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Música de las piedras

( Margarito Cuéllar )

Música de las piedras
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Viñeta

 

En Ciudad del Maíz, San Luis Potosí, viví hasta los ocho años. Hijo de campesinos, enfilé con mi familia a Tamaulipas y de ahí a Nuevo León. Llegué a Monterrey en 1973, cuando se podía caminar de madrugada por la ciudad  sin temor a una bala loca. En esta ciudad hice mis estudios de periodismo y una maestría en artes en la Universidad Autónoma de Nuevo León, y se publicó mi primer poemario: Que el mar abra sus puertas para que entren los pájaros (1982), al que siguieron Hoy no es ayer (1983), Batallas y naufragios (1985) y Tambores para empezar la fiesta (1992). Luego vio la luz un libro de cuentos, Los riesgos del placer (2002), y siguió la mata de la poesía dando: Plegaria de los ciegos caminantes  (2000), Cuaderno para celebrar (2000), Estas calles de abril/Saga del inmigrante (2008), Pata de perro (2011) y Animalario (2012). Entre los viajes, el trabajo editorial, la docencia y el periodismo, la poesía y la vida van aquí.


 


Viñeta

 

Nada más íntimo y más abierto que estos poemas que nos llevan desde la casi inefable belleza del juego de los niños moldeando el barro como dioses a su antojo hasta las voces de los poetas que, virgilios distantes, próximos, presentes, acompañan al poeta en su recorrido de giro solar.

Armando Romero

 

Una poesía entre el ayer y el hoy, desde el ayer al hoy, de aquello que fue un tiempo, pero quiere seguir siendo y que el poeta busca fijar verbalmente en la página como una estaca en la tierra.

Marco Antonio Campos

 

Una voz de México por el mundo y la de un solitario por el desierto. Enfrentado a esos grandes amontonadores de piedras para construir, el poeta ha tenido el coraje de cantar en el desierto de las ciudades del mundo y es como si nadie le hubiera oído, como a todos nos pasa. Pero el desierto escuchó.

Jotamario Arbeláez

 

Margarito Cuéllar bautiza con su poesía la patria profunda que lleva en sus exilios desde la infancia hasta los territorios ignotos de los mundos que crea en cada mirada actual. Su poesía se diferencia de otras porque revela de manera llana la complejidad del entramado universal.

Carlos López


Viñeta

 

POESÍA ES LA VERDADERA PIEDRA IMÁN

Carlos Santibáñez Andonegui

 

La poesía de Margarito Cuéllar es el ejemplo que pongo para evidenciar la ignorancia de la gente que no sabe a qué saben los caminos de la poesía contemporánea en México: «Piedra + piedra, mi cuarzo y yo por los desiertos/ donde la vida se llama Nada./ Cruzamos la Ciudad de los Libros, “tesoro de los Remedios/ del Alma”./ Escribo en la hoja infinita de las dunas: “Las piedras no son/ poetas”;/ mayakovskianamente: “La poesía debe gritarse”./ Mi piedra y yo: monolitos de luz, lumbre sonora». La poesía es el sueño que traté de hacer realidad en mi poema sobre la Verdadera Piedra Imán. Con humildad la dedicaré, Margarito, a tu poesía, porque es un mentís a quienes creen que no se puede hacer si no se rima, si no se lleva cual cartabón determinada forma poética, pero también un mentís —¡qué excelencia!— a quienes creen lo contrario, que la poesía admite cualquier tipo de barbaridades y la crítica toda clase de explicaciones extrapoéticas. ¡Qué lección para un condecorado de lujo a quien debía yo imponer, tergiversando un verso robado a Cuéllar, el título de «medalla de oro en reseñas de un rato», y que exclamara entre todas sus medallas de oro: ¡no hay un solo poeta en México que valga la pena después de Octavio Paz! No lo habrá para él, si no se apresura a ponerse al corriente en poesía y entiende de que todavía está a tiempo de leer con atención la poesía de Margarito Cuéllar: Música de las piedras (poesía reunida, 1982-2012).

El poeta por lo regular es visionario en sus mejores momentos (porque nadie lo es en todos, ese es otro mito, a menos que se quiera clonar al Dante o Calderón de la Barca); no obstante, Margarito ha trabajado una categoría poética denominada «valor de impregnación», consistente en extender la belleza por su fuerza expansiva como lo hace la llamada poesía expansiva de nuestro tiempo, pero también difundirla a modo de sfumato a los confines propios del poema de suerte que hace difícil citarle, a riesgo de inferirle una fragmentación («su camisa, prolongación del día»). Por tanto, a su poesía recae un solo adjetivo: inobjetable. Dice Eliseo Diego: «Afuera está el escándalo del sol», y Margarito Cuéllar lo toma de epígrafe, mas al tener el libro entre mis manos, comprendo que el escándalo del sol está también adentro: se me ha venido encima el color rojo. Se me ha venido encima el color verde. Poeta es aquel que ordena, de nueva cuenta, la realidad: «Cuando alguien es feliz todos quieren un pedazo./ Es tanta mi felicidad/ que pienso invertirla a plazos o venderla en frasquitos… la felicidad no cabe en una casa de empeño,/ ni en la caja de seguridad de un banco,/ ni en el tono de la tarde anaranjada./ Sócrates da un mordisco a mi felicidad;/ mi felicidad no es asunto tuyo, ladro,/ y se va moviendo la cola con un gesto feroz».

Esperaría otras tres décadas para andarlas contigo en la ciudad que quieras, Margarito: «Para querer a una ciudad faltan zapatos». Eso es caminata, ironía: «Atropellaron al poema/ y aunque el verso/ temblaba todavía/ dejó de respirar», dice en el poema que intitula a la manera de ficha bibliográfica: «Poesía contemporánea (antología de la)». Y yo tomo esa ficha y la bajo. Y Margarito entonces, vuelve a ser aquel profundo joven de año 1986 cuando nos presentamos en Morelia, a leer nuestros textos del colectivo Recorrer las Ciudades. En sus páginas, la generosidad de nuestra máxima casa de estudios y el acierto de Marco Antonio Campos como editor, nos hizo aparecer de un solo golpe, como acto de magia en un sombrero, a Neftalí Coria, Javier Audirac, Margarito Cuéllar y el de la voz. ¡Ah, Margarito, parece que es a mí a quien escribes de los recuerdos: «Desrecuérdalos, atígralos y jáulalos… despójalos de su inoportuna melancolía./ Como las costras,/ nada de su exterior vale la pena». No apartaron a Cuéllar de la literatura los gritos del dolor cotidiano, y poco a poco tejió, urdió, realizó lo que deseábamos todos: trascender en poesía, plasmarse; por ello su triunfo es fruto incluyente, fruta que convida a saborear la verdad para nosotros más codiciada: la verdad poética. Su libre trato de tú con la poesía ha sido motivo de loa, enlace generacional y el día de hoy alegría total.

Si leer es integrarse al mundo entero, leer a un poeta amigo con el que arrancamos juntos es alcanzarle en el enclave en que Machado dijera: «todavía yo alcanzaré mi juventud un día». Ir por uno mismo a la pileta en donde se dejó olvidado, entender que en el fondo hay jardín, al fondo de la condición humana hay un jardín de donde sale el poema dedicado a la maestra Enriqueta Ochoa, hoy ya en la eternidad: «…la flor de durazno/ alcanza la belleza de los que se van». Qué a tiempo en sus «Tambores para empezar la fiesta», Cuéllar hace sonar el de Enriqueta: «Pido un minuto de sesenta siglos/ para conmemorar la fiesta del sentido».

Qué a tiempo estamos nosotros para tocar con Margarito sus Tambores para empezar la fiesta, y celebrar con él porque hay un Dios que «prolonga con su lluvia la mañana/ y hace girar mi voz/ entre las aspas de los vivos».

Sólo el poeta dirá: «¿Qué quiere el día/ con su aleteo de vidrio?». Lo sabrá al nacer el hijo; y lo dirá en México, en el país del todo o nada, donde el engaño sobre el engaño de la realidad tal cual es alter ego del poema sobre el poema, de la realidad virtual. Lo dirá de este modo: «Su herencia es la ciudad/ de hombres muriendo,/ este país de abandonados,/ la piedra de los que no se rinden». Y escribirá su Música de las piedras.

A ese hijo que al ver la luz canta: «Podría nombrarte, sombra, hoja en el alba, corazón delator…», declara que corra, que amanezca azorado, «que ame de la flor su calidad de pasajera,/ encienda el cuerpo minado de su destino,/ vaya contra la muerte/ y anochezca, por Dios, un día de tantos».

Este país que para algunos es Casi el paraíso, ha sido sepultura de tantos como Alejandro Montalvo, a quien el vate sentencia: «El país que esperabas no aparece,/ los periódicos dicen que/ el cuchillo era amargo,/ que entraste al ataúd/ con la cabeza llena de imposibles». No se ha explicado, por supuesto que no. No lo explica el chiste de Quesada de que faltaba ponerle a los mexicanos, y que tanto engríe a los millonarios. Eso es aún más cruel. Qué bien sabes tú, Cuéllar, con tu poesía de catedral en llamas, que es en este país donde se puede decir: «mis ojos me engañan o la mentira habla/ en boca del cronista». Pero en tu alma, poeta, «crece un cactus», por eso miras de tal modo las palabras y las cosas, toda vez que «al que espera, la mirada se le afila», y mirada y oído se conjugan cuando repones: «La torre de la iglesia me recuerda/ una conversación con Dios».

«En el país para el que no existimos», cuéntanos de tus Días de rabia blanca, en el «jardín que no tenemos», nárranos la historia del beso: «soy un poco saliva, un poco dientes», y aunque nos duela el aire, Margarito: empezamos después de esta canción, tú nos das la tercera llamada y empezamos, sí, porque «uno puede caer en tentación/ y seguir rebotando entre las piedras». Como tú, cada uno de nosotros mexicanos podría decir: «casi olvido el tambor/ en el que a veces llega la esperanza», o ser, como la tortuga de tus Animalemas, «condenada a cargar sobre sus lomos la piedra de la existencia».

En abono a la idea de Música de las piedras, que sirve al autor de título para este libro de poesía reunida, hemos de apuntar su título previo: La poesía se compone de piedras y gusanos, justo en el colectivo Recorrer las ciudades que sacó con nosotros en Punto de Partida de la unam. También, vale invocar en el circuito de comunicación lingüística que la poesía comporta la valentía de un William Carlos Williams cuando encargara a la poesía: «Por la metáfora reconciliar gente y piedras», la personificación en Charles Simic de que «la piedra canta despacio donde los pescados se reconocen y escuchan, y la clara textura definitiva de eternidad» que halla en la piedra Orides Fontela (los dos últimos citados como epígrafes por Cuéllar). Y desde luego, geografía, lugar del valle potosino en cuyo cerro «las casas son piedras lavadas», en cuyo seno: «Cantaremos al sol:/ piedra inmóvil en llamas», o geografía en lugar llamado Nacataz, en lengua nativa «río que corre entre piedras». Piedras lumbre en cuyo destello es la voz del poeta quien se reconoce. Rayo de luz que va de la piedra a la palabra que como expresa en un prólogo Armando Romero: «Logra un nombrar y un crear incesante, continuo», toda vez que, citando a Margarito: «Nombro la noche, cae la piedra,/ nombro la piedra, se dibuja el sol./ Nombro el sol, apareces./ Te nombro, nace la palabra».

 


Viñeta

Margarito Cuéllar: Música de las piedras

Juan Antonio Rosado

 

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,

si es que llegáis a viejos,

si es que entonces quedó alguna piedra.

 

Joaquín Pasos

 

Afirma Alfonso Reyes que «los poetas no tienen derecho a la modestia: la canción es siempre ostentación y hasta participa del desafío». Es verdad sobre todo si pensamos en la poesía lírica, con fuertes injerencias del yo, de una percepción preponderantemente subjetiva. Al reunir su obra, todo poeta debería realizar un ensayo de autocrítica y reflexionar sobre el lugar y papel que, a lo largo del tiempo (y siempre a partir de sí), han ostentado sus versos. Justo es lo que hace Margarito Cuéllar en Música de las piedras. Tras el breve recuento de una formación que implica las andanzas por ese «mar de adioses» y «plantío de encuentros fortuitos y amistades» que es la vida, entramos en la «Ronda del fugitivo», que se inicia con la búsqueda de un isbn y con la preparación para una biopsia, que sacude e invita: «Desde el Usumacinta de mis venas/ una parte de mí es agua».

  La poesía de Cuéllar es a veces lúdica y antisolemne por las extrañas presencias que interactúan; es intensa por su ritmo, cadencias vertiginosas, múltiples recursos, pero en particular por la autenticidad con que trata ciertos temas: «Qué es el amor si no fiebre barata, una carta marcada por la prisa, una sombra que pasa sin camisa, sin horas, sin razón y sin corbata» o «El odio te mantiene siempre en forma. Practícalo con fe, hazlo tu norma». El guiño irónico es casi una constante, mas hay otra a menudo invisible: la piedra. Una vez fue arrojada por la poesía para «hacer temblar cuchillos»; otra fue lanzada por los enemigos del yo lírico, y con ellas éste construyó la casa donde vive como rey; en una ocasión, las piedras hablan y ¿ahuyentan a la Señora Poesía? Como quiera que sea, la respetable solidez de la piedra y el flujo suave, sonoro, cambiante de la música se conjugan en este intenso libro. Una de las últimas partes nos viene de un pasado remoto: «La poesía se compone de piedras y gusanos». ¿Qué es el verso sino un gusano que camina con alma lenta, pausada?

  La escisión del yo que produce la enfermedad, la misma poesía («loba chillona»), donde encontramos a «rimbaudveloz», «apollinagua» y «mallarluz»; la vida citadina, cotidiana; el país fragmentado, la lectura, el arte, Dios y sus contradicciones, los animales, la envidia, el tiempo, la infancia, la familia, los muchos homenajes a poetas vivos y muertos... son sólo algunos de los diversos temas en que la mirada poética ―con variados ánimos y tonos― se inserta para hacerlos palpitar, morir o resucitar entre los versos.

  Por ser compilación de libros, la riqueza de este voluminoso poemario es inabarcable en una breve nota cuyo único fin es dar cuenta de esta sonora y dinámica música de las piedras.

 

La Cultura en México, revista Siempre!, núm. 3159, México, 29 de diciembre, 2013, p. 75

 


 


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