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La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas

( Miguel Ángel Muñoz )

La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas
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Viñeta

 

La creación de los mundos de José Luis Cuevas

Rodrigo Martínez Baracs

El joven escritor Miguel Ángel Muñoz, nacido en Cuernavaca en 1972, ha realizado ya una obra amplia y variada. Comenzó con la reseña bibliográfica, que sigue practicando; destaca especialmente como entrevistador de pintores, poetas, novelistas, historiadores, antropólogos y filósofos, de México y todo el mundo. Pero la pintura es el campo que más atrajo la pluma de Miguel Ángel Muñoz, que se ha dedicado a entrevistar, y a dedicar ensayos y poemas a los pintores que respeta y más admira, publicados en plaquettes, periódicos, revistas, suplementos literarios y catálogos de exposiciones. Y aunque Miguel Ángel Muñoz ha preferido no publicar escritos propios en la revista Tinta Seca, que dirige, el contenido de sus páginas es un buen reflejo de su fascinación por la poesía y la pintura.
        La mayor parte de la poesía sobre pintores de Miguel Ángel Muñoz se ha publicado en una serie de más de diez pulcros libritos editados a partir de 1997 por la Editorial Praxis, a partir del año 2000 en coedición con el Museo José Luis Cuevas, que en delicado contrapunto combinan los poemas con las reproducciones en blanco y negro de pinturas, dibujos y grabados. Sólo las portadas incluyen reproducciones a color.
        En las primeras plaquettes, Muñoz dedicó varios de sus poemas a pintores mexicanos: Iván Gardea, en Travesía, de 1997; Joy Laville, Leonel Maciel, Vicente Gandía, Roger Von Gunten, José Luis Cuevas, Vlady, Gilberto Aceves Navarro, Alfonso Mena, Manuel Marín, Miguel Ángel Alamilla, Francisco Castro Leñero, Mariano Villalobos, Phil Kelly, Jan Hendrix, Sandra Pani, Cecilia Vázquez, Del Ángel, Ernesto Ríos, Alejandro Díaz, José Ignacio Cervantes y Marisa Boullosa, en Origen de la niebla, de 1998; José Luis Cuevas, en El ábaco de los laberintos, de 1999; y Ricardo Martínez, en Paisajes nocturnos, de 2000. A partir de 1999 Miguel Ángel Muñoz buscó su inspiración en los grandes maestros de la plástica mundial, especialmente española: Ignacio Iturria, en La soledad del Juego, y Albert Ráfols-Casamada, en Gravitaciones, ambos de 1999; Jordi Teixidor, en El lugar de la ausencia, Josep Guinovart, en Naufragios del desierto, y Rafael Canogar, en Ritual de signos, los tres de 2000; José Manuel Broto, en La folia, de 2001.
        Sobre estos pintores y muchos otros más, Miguel Ángel Muñoz publicó abundantes ensayos dispersos en periódicos, revistas y catálogos. En el libro Yunque de sueños. 12 artistas contemporáneos, de 1999, Miguel Ángel Muñoz dedicó a cada artista un ensayo y un poema, y reprodujo una obra. Vale la pena registrar los doce artistas escogidos: Antoni Tàpies, Esteban Vicente, Eduardo Chillida, José Luis Cuevas, Roberto Matta, Ricardo Martínez, Antonio Saura, José Manuel Broto, Ignacio Iturria, Georg Baselitz, Francesco Clemente, Anselm Kiefer. Y publicó en Conaculta un ensayo sobre Ricardo Martínez, con buenas reproducciones a color, que en su reducido tamaño dan buena idea de la grandeza de los originales. Por algo será que las iniciales de Miguel Ángel Muñoz son mam, las mismas que Museo de Arte Moderno.
        En este recorrido, Miguel Ángel Muñoz salva e incluye en el canon de su museo a dos mexicanos, Ricardo Martínez y José Luis Cuevas, a quienes profesa continua dedicación y admiración, muy vivas en el libro que hoy presentamos: La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas. La riqueza de este breve libro, de 61 páginas, es la diversidad de aproximaciones, pues reúne los tres géneros con los que Miguel Ángel Muñoz se acerca a las artes plásticas: el ensayo, la poesía y la entrevista, e incluye además varios dibujos de Cuevas y de un breve y extraordinario texto de él mismo, «Encuentro con Ezra Pound».
        El ensayo de Miguel Ángel Muñoz sobre José Luis Cuevas es una reformulación del ensayo originalmente publicado en Yunque de sueños. Los poemas son nuevos, y se agregan al publicado en este último libro y en El ábaco de los laberintos. Entre los dibujos de Cuevas, Miguel Ángel Muñoz publicó varias cartas que le mandó, con su característica combinación de dibujo y escritura, como ya lo había hecho en El ábaco de los laberintos. La contraportada incluye un retrato de Miguel Ángel Muñoz por Cuevas, que se agrega a los publicados en las contraportadas de Naufragios del desierto y de El lugar de la ausencia. En este último libro José Luis Cuevas escribió una breve semblanza de Miguel Ángel Muñoz. Julián Ríos escribió el texto de la contraportada de La imaginación del instante (como lo hicieron en los libros anteriores: Saúl Ibargoyen, Laura Emilia Pacheco, Clara Sánchez, José Hierro, Mónica Lavín, Carlos López y Soledad Puértolas).
        Los documentos, pues, son varios y permiten una aproximación multifacética al enigma de la creación en José Luis Cuevas. Me permito hablar de documentos porque, en rigor, los ensayos y los poemas de Miguel Ángel Muñoz no son sobre las obras de los pintores escogidos, sino que surgen de ellas, de su observación detenida. Los poemas y los ensayos de Muñoz están emparentados, porque los ensayos son ensayos poéticos, y ambos, ensayos y poemas, no dejan de ser el registro escritural de la observación de las obras. A esta relación con las obras se agrega una relación personal con los artistas, tangible en sus entrevistas, cartas y cuadros dedicados. A todos los pintores, grandes maestros, Miguel Ángel les habla siempre de tú, lo cual expresa la naturaleza de su relación.
        No podría seguir ahora todas las sinuosidades del ensayo de Miguel Ángel Muñoz sobre Cuevas. Destaca su énfasis no en la dimensión figurativa o temática, los seres monstruosos, los personajes del inframundo, sino en los problemas fundamentales y hasta metafísicos de la plástica: el espacio, los límites, la línea, el trazo, la composición, la transformación de los volúmenes, la anulación del tiempo, la figura como signo, los símbolos, el lenguaje, el silencio, el vacío. Habría que agregar los pliegues en la exploración de las carnes y del espacio mismo.
        Son cosas de las que resulta difícil hablar con propiedad, y varias cuestiones suscitarán interrogaciones, como el énfasis en la composición, si se recuerda que el narrador y ensayista Juan García Ponce mostró que:

 

es casi imposible hablar de las obras de Cuevas en términos de composición en el sentido aceptado y tradicional. En estos cuadros —continúa García Ponce— nos encontramos en muchas ocasiones frente a diversas figuras, pero esas figuras no se relacionan entre sí, no se miran ni tampoco forman una composición; están allí, aisladas y solitarias, cerradas cada una en su propia deformidad, en la apariencia monstruosa y melancólica que el artista les ha otorgado sin ni siquiera preocuparse de encontrar un espacio preciso para su existencia precaria...» (Las huellas de la voz, México, Coma, 1982, p. 55).

 

        En este mundo de Cuevas resulta problemático hablar de signos y lenguaje: entre estas figuras aisladas y solitarias no hay relaciones sintagmáticas, no se forman oraciones, se oye el silencio y apenas algún balbuceo, un goteo o lejano rechinido. De manera característica, los personajes de Cuevas siempre tienen los ojos abiertos y la boca cerrada. ¿Cuál podría ser su lenguaje? En los personajes de Cuevas no se da, como en el signo, una relación arbitraria entre el significante y el significado: las figuras sencillamente son, están, configuran un mundo que cuando mucho es signo de sí mismo, que en primer lugares, y representa y transmite la sensación de mundos extraños que de manera extraña son íntimamente nuestros.
        Ésta es tal vez la característica primera y más importante de la obra de Cuevas, que su obra es, que los mundos que describe existen, son únicos, sólo él nos los descubre y son imprescindibles y necesarios por el solo hecho de ser y porque nos conducen siempre a la overwhelming question ontológica de si esos mundos son el mundo, su reverso, su repliegue, si su silencio es un símbolo del vacío de nuestro mundo.
        Tal es la originalidad y especificidad absoluta de los mundos que nos transmite José Luis Cuevas, que Octavio Paz optó por describirlo como una particular especie animal: «Puma, León mexicano o gato montés: Felis concolor», atacado por los críticos y otros chacales. Octavio Paz destacó su velocidad, pero también su equilibrio, lo cual da una clave sobre el referido problema del sentido de la composición en Cuevas: «Poderosamente construido, aunque no de gran talla, sus movimientos son rápidos y bien coordinados. Su ágil imaginación se complementa con su sentido del equilibrio: cuando salta para dar el zarpazo o se precipita de una altura, cae siempre de pie» («Descripción de José Luis Cuevas», 10 de marzo, 1978).
        A continuación, Octavio Paz describe dos pasos del acto creativo de Cuevas, el de los ojos y el de las manos:

 

Pero sus miembros más especializados y eficaces son los ojos y las manos. Los ojos están adaptados a tres funciones: clavar, inmovilizar y despedazar. El artista clava con la mirada a su víctima, real o imaginaria; a continuación la inmoviliza en la postura más conveniente e, inmediatamente, procede a cortarla en porciones pequeñas para devorarla. Canibalismo ritual.
        Las manos, especialmente la derecha, completan la operación. Provista de un lapiz o un pincel, guiada por los ojos e inspirada por la imaginación, la mano traza sobre el papel figuras y formas que, de una manera imprevisible, corresponden a la víctima, pero ya transfigurada y vuelta otra. Esta segunda parte de la operación consiste simplemente en la resurrección de la víctima, convertida en obra de arte.
        Cazador solitario, sus hábitos son nocturnos; su retina es extrasensitiva por la presencia de una crecida dosis de imaginación que la hace brillar en la oscuridad como si fuese un faro...

 

        En la entrevista con Miguel Ángel Muñoz y en el breve texto «Encuentro con Ezra Pound», José Luis Cuevas da varias claves sobre el enigma de su creación. En primer lugar destaca su gusto por la extravagancia y su creatividad múltiple, no sólo en el dibujo, el grabado y la escultura, sino en la escritura (en su siempre leída columna «Cuevario» y otros textos), en la exposición oral y en diversas formas de performance.
        Sobre el modo de su creatividad Cuevas señala en la entrevista que los escritores sobre los que ha que ha trabajado (Quevedo, Sade y Kafka, entre otros) han sido simples temas, como un paisaje o una naturaleza muerta, que pueden o no sugerirle dibujar. Cuando la conexión se da, es fulgurante e incesante. Es una relación total, tanto con la obra como con la vida del artista ilustrado, por lo que no se trata de una ilustración sino una suerte de reflejo de su acto creativo fundamental. Refiere Cuevas que «con la mano izquierda sostenía el libro [uno de los dos gordos tomos de Quevedo de editorial Aguilar] y con la derecha trazaba bocetos a la velocidad de la lectura». Tal vez la fidelidad de Cuevas al dibujo se debe a esta propensión natural hacia la pintura automática, semejante a la escritura automática de los surrealistas o al action painting de los expresionistas abstractos.
        Miguel Ángel Muñoz destaca la dimensión mística de la obra de Cuevas. La exploración y registro de sus mundos requiere de un estado próximo al de la meditación. En la entrevista, José Luis Cuevas refiere que sus jornadas de trabajo comienzan siempre dibujando autorretratos. Sólo así, adentrándose en sí mismo, logra sumergirse en los mundos que le sugiere los autores que lee o las realidades que presencia, y crear sus mundos paralelos. La sesión pasa por la representación y anulación del yo, para dar acceso a mundos tan reales como irreal es el mundo en el que a diario vivimos.
        Esta dimensión radicalmente subjetiva de la visión de José Luis Cuevas rompió con el ambiente mexicano cargado aún por las exigencias sociales del muralismo, como lo enfatizó Octavio Paz. Y asimismo contrastó su irreprimible vocación figurativa con la pintura estadunidense de vanguardia, dominada por el expresionismo abstracto, como lo destacó Miguel Ángel Muñoz. El yo en Cuevas, el yo particular de Cuevas, es una vía de conocimiento, o más bien intuición, como apunta Muñoz, de los mundos que nos describe.
        Ésta es una primera y fundamental dimensión del yo en la obra de José Luis Cuevas, que se ha querido reducir a egolatría, y que tiene varias dimensiones. La presencia permanente del yo le da particular fuerza a sus escritos, crónicas con una extraña mezcla de naturalidad y fantástica exageración, como el caso de la pareja que hacía el amor en un verano tan caluroso, que por el sudor el hombre al impulsarse resbaló y se fracturó la cabeza, que cuenta Cuevas en el «Encuentro con Ezra Pound».
        La egolatría de Cuevas lo ha conducido también a formas de performance, como en varias series fotográficas en las que siempre es el personaje central, y en su vida toda, que concibe y actúa como una obra de arte, como un acto de performance. A la manera de Nietzsche, José Luis Cuevas puede preguntarse ¿por qué soy tan genial?, y contestarse que es genial porque sin él los mundos que crea no existirían, y tienen que existir porque existen. Esta es la exigencia principal del artista, ser fiel a su experiencia y a transmitir al mundo lo que sin ellos no se transmitiría, y es preciso transmitir, porque es una dimensión esencial de nosotros mismos.

  

 


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