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Pueblo quieto

( Maite Villalobos )

Pueblo quieto
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$80.00


Viñeta

 

Maite Villalobos (México, df, 19 de agosto, 1977) es licenciada en filosofía por la Universidad Panamericana. Publicó poesía y narrativa en diversas revistas. Es autora del poemario Sudario de un naufragio (2002). Obtuvo mención honorífica en el concurso de cuento largo Xicóatl, de Austria. Pertenece al taller de poesía de Saúl Ibargoyen desde 1996.

 


Viñeta

 

Mariluz Suárez

El poemario Pueblo Quieto, de Maite Villalobos, es sorprendente tomando en cuenta el trabajo de una autora muy joven en el momento de la elaboración de estos textos. La voz poética comienza por evocar con palabras simples y concisas una vida cotidiana ya pasada. Versos solemnes rivalizan con imágenes agradables construyendo la expresión poética de los cambios de tono. En general, encuentro en este libro un intenso valor afectivo, una  sonoridad melancólica y una sinceridad discreta con valor de testimonio.

Entre los recursos elegidos por la autora hay uno que me gustaría destacar, pues me parece muy interesante. De manera acertada e intuitiva, va frenando la información, obligando al lector a detenerse en la lectura. Doy un ejemplo: en la página 23, el poema «Sereno» termina así: «cáscara de toronjil deshidratada que desprende los brillos de tus labios nocturnos ». Aparte de la aliteración de toronjil deshidratada desprende de tus labios, hay un pausado alargamiento de la frase que se prolonga como una evocación o ensoñación íntima. La invención de palabras no puede pasarse por alto, así como otro acierto: la utilización de palabras simples, comunes y corrientes, de todos los días, que cobran valor y prestigio a través de la sintaxis, del ritmo cadencioso, del acento en la sílaba precisa y la repetición. Un ejemplo de esto sería la página 18, el poema «Pasillos»: «Ayer volví del mercado/ con una canasta llena/ de ramos de manzanilla./ Te vi, Pedro, perdido en el pasillo de barro frío/ con tus pies descalzos./ Nos reconocimos/ mientras/ rugían los pulmones /del mar alto./ Llovió toda la tarde,/ toda la tarde./ De noche fui/ por la manzanilla/ para calmar la resaca/ de beberte tanto,/ para llenarme de agua/ con sabor a tierra./ Y encontré,/ bajo la bocinatoria,/ un para de ramos nadando/ entre al aguas del monte:/ El pasto bebía olas de té/ para curar la resaca/ de aquella tarde».

El recorrido que he elegido hacer por este poemario es el de sustantivos y adjetivos que llevan al lector a un mundo real, difícil, definitivamente no deseado. Cito algunas de las imágenes que he seleccionado: «Cuerpo nudoso», «durazno seco», «escoba ensangrentada», «grietas negras», «milpas secas», «agua amarga», «quelites lastimosos», «cara amarilla», «sangre dulce», «voz oscura», «entrecejo hundido», «beso congelado», «nuca exhausta», «piel ceniza», «vieja grandota», «sabores tristes». Siguiendo este mismo tono, «mujer vacía», retoma el adjetivo cambiando a «restos vacíos», que posteriormente serán «ojos vacíos»; las «manos secas» después serán «manos huecas» y las «entrañas ocultas» unas páginas más adelante son «entrañas carcomidas». Curiosamente, el único ejemplo que encontré de epíteto, cuya característica es acentuar su carácter de modificador del sustantivo, es «flacos huesos», por lo que la flacura es conducida a su máxima expresión; intuyo que «huesos flacos» debilitaría la sonoridad y el ritmo.

Para concluir quisiera hacer mención de «grano vivo de maíz azul» que hacia el final del poemario se menciona como «maíz seco», por ser éste uno de mis temas favoritos. Entre los pueblos mesoamericanos, el maíz no sólo era algo que llevarse a la boca; el ciclo vital de este grano estaba ligado a la vida de estas sociedades. Las deidades, las fiestas, los topónimos, los rituales adivinatorios, las creencias y prácticas religiosas, el pensamiento, el conocimiento, los estilos de vida, las bebidas e instrumentos asociados con este grano iban de la mano buscando la buena marcha del mundo. Curiosamente, el maíz azul, según la nutribiótica, si existe la palabra, es el grano del cual parten los otros, como el blanco o el amarillo, por ejemplo, y se considera al maíz azul el abuelo de todos los maíces del mundo. Siguiendo con esta temática, hay un gusto en este libro por una tradición muy mexicana que sirve como telón de fondo al poemario y se manifiesta a través de todos los sentidos, de los términos locales «petate», «zaguán», «huarache», «elote», «mecate», «quelites», enriqueciendo las imágenes con la gama de colores que utiliza. No he hecho mención del agua, ni de los diversos personajes, ni de la muerte que se presenta como ley universal y como promesa de nuevas vidas. Muchos otros temas quedan en el tintero, serán ustedes, ávidos lectores, quienes irán descubriéndolos en la lectura. No me queda más que felicitar a la autora por invitarnos a recorrer este atractivo pueblo quieto, donde nace el agua.

 

 


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