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Fuego azul

( Carlos López )

Fuego azul
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$60.00


Viñeta

Humberto Ak’abal

comentario en la solapa de Fuego azul

Gotas de sueño bañan los haiku de Fuego azul.
Son textos llenos de frescura y belleza.
Metáforas e imágenes repiquetean a lo largo del conjunto. Su lectura deja un sabor a canto en el espíritu.
 


Viñeta

Anónimo

Crónica, Guatemala, 6 feb., 1998, p. 13

El Fuego azul, de Carlos López, lo convierte en El Hombre de la Semana. Este libro es la más reciente producción de este escritor guatemalteco residente en México, con la que incursiona en el breve estilo haiku japonés de poesía. La obra le fue entregada en México por Editorial Praxis, junto con excelentes elogios de la crítica.

 


Viñeta

María Cruz

Uno de sus aciertos es el humor, que no es tan frecuente en la poesía. El poema que más me gustó de Fuego azul es «Larva tu sexo». En el primer verso hay una referencia a lo desconocido, a lo que todavía no es, al inicio de algo que no se sabe en qué va a terminar y también a algo pequeño y terrenal, que pertenece al mundo de los mortales.
        En el segundo verso me parece que está algo ya formado y definido; es quizá la belleza de una mujer, pero es una mujer que no puedes poseer aunque le hagas el amor, porque ella tiene vida propia, alas, y en cualquier momento vuela, se va o envejece. Tiene algo de terrenal y celeste, es efímera como toda mariposa; no la puedes atrapar y si la atrapas, si la dominas, todo se acaba.
        En el tercer verso, que para mí es el mejor, hay una imagen muy fuerte, muy alta. Ahí aparece lo divino, ahí están indivisibles el amor y el sexo, juntos, vivos, abismales. La vida y la muerte también están juntas, como en un orgasmo, que es indefinible, indescriptible. Y todo sucede en un instante.
        En todos los versos de este poema hay movimiento y eso lo hace un verdadero poema; no se queda atrapado en el libro, por el contrario, sigue resonando. Uno como lector no lo resuelve, solamente lo vive. El enigma continúa y continuará en cada lectura. Un poema es lo no explícito, lo que no se resuelve en términos de la razón, pero que de algún modo despeja y aclara otras zonas de la existencia.

 


Viñeta

Marco Antonio Flores

Guía 21 de Siglo Veintiuno, Guatemala, 23 nov., 1997, p. 28-29

Los poemas escritos en Fuego azul están hechos con el rigor que exige esa forma poética. En ellos se encontrará el alma de un solitario y el trabajo de cinco años de quien incursiona por primera vez en el haiku desde Flavio Herrera, el otro guatemalteco que cultivó la difícil sencillez y la brevedad para expresar su arte. Carlos López logra, en los tres momentos en que divide su libro, atrapar instantes de verdadera poesía con imágenes recreadas de su infancia y con los olores, los sabores, los colores, la naturaleza de su tierra, con la fuente inagotable de la alta poesía guatemalteca. Fuego azul es un libro luminoso.
 


Viñeta

Carlos Illescas

El Búho de Excelsior, México, 7 dic., 1997, p. 8   

El haiku propone en su breve orbe, a un tiempo, ser llave y cerradura de fórmulas lingüísticas cerradas, evidentes en la naturaleza en trance de ser transfiguración y concreción de los elementos generales, tras la particularidad de animar lo lírico. La metáfora contemplándose en su propio espejo.
        El haiku, esencialidad de música en reposo, ha llamado a la puerta, en forma antológica, de los poetas japoneses, tan cercanos en su quietud a lo sagrado. El prosaísmo mistificado en la comunión de los elementos.
        Así lo entiendo yo, profano, pero no desterrado del temblor religioso que el haiku mueve en lo que llevo (podría llevar) de Basho, Hyakuchi, Apollinaire, José Juan Tablada, Alfonso Orantes y otros argonautas de lo exquisito, y Carlos López, dispuesto, también, a reducir el tiempo infinito de la poesía al instante eterno del haiku.
 


Viñeta

   José Mejía

Magazine de Siglo Veintiuno, Guatemala, 22 sep., 2002, p. 16 

Calor y color

Ahí donde el fuego es más intenso, en el centro de la llama, una tonalidad azul se manifiesta. El color de la inmensidad titula, no por azar, estos poemas breves, en tercetos monoestróficos. La gota de agua tiene la composición del océano. Así, López va destilando estas gotas de fuego azul. («Gotas» es uno de los términos favoritos de su léxico: «gotas de fuego» (p. 25), «... de luz» (p. 31), «... de nieve» (p. 36), «... fugaces» (p. 39).
        Tan motivado como el título, el formato (110 x 176 milímetros) tiene la seducción propia de la miniatura, que induce a la ensoñación con el juego de escalas. Empastada y encuadernada con gusto, quizá su único inconveniente sea el precio: 55 quetzales en las librerías guatemaltecas, por 15 minutos de lectura. En descargo de esto último, puede aducirse que el encanto del libro no se limita al dominio del coleccionista. En efecto, contabilizar el tiempo poético es una vulgaridad, es confundir el valor de uso del producto con el valor de cambio de la mercancía libro. La hora poética es capaz de preñar el tiempo, invitando a la relectura. El haiku, particularmente, es una invitación a le lectura lenta, meditada, y López acentúa este tópico de varias maneras: la falta de título refuerza el enigma temático; las referencias cruzadas (cf. el poema de la p. 24 con el de la 26); la invención de palabras: «lucífuga» (p. 28) adjetiva la corriente: luz en fuga; «soltijerina» (p. 51, ver también p. 50), golondrina sola, da tijeretazos a la luz solar, etcétera.
        Dos presentaciones custodian el conjunto: Carlos Illescas escribe la cuarta de forros de la portada; Humberto Ak’abal, la de la contraportada.
        ¿Es todo lo que se puede decir? Sin duda, en un ejercicio convencional de reseña. Pero también es factible darle al juicio de lector un nivel mayor de exigencia. Bien. Para comenzar, resulta evidente la influencia de Humberto Ak’abal en Fuego azul. La presencia del escritor k’iche’ en el libro parece justificada por este motivo. También por la aproximación de las formas poéticas breves k’iche’ de Humberto a las japonesas de tipo haiku (ver nuestra nota sobre Ovillo de seda, de octubre de 2001). Ninguna influencia es, en sí misma, un defecto. El problema, para el caso, es que, como Ak’abal, López hila fino, pero también, como aquél, incurre en la facilidad y en la fruslería. La sencillez es, seguramente, una virtud, sobre todo si uno la opone a la composición enrevesada e inútil, pero no toda creación sencilla es necesariamente profunda. No es lo mismo simplicidad que simpleza. Esta última se cuela en Fuego azul, a menos que yo no entienda todos los poemas...
        En cuanto a las presentaciones, la del noble Carlos reflexiona, mientras la de Humberto se limita a la afirmación autorizada por la celebridad. No es posible validar el poemario de un amigo y editor con frases como: «Son textos llenos de frescura y belleza», que ocupa la tercera parte de la presentación.
 

 


Viñeta

 

En el lomo del viento

Un nuevo fuego ilumina la poesía.

El año de 1998 está empezando un tanto frío, con vientos que soplan en todas direcciones, y soles que queman y a veces hasta asustan. Quién sabe qué ocurrirá con el clima, pero mientras resolvemos esta incógnita, los invito a leer Fuego azul del paisano Carlos López, quien reside en México.
        Fuego azul es su última publicación. Y el colofón está fechado en octubre de 1997. Es un libro de 102 páginas, pero su formato de 3 por 4 y media pulgadas ofrece la posibilidad de llevarlo entre la bolsa de la camisa, del saco, pantalón y similares.
        Tiene una solapa de lujo, que está ilustrada por Hernando Gómez Rueda.
        Contiene 97 haiku, que como el mismo López expresó en entrevista a José Luis Perdomo, «con 17 sílabas se debe crear una atmósfera completa, en que la imagen debe prevalecer sobre la idea, y la métrica clásica de tres versos de cinco, siete, cinco sílabas impone su majestuosa brevedad.
        También, está dividido en tres partes: Es la Oración, El Filo del Deseo y Tiempo sin Hora.
 


Viñeta

 

Larva tu sexo

Para mostrar alguno de los haiku de López, me gustaría comenzar con «Larva tu sexo,/ mariposa dorada; Dios aletea»; «Arco, luz, lira/ son tus pezones negros/ tibias ciruelas»; «Brillan los senos;/ el cielo son dos niños/ que no amanecen».
       Los anteriores versos pertenecen a la sección El Filo del Deseo y están más enriquecidos por imágenes que bombardean al lector de signos codificados.
       El poeta Humberto Ak’abal se ha referido a los versos de Fuego azul como que son «metáforas e imágenes que repiquetean a lo largo del conjunto. Su lectura deja un sabor a canto en el espíritu».
       En una de las solapas del libro, el escritor guatemalteco Carlos Illescas expresa certeramente que «entiende al haiku profano, pero no desterrado del temblor religioso que el haiku mueve en lo que yo llevo (podría llevar) de Basho, Hyakuchi, Apollinaire, José Juan Tablada, Alfonso Orantes y otros argonautas de lo exquisito, y Carlos López, dispuesto, también, a reducir el tiempo de la poesía al instante eterno del haiku».
 


Viñeta

   Jay Miskowiec

Founder and director of one of Mexico’s leading publishers, Editorial Praxis, Carlos López is a Guatemalan poet who has experimented in a variety of forms. Fuego Azul is a collection of poems in the style of haiku. Here the images and metaphors echo and linger in the senses, arousing the emotions and suggesting spiritual insights.

 


Viñeta

Luis María Sobrón 

Sus haiku me han llevado a entender que la poética, en su economicidad espiritual, semántica y lingüística, es lo suficientemente importante como para expresar el ideario y los itinerarios de un poeta. Sus haiku responden a ese pensamiento con el que Carlos Illescas abre su comentario sobre su obra y, evidentemente, diría como usted que «La arboleda abre/ alas de eternidad,/ irrumpe el trueno». O cuando, en una profundidad metafísica e inacabada, por todo lo que esas tres líneas suponen, manifiesta: «Larva tu sexo/ mariposa dorada:/ Dios aletea». Es evidente que el manejo que se tiene sobre este género es muy interesante y lo aplaudo con toda sinceridad. 
 


Viñeta

 Pío Eduardo Sotomayor Castañeda

De inmediato transcribí el libro y lo mandé por internet a muchos compañeros locales y foráneos; es lo mínimo de difusión que merece este libro, que es una joya editorial. Creo que Fuego azul es imprescindible para todo poeta-escritor y más por haber logrado esa calidad ajustándose a las reglas tradicionales del haiku.
 


Viñeta

Pío Eduardo Sotomayor Castañeda

Presentación de Fuego azul, VI Encuentro de Escritores Juan Rulfo, Uriangato, Guanajuato, 2 de oct., 2005

 

Fuego azul. Carlos López, argonauta de lo exquisito*

                                                                     Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento.
                                                                                                                                                                          Matsuo Basho

 

Fuego azul es el título que lleva esta pequeña obra por sus dimensiones físicas, pero grande por su mensaje y fuerza espiritual, así como la gran riqueza idiomática que sólo alguien como el maestro guatemalteco Carlos López podría haber hecho. Pues como leímos en su currículum, es un profundo conocedor y estudioso de nuestra lengua y tenemos la fortuna de contar con él como catedrático en la máxima casa de estudios de México, la unam, desde hace casi 25 años.
        Carlos López divide su poemario de 85 haiku en tres secciones: «Es la oración», «El filo del deseo» y «Tiempo sin hora», que forman juntos, también, un haiku. Dice en sus haiku en«Es la oración» el maestro Carlos:

 

La luz oscura/ cierra la celestial/ quemazón diurna.

Alas de amor,/ paloma mensajera,/ la negra flor.

Cayendo el sol,/ brasa pura, le abraza/ mar-sol-edad.

 

        Y luego de leer estos versos, ustedes se preguntarán qué es un haiku. Un haiku es un poema breve de 17 sílabas, que suelen estar organizadas en 3 versos (5-7-5 sílabas, respectivamente). En el haiku abundan los sustantivos, es una forma poética predominantemente nominal, de expresión sencilla y concisa. El término haiku es, relativamente, reciente, pues el primero en emplearlo fue el maestro Masaoka Shiki en el s. XIX.
        Este tipo de poema suele tratar de la naturaleza, de la realidad que percibimos con todos nuestros sentidos. Es una poética del asombro ante lo que nos rodea, como cuando un pequeño niño se está preguntando y espera las respuestas de su entorno día a día.
        El haiku clásico japonés es una apreciación directa de un acontecimiento a menudo trivial, que llama la atención del poeta (haijín en japonés quiere decir persona que escribe haiku), el cual lo espiritualiza y lo eleva por encima de su pequeña trascendencia. La fuente de inspiración para el poeta puede ser un monte, un arroyo, la vegetación, etcétera.
        Otros haiku del maestro, ahora de la sección intitulada «El filo del deseo»:

 

En ráfaga huye,/ hacia la eternidad/ tu voz escapa.

Brincó la tierra;/ tembló ayer; juntamos/ nuestros ocasos.

Luz, ron, deseo,/ la canción enamora/ dos corazones.

 

 
       
Y de la sección «Tiempo sin hora»:

 

Junta, soluna,/ en la tierra y el mar,/ cósmico baile.

Sin matemática/ de pasos triples, dos/ quieren ser uno.

 

        En estos casos, el maestro Carlos nos regala muestras de momentos cumbres, es decir, un instante que eleva a su autor, y luego, al respectivo lector, a una altura de sentimientos que se desencadenan en todos y cada uno de los seres humanos, y por eso se puede ser partícipe de estar como en las nubes, o incluso, en el desconocido más allá.


Breve itinerario histórico del haiku

                                         No sigan las huellas de los antiguos, busquen lo que ello buscaron.
                                                                                                                            Matsuo Basho

 

Por allá en el lejano Japón, en el siglo XVII, nace un insigne personaje nombrado por sus discípulos Matsuo Basho, que no era su apellido verdadero, pero a él le gustó que lo llamaran así, pues su choza estaba a un lado de un bananero y eso es lo que significa Basho. Este hombre tiene el mérito histórico de haber elevado a rango de arte al haiku, rescatándolo del estancamiento de puro divertimento en el que se encontraba sumido. Basho nace en el seno de una familia de guerreros samurais. Su crianza fue al lado de un noble rico de la familia Todo, quien recibía instrucción de discípulo de Teitoku, viejo maestro del tanka (composición poética de 5-7-5-7-7, de donde surgieron los primeros intentos de hacer haiku), maestro en literatura china y japonesa de quien heredó el gusto por escribir haiku.
        Al fallecer su amigo a los 25 años de edad, se convierte en monje budista y se compenetra con la religiosidad del zen, al lado de su maestro espiritual Buccho. Su condición de monje le da las herramientas para alcanzar alturas insospechadas en sus pequeñas grandes obras. Un ejemplo es su haiku, por antonomasia, escrito en 1686, a los 40 años de edad:

 

Un viejo estanque;/ se zambulle una rana:/ ruido del agua.

 

        El maestro Carlos López vuelve a decirnos:

 

Respira el mar/ lunas, soles, cometas;/ devuelve perlas.

 

        Este otro:

         Alas de amor,/ paloma mensajera,/ la negra flor.

         En el Japón ocupan un lugar muy especial en este género de poesía los llamados 4 grandes: Matsuo Basho, Yosa Buson, Kobayashi Issa y Masaoka Shiki.
        Gracias a la vida humilde que llevaban Basho y sus seguidores, y a la vida sencilla y modesta del maestro Carlos López, se pueden lograr estos pequeños grandes poemas.
        Para no alargar esta perorata, diré nada más que en occidente, y en especial en nuestro idioma, fue el maestro José Juan Tablada quien incursionó en este tipo de poesía a principios del s. XX, mientras se nos venía encima nuestra revolución.
        Otros buenos haijines en español han sido Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Mario Benedetti, Javier Solaguren, etcétera. Éstos son los nombres de poetas que nos son familiares, pero existieron y existen otros nombres no tan conocidos, pero que dejaron y están dejando muestras de momentos cumbres en el haiku.
        Puedo decir que el gran mérito del maestro Carlos López es haber logrado haiku de mucha calidad, ajustándose a pie juntillas a la métrica 5-7-5, cosa que es muy, muy, difícil de lograr.


*Está frase quedará indeleble en las letras latinoamericanas y las pronunció el también maestro guatemalteco Carlos Illescas en sus palabras introductorias a esta joya literaria y editorial.
 

 

 


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