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Fuego de círculos

( Miguel Ángel Muñoz )

Fuego de círculos
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Viñeta

 

Retrato a lápiz. Tres apuntes para Miguel Ángel Muñoz

José Francisco Conde Ortega

1. El crítico de arte. Vale la pena insistir: cuando El Viejecito Urbina apunta que la primera condición del crítico es una fina sensibilidad, asume una realidad de amor propio. Claro, el autor de Lámparas en agonía se refería al crítico literario, pero no hay que olvidar que muchos escritores, en virtud de esa eterna curiosidad —no pocasveces generosamente insana— han decantado esa «fina sensibilidad» en el asedio de otras artes: la pintura, la música, el teatro… Por eso el diálogo fructífero y muchas páginas de amorosa connivencia a partir de la responsabilidad y una suerte de compromiso ético. Los otros elementos para una crítica pertinente —método, datos,soporte teórico, contexto…— son más fáciles de adquirir.

Creo que ése es el camino por el que Miguel Ángel Muñoz ha buscado transitar. Además, ha procurado apropiarse de otras armas para establecerse en un territorio necesario: el rigor. Pronto será doctor en historia del arte, asunto para nada desdeñable, sobre todo si se piensa que la formación académica permite vislumbrar, sin pesadumbre, procedimientos y metas, perspectivas y acercamientos, juicios y valoraciones. Nada debe estar más lejos de la sensibilidad del crítico de arte que la improvisación. Es decir, la utilización de herramientas críticas permite desbrozar caminos y asegurar el principio del asedio y enriquecer la mirada del poeta.

Por otra parte, Miguel Ángel Muñoz, ese joven-viejo en un medio de suyo inseguro y esquivo, arriesga otra condición: una irreverencia nacida de la pasión de quien cultiva la poesía. Intolerante y audaz, no vacila en emitir juicios sumarios y definitivos. Todo como producto de un temperamento sedimentado en un paciente trabajo con el poema y en un riguroso ejercicio de reflexión. Así, ha decidido elegir y defender sus preferencias. Los pintores que constituyen el corpus de su oficio crítico son vistos desde esa necesidad vital de asumir que la sensibilidad y la pasión son espejos que nunca engañan. Son el espejo de un amor propio afanosamente cultivado.

 

2. El poeta. El trabajo poético de Miguel Ángel Muñoz encuentra su punto de partida y de llegada en una peculiar manera de mirar. En estricta consonancia con su labor crítica, cada poema de Muñoz es un regreso a la Ítaca afanosamente contemplada. Las tiradas de versos, así, constituyen una manera de aceptar la invitación del desasosiego. Del mismo modo que aquel que se aventura en la oscuridad y silba para espantar el miedo, Miguel Ángel Muñoz busca, quizás, la promesa de la luz; o, acaso, la dolorosa certidumbre de sentirse un poco menos inseguro en el mundo porque existe la posibilidad de mirar, aun inciertamente.

Y si el poema es un soliloquio, un soliloquio asaz inaudito, cuando intenta vestirse de frac en la página impresa se torna rabiosamente compartido. Y compartido por tres entidades complementarias y dependientes: la línea hospitalaria de algunos pintores promisorios, la mirada fatalmente inquisitiva del poeta y la presencia irrevocable de un lector inequívocamente atento.

Poeta de la mirada, Miguel Ángel Muñoz ha intentado la brevedad como consigna. Cada poema busca, de este modo, construirse como un espacio de significados concomitantes. Y aquí la brevedad significa economía y contención. Por eso la mayoría de los verbos están en presente de indicativo, como una manera de privilegiar el aquí y el ahora. Como otra manera de decir que el mundo nace y lo descubre en la mirada oblicua de los otros.

 

3. El bon vivant. Ante una mesa de cantina, después de una comida suculenta y al amparo de una cerveza bienhechora, un amigable tequila o un vaso de bon vino (para recordar a Gonzalo de Berceo), Miguel Ángel Muñoz suele apasionarse con la conversación. Con los amigos la plática encuentra rumbos insospechados, pero nunca languidece. Y confluyen, en ella, pintores europeos, mexicanos y de intrincadas latitudes; poetas amigos y no tanto; escritores y funcionarios; intelectuales por cuales y algo menos. Todos vistos desde la nada serena ebriedad, el humor y la inteligencia. Y los meseros son rebautizados con los nombres más a propósito. Y nunca falta la música: de Vivaldi, Louis Armstrong, los Beatles, Rigo Tovar.

Ésta es una manera de entender el mundo. Una forma menos azarosa de existir. Muñoz reconoce que la vida es una responsabilidad; y que sus asechanzas nos dejan no pocas veces indefensos. Por eso, ante la certeza de la fragilidad del ser en la tierra, la necesidad de la fiesta como rito congregatorio debe convertirse en un imperativo moral. De ahí que la compañía de los amigos sea un resguardo, si bien transitorio, no por eso menos seguro, ante los imponderables de un mundo cada vez más incomprensible.

¿Parte del oficio de vivir? Sí. Y feliz consonancia del trabajo y de la vida levemente más allá de aquél. Es cierto: ni la felicidad ni la desdicha duran toda la vida. Por eso hay que agotar las gotas de la buenaventura. Es la forma más certera de la responsabilidad. Miguel Ángel Muñoz lo sabe. Por eso, también, ha decantado su sensibilidad en el arte de vivir.

 


Viñeta

Sergio Mondragón

 

Si está claro que el corpus de la poesía que se escribe en nuestra lengua a partir de la irrupción de los trazos de Picasso y la poética de Huidobro tiene una filiación y una deuda insoslayable con la estética cubista, el verso libre y el espíritu del romanticismo, de los cuales es heredera y continuadora la poesía del poeta Miguel Ángel Muñoz resulta, así mismo, depositaria de esa tradición y establece un vínculo igualmente claro con la pintura abstracta y la noción de obra abierta, lo que vendría a contextualizarla como una consecuencia directa y una floración reciente de aquella ruptura que se dio en nuestro arte pictórico y nuestra poesía a partir de los inicios de la segunda mitad del siglo anterior.

Sólo que en esta poética de la abstracción que su libro reciente nos entrega con una cierta actitud cauta, en la que se deja entrever que esta escritura podría soportar —y aun exigir— una mayor tensión visual y verbal para más ampliamente expresarse, se hace paradójica y vagamente visible, o sugerible, un sujeto que a lo largo del libro y entre líneas, inventa, descubre, piensa, fabula, percibe, corrige, mancha: un sujeto alguien que ve pintura y que a través de ella penetra al reino de la poesía, el cual es transmutado a su vez en el lenguaje de los campos de color, las formas informes, el espacio, los bordes y los horizontes, en suma, en la plenitud del ser de la pintura, que queda así fundido en esa interpenetración con el ser de la poesía.

Muñoz ha construido este libro como quien ve pinturas y lee poemas ajenos al tiempo que pasa revista y hace versiones de los poemas y las pinturas que le han precedido y que admira, actividad que recuerda la manera en que procede el poeta John Ashbery cuando glosa y extiende él también el trabajo de otros poetas y pintores, como lo hace en su largo poema «Autorretrato en un espejo convexo», el cual es reflejo y comentario de la pintura que con ese nombre realizó en el siglo xvi el manierista Parmigianino. De manera similar y con estos signos y claves intelectuales, Muñoz retoma la tradición del arte moderno y se apoya en los modelos que éste le proporciona, lo que permite a sus lectores verlo ver pintura y escribir sobre ella, y oírlo leer y recordar poemas y poetas, en una sucesión de imágenes que son reflejos de reflejos y espejos que los reproducen y que son la virtud más evidente de esta experiencia escritural. 

 


Viñeta

Ricardo Muñoz Munguía

En la pintura se buscan, o más bien, se encuentran signos. Las imágenes despliegan ecos que son sombras, que son luces. La poesía, por su parte, aprehende esos signos, los descubre, los engancha del paisaje o del subconsciente o de la cotidianidad o de una pintura…, y los jala a las páginas. Es otra manera de agotar imágenes, de exponerlas a la luz de la mirada.

De la labor como crítico de arte de Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, Morelos, 1972) han sido publicados varios volúmenes de gran valía para el arte plástico. Diversos artistas tanto de América como de Europa han atraído la atención de Muñoz. Por otro lado, su creación poética, que también le ha dado varios volúmenes, de algún modo se conjunta con la pintura, o quizás el prejuicio que nos puede provocar el ensayista por su constante relación con el arte forma tal encauzamiento. Sin embargo, al intentar sacudirnos tal prejuicio, las figuras persisten: «Cristales opacos,/ miradas fugaces,/ labios encendidos,/ sombra».

El más reciente libro de poemas de Miguel Ángel Muñoz cuenta con varios registros, símbolos que transmiten una voz. Entre estos símbolos encontramos la constante búsqueda de la luz, de acariciar los entornos que cada luminosidad provoca al filtrarse en el día o en el encanto nocturnal desplegado a lo largo de su firmamento como sucede en su poema «Mirador»: «I// Despertar entre islas,/ silencio como una roca/ contra un cielo estrellado.// II// Abrir los brazos,/ un solo cielo,/ sentir el tiempo,/ el viento, la luz/ tejiendo un imperio/ que el agua romperá». El silencio es otra constante que en voz de Miguel Ángel parecen traducirse en roca, como lo menciona en el poema que acabo de citar, o el instante preciso en que el sueño clava su daga y que Muñoz lo dibuja a su manera en «Murmullo», otro poema anhelante: «Guardar silencio en este laberinto/ sumergido en pliegues de voces/ y no escuchar nada.// Torres de murmullos/ que se olvidan del mundo.// Me arropas el silencio/ y respiro sueños/ que destilan suave indiferencia […]. Vivir es esto,/ sin palabras,/ sin llanto,/ sin piel que soporte/ la demorada vida y la muerte,/ con el tiempo ilusorio sobre la cama/ y mis cenizas dispersas en ramas ciegas».

Los signos de que se ocupa Miguel Ángel Muñoz en su Fuego de círculos están persistentemente clavados en sitios estratégicos a lo largo de los poemas. Estrategia que, al finalizar el volumen, nos provoca el sabor de habernos internado por un mismo sitio donde cada uno de esos signos termina por formar un solo cuadro, paisaje abierto con el fino toque del escalpelo poético y que provoca el hundimiento de la mirada hasta el subconsciente.

Entre tales signos también destacan el mar que atraviesa y rebasa los horizontes, agua que nace y renace y muestra sus conexiones, como se presenta en «Ausencia», en que Muñoz la atrapa: «La nieve no es transparente/ sino prisionera de luz.// Ella está en reposo/ y fluye bajo el Sol// Sed, deseo y transparencia/ bajo el destino del tiempo/ que abre centelleos junto a las laderas». El tiempo es una presencia importante en los versos de Miguel Ángel, quien voltea hacia los rastros del tiempo que paralelamente corren junto con los poemas: «Evocar ramas en el tiempo,/ aguas extendidas/ en un cielo arañado/ interminable». Por último, otra constante que quizá mejor se afianza es la del cuerpo del espejo, en el que se traza la dualidad provocada por la fuerza del reflejo: imágenes vertidas en sombras, palabra transformándose en luces. «Espejo de agua,/ único signo/ que expande mundos».

Fuego de círculos, como es de esperarse, se acompaña de ilustraciones, en este poemario, de Ignacio Iturria. Las imágenes prevalecen en la figura de la palabra para dictar el panorama de la memoria, un recorrido en que se conjuntan la pintura con el poema y destellan su reflejo para fundirse en un mismo cuadro-poema.

 

Siempre!, 3065 y 3066, La Cultura en México, México, 11 y 18 de marzo, 2012, p. 85 y 86

 


Viñeta

Juan Antonio Rosado

 

El crítico de arte contempla los trazos y colores; los trata como elementos que en el lienzo cobran vida y significados: un sentido en sus propios contextos que a menudo va mucho más allá de la tela o del espacio en que se ubican. Cuando el crítico-poeta Miguel Ángel Muñoz dice Fuego de círculos y lo coloca como título de un poemario, no sólo invierte la conocida imagen —circense lugar común— «círculos de fuego», sino que le confiere a un trazo —el círculo, los círculos— la cualidad de complemento adnominal (en términos gramaticales), de modo que la frase nominal completa puede interpretarse como una serie de círculos que se han apropiado del fuego, aunque también como un fuego hecho de círculos, o como un fuego que los contiene porque es la medida que los puede resguardar, como el vaso al agua cuando decimos: «vaso de agua», ya que si utilizamos la preposición con podría ser cualquier cantidad. El nexo de nos otorga la medida del recipiente (en este caso, el fuego).

Como se aprecia, desde el título hay un matrimonio entre el poeta y el ojo que observa trazos. Abro entonces la primera página y me encuentro con el poema «Líneas», estructurado como adivinanza: «Rumor de aires nocturnos,/ líneas en bordes sombríos.// Espacio.// El oleaje divide y cae;/ las rocas, lenguaje/ que el espacio quiebra.// Vacío, sombra divisoria,/ ágil ladera./ La noche humedece./ Es el silencio». Más adelante, desfilan los versos de «Espacio», «Bordes de luz», «Espacios», «Superficie», que evocan la materia impalpable de la luz que desciende y revela imágenes de plasticidad sonora o candente. Otros poemas, no obstante, evocan espacios más concretos, geografías con historia y cotidianidad, como los titulados «París», «Palestina» o «Extranjeros en Grecia». Otros abarcan los sentidos como signos por descifrar, desiertos, a veces inmóviles, ya cristalizados, con la voz que cae sin eco ni luz, ya en un laberinto que ciega.

Para Muñoz, el poema «es un silencio». En el silencio se contempla mejor, como ocurre con la imagen de una pintura. Pero además, «bajo la forma de su lenguaje es signo». Desde la mirada del prologuista, el crítico literario José Francisco Conde Ortega, «cada poema de Muñoz es un regreso a la Ítaca afanosamente contemplada».

 

La Jornada Morelos, Cuernavaca, Morelos, 10 de octubre, 2012, p. 14

 


Viñeta

 

José Antonio Sáez

 

Fuego de círculos es el título que en este caso el poeta mexicano Miguel Ángel Muñoz ha publicado en Editorial Praxis. Bien pudiera considerarse una imagen visual aquélla que señala el título, pero lo cierto es que también aquí se dan la mano pintura y poesía, poesía y pintura, estrechamente vinculadas. El prologuista de su poemario, Juan Francisco Conde Ortega, señala tres facetas de su personalidad bien definidas: el crítico de arte, el poeta y el bon vivant, en este último caso por su carácter de buen conversador ante una mesa. La poesía de Muñoz se considera heredera de Picasso y de Huidobro, del cubismo y el creacionismo, así como del espíritu romántico en general, la pintura abstracta y la noción de obra abierta. Se trata de una poesía que visualiza y que intenta sugerir más que decir por parte de su creador. Muñoz va de la pintura a la poesía y de ella a la pintura, pues esos son sus círculos de fuego, a la manera de John Ashbery, apoyándose siempre en los presupuestos del arte moderno. Poemas que son espejos de imágenes, escritura que es experimentación y singularidad, como la del equilibrista que camina tembloroso sobre la cuerda tensa. Una teorización poética de un programa estético y visual. Todo eso y aún más encontrará el lector en este libro singular del crítico y poeta mexicano, quien viene asistiendo como espectador y protagonista privilegiado a la evolución de los mejores pintores y poetas españoles en las últimas décadas.

 

La mirada ausente, España, 24 feb., 2013

 

 


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