero decir que haya pérdida de vigor; por el contrario, aquí ya está todo tamizado y permanece lo esencial, están los nervios, los hilos más tensos que no buscan ostentar, sino comunicar sin dureza, sin violencia, una sabiduría viva, en movimiento.

Al-Mahad conocía lo terrible de la vida y también sus sutilezas. En su trabajo se nota la especial elegancia y el sentido certero para encontrar la belleza en el mundo que le rodea, en la mujer, en el desierto. Como amante de la mujer, Al-Mahad se sale de los estereotipos; puede que su conducta tenga tintes del amor cortés que surgió en el medievo, porque él tuvo acceso a la literatura francesa de la época, pero va más allá. No es el caballero que pasa por pruebas para alcanzar el amor de la amada, tampoco es el hombre dominante que busca someter y condenar a la mujer. Es quien, a partir de lo concreto, sublima y enriquece su vínculo constantemente y hace del amor un arte. La mujer es cómplice en la aventura amorosa y aunque hay una idealización, el poeta al sublimar también se contiene, su pasión es modulada por la inteligencia y va más allá del deseo: «No ames a la amada/ solamente con las caricias de la piel/ porque entonces tu práctica de amor/ obtendrá nada más/ que un placer sin fe».

 El poeta parece escribir al regreso de un viaje por el desierto, después de haber visto en el espejo de arena sus verdades, que no pueden más que expresarse a través de la metáfora. Es decir, que la poesía de Al-Mahad está hecha de conocimiento y éste, a pesar de la influencias, está construido con materias propias. Su temática no le fue prestada, él fundó ese amor a la amada, inusitado para su tiempo, pues en él acepta la libertad de la mujer. El trabajo del poeta rebasa los límites del lenguaje, utiliza las palabras como herramienta, pero su canto trasciende tanto que quizás el espíritu de Al-Mahad se encuentre ahora mismo entre nosotros.

 

 

 


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