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Los poemas de la poesía, t. I, A-C

( Carlos López )

Los poemas de la poesía, t. I, A-C
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$280.00


Viñeta

Gloria Vergara

cuarta de forros de Los poemas de la poesía, t.I

Los poemas de la poesía es una alforja que estalla, un abrevadero en donde el lector insaciable encontrará diversos tonos, tiempos, ritmos que se fueron recogiendo como semillas. El deseo, los miedos, la esperanza, todo se revela en esta doble alquimia, pues el antologador, Carlos López, deja en el prisma de su lectura la visión de la palabra trastocada, vuelta al origen, en un proceso de combustión de la verdad. A su eco llegan los poetas sin más reverencia que el canto, porque su canto son ellos mismos: Anna Ajmátova, Humberto Ak’abal, Ayocuan, Rubén Bonifaz Nuño, Jorge Luis Borges, Constantino Cavafis, João Cabral de Melo Neto, sor Juana Inés de la Cruz. Estas voces marcan el entramado de muchas más que se levantan en el espacio del poema para preguntarse por la tarea poética, por la esencia de la poesía. Por ello, más que respuestas, el lector encontrará a ciento las preguntas en este juego de espejos.
 


Viñeta

Pedro Zamora Briseño

Proceso, 1314, México, 6 ene, 2002, p. 69

 

Más de 500 poemas en una compilación de Carlos López

Hace siete años, el escritor y editor Carlos López emprendió una tarea que —se muestra convencido ahora— podría ocuparle toda la vida: recopilar los poemas que han escrito en torno al acto de creación poética.
        Y como fruto inicial de su trabajo apareció ya el primer tomo de la obra Los poemas de la poesía —coeditado por la Editorial Praxis, de la cual López es director, y la Universidad Iberoamericana—, donde incluye textos de 114 poetas de diversas generaciones, épocas y países.
        «Uno de los objetivos de este libro ha sido responder, por ambicioso que parezca, muchas de las preguntas acerca de la poesía con el mayor número de voces posibles —con seguridad, faltarán muchas, pues toda empresa humana es inacabable— a través de poemas, no de opiniones o poéticas en prosa; esto, con un afán contrario a la depredadora globalización de estos tiempos», escribió López en el prólogo.
        El primer tomo de Los poemas de la poesía, que incluye autores cuyo primer apellido inicia de la A a la C, fue presentado el 14 de diciembre anterior en las instalaciones del Archivo Histórico del Municipio de Colima.
        Ahí, el escritor Víctor Manuel Cárdenas, director de la revista Tierra Adentro, comentó que esta obra «será fundamental, un libro de cabecera para iniciarnos en el trabajo de la poesía».
        Después de haber realizado Los poemas de la poesía, Carlos López se manifiesta convencido de que «las preguntas sobre la poesía nunca van a tener contestación, porque ésta es inaprensible e indefinible; ninguno de los autores se pone de acuerdo, cada uno la concibe y la practica de distinta manera».
        En el primer tomo de la obra aparecen poetas mexicanos como Luis Miguel Aguilar, Rosario Castellanos, Alejandro Aura, Homero Aridjis, sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Bonifaz Nuño, Efraín Bartolomé, Marco Antonio Campos y Francisco Cervantes; el español Gabriel Celaya; el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón; el egipcio Constantino Cavafis; la rusa Anna Ajmátova; el japonés Taniguchi Buson; el francés Charles Baudelaire; el nicaragüense Ernesto Cardenal; el argentino Jorge Luis Borges; la uruguaya Selva Casal; el brasileño Augusto de Campos, y portugués Fernando Assis Pacheco, entre otros.
        En entrevista, comenta: «Me gustaría que los lectores que se acerquen al libro, encuentren algo que les sirva, sobre todo porque es una antología que no ha sido egoísta, que tiene la generosidad de ser amplia y es más una muestra que una antología.
        «No ha sido por falta de rigor selectivo —añade—, sino más bien por la idea de la generosidad. Sé que estoy arriesgando mucho, porque igual he incluido un poema de un autor de 20 años, que de uno de 80. No me interesa el escritor consagrado, sino el criterio estético, el valor del trabajo».
        Uno de los comentarios más significativos para Carlos López fue el del escritor Augusto Monterroso, quien me llamó por teléfono sólo para felicitarme, muy emocionado por la publicación de este tomo y opinó que es «una maravilla, un trabajo muy digno».
        Vía fax, el poeta Saúl Ibargoyen manifestó a López: «La riqueza del trabajo están en la diversidad de voces más allá de los tiempos históricos, las culturas, las lenguas y las generaciones», mientras que en un mensaje por correo electrónico el narrador Severino Salazar le dijo: «He estado disfrutando cada poema. Me parece un proyecto bastante erudito, original y hermoso».
        Sin embargo, pese a la recepción que ha tenido este libro, el compilador se enfrenta en estos momentos al difícil reto de publicar los cuatro volúmenes restantes que conforman la obra completa, para los que no ha encontrado coeditor.
        «Lamentablemente, la situación económica hace muy difícil hallar gente e instituciones que tengan recursos para respaldar este tipo de proyectos, pero el trabajo ya está hecho y suceda lo que suceda, a más tardar en mayo tendrá que aparecer el segundo tomo, aunque sea únicamente bajo el sello de Praxis», dice Carlos López, quien se dice dispuesto a invertir el tiempo necesario en la publicación de los demás tomos.
        Originalmente la compilación, de alrededor de 500 poemas —uno por autor—, estaba contemplada para ser editada en cuatro tomos, pero en los últimos meses creció a más de 575, por lo que López decidió programar un volumen más.
        A finales de noviembre, ante estudiantes de la Universidad Iberoamericana, la escritora Mariángeles Comesaña comentó: «Este libro es un acto poético más, un refugio para las horas de adversidad, una mina que resguarda el tesoro de lo que estuvo disperso en cientos de poemarios y que hoy se encuentran en este recipiente».
        A su vez, la escritora Gloria Vergara define  a Los poemas de la poesía como«una alforja que estalla, un abrevadero donde el lector insaciable encontrará diversos tonos, tiempos, ritmos que se fueron recogiendo como semillas», además de que estas voces «marcan el entramado de muchas más que se levantan en el espacio del poema para preguntarse por la tarea poética, por la esencia de la poesía».
        Originario de Guatemala, donde nació en 1954, Carlos López reside desde hace 21 años en el Distrito Federal. Es autor, entre otras obras, del Diccionario biobliográfico de literatos guatemaltecos y de los poemarios Fuego azul y Bellotas de agua.
        Fundada por López hace dos décadas —las cumplió el 20 de octubre pasado—, la Editorial Praxis ha publicado en ese periodo alrededor de 400 títulos de textos literarios, 75% de poesía y de estos últimos, dos terceras partes corresponden a autores de los estados.

 


Viñeta

Anónimo

Magna Terra, 13, Guatemala, ene-feb, 2002, p. 55

Este hermosísimo libro de Carlos López Barrios es una alforja que estalla, un abrevadero donde el lector insaciable encontrará diversos tonos, tiempos, ritmos que se fueron recogiendo como semillas. Gloria Vergara dice de este libro: «Carlos López deja en el prisma de su lectura la visión de la palabra trastocada, vuelta al origen, en un proceso de combustión de la verdad». El libro es fruto de un extenso trabajo realizado por el guatemalteco en la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Iberoamericana que, en este caso, es coeditora del primer volumen que recoge poemas de Ajmátova, Eugénio de Andrade, Homero Aridjis, Artaud, Baudelaire, Borges, Bonifaz Nuño, Brodsky, Broch, Breton, Margarita Carrera, Haroldo de Campos, Chumacero, Pablo Antonio Cuadra y Juana Inés de la Cruz, entre algunos de muchísimos poetas antologados.

 


Viñeta

Anónimo

Alforja, XXV, México, verano, 2003, p. 148-149 

El poeta y editor guatemalteco radicado en México, Carlos López, hace una muy necesaria e interesante recopilación de diversas voces de poetas declarando lo que para cada uno de ellos es la poesía, en poema y prosa. Esta obra es desde ya un muy importante volumen que todo lector interesado en la poesía debe tener para disfrutarlo en varias lecturas y relecturas. Por cierto, una de las fuentes que Carlos López consultó fue Alforja, núm. IV y V, dedicada a dicho tema, y le agradecemos que nos haya dado los créditos correspondientes, como hace todo buen investigador. ¡Y, estimado Carlos, con entusiasmo esperamos los siguientes tomos!
 


Viñeta

Juan Domingo Argüelles

El Universal, México, 10 feb, 2002, p. 3F

 

Carlos López y Los poemas de la poesía

Carlos López, escritor y editor guatemalteco, publicó recientemente el primero de cinco tomos de una antología a la que puso por título Los poemas de la poesía (México, Editorial Praxis/Universidad Iberoamericana, 2001). Este primer tomo de casi 300 páginas incluye a más de un centenar de poetas de diversas épocas y nacionalidades, distintos tonos y múltiples estéticas.
        Dice López que el propósito de este libro es «responder, por ambicioso que parezca, muchas de las preguntas acerca de la poesía con el mayor número de voces posibles, a través de poemas, no de opiniones o poéticas en prosa». En este primer tomo están lo mismo Vicente Aleixandre que Anna Ajmátova; lo mismo Emilio Ballagas que Manuel Bandeira; lo mismo Baudelaire que Borges; lo mismo Breton que Bukowski; lo mismo Cavafis que Sor Juana Inés de la Cruz.
        Y, entre los mexicanos, en estricto orden alfabético están, por ejemplo, Luis Miguel Aguilar, José Vicente Anaya, Homero Aridjis, Juan José Arreola, Alejandro Aura, Efraín Bartolomé, José Carlos Becerra, Alberto Blanco, Rubén Bonifaz Nuño, Raúl Cáceres Carenzo, Marco Antonio Campos, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Francisco Cervantes y Alí Chumacero.
        Es decir, este tomo abarca a autores cuyos apellidos comienzan con las primeras tres letras del alfabeto (incluido el dígrafo ch) y entre los textos seleccionados está, por ejemplo, éste muy rítmico y expresivo de Manuel del Cabral: «Agua tan pura que casi/ no se ve en el vaso de agua./ Del otro lado está el mundo./ De este lado, casi nada.../ Un agua pura, tan limpia/ que da trabajo mirarla». O este otro del venezolano Rafael Cadenas: «Si el poema no nace, pero es real tu vida,/ eres su encarnación./ Habitas/ en su sombra inconquistable./ Te acompaña/ diamante incumplido».
        En Los poemas de la poesía hay de todo y, siendo así, asume su arbitrariedad y subjetividad. Son los poemas que a Carlos López le gustan sobre este tema, y que quiere compartir con otros lectores, lo cual es explícito desde el epígrafe general tomado de San Juan: «Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos».

 

Viñeta

Víctor Manuel Cárdenas

presentación del libro en Colima, México, 14 dic, 2001

Los poemas de la poesía es un proyecto muy ambicioso, generoso para nosotros como lectores. Es una delicia desde el inicio, porque el prólogo que escribe Carlos López es realmente una introducción maravillosa a la poética, al trabajo del creador. La selección de los autores es una cosa que debemos reconocer al antologador, porque nos ofrece, nos regala prácticamente, sus mejores lecturas. Ahí nos podemos dar cuenta de que está muy atento a la poesía estadunidense, brasileña, colombiana (que yo agradezco muchísimo, porque a los cinco o seis autores colombianos que vienen en la antología no los conocía y son excelentes). El atractivo de este trabajo es el gusto plasmado en él. Esta obra será fundamental, un libro de cabecera para iniciarnos en el trabajo de la poesía. Es un magnífico libro.

 


Viñeta

Mariángeles Comesaña

texto de presentación del libro en la Universidad Iberoamericana, México, D.F.

Los poemas de la poesía es un regalo, un viaje, una manera de descubrir el mundo, es un silencio que nos llama por nuestro nombre, una locura que se escribe con la ternura del deseo, una canción que nos permite inventar nuestra música.
        Estoy segura que de este enorme esfuerzo tuyo por entregarnos un manjar de dioses habrá muchas disertaciones sesudas y brillantes. Yo no puedo más que decirte que tu libro se me cuela en los huesos como lluvia de transparencias; me lo bebo, entro en sus muros, en su gloria y amparo mis heridas.
        Cómo decirte que no es una sorpresa, cómo explicar que el hallazgo de esta colección de versos sobre la poesía me confirma tu razón, tu sensibilidad, la verdad de ese camino que elegiste desde adolescente, o quizá desde niño, entre los amaneceres de tu Guatemala querida, en el espacio de la lucha por los otros, en la fuerza de salir al desierto de la patada militar que te arrojó a las aguas del río por donde pasaste a México, tu segundo país, y empezaste a recopilar tu inventario de voces, de amigos, y a corazón partido caminaste por las calles de esta ciudad tan despiadada y abriste de tajo, con el machete del papel y la tinta, tu presencia forjada con la filigrana de los libros que has cuidado y publicado en tu Editorial Praxis.
        Cómo decirte que entre las líneas de este prólogo que tiende como manto la reflexión sobre el significado de la poesía, que nos lleva a la certeza de que en la poesía no importa el porqué ni el para qué, de que su utilidad no sirve en el mundo de las servidumbres, donde convocas las voces más entrañables y profundas: Juan Gelman, Wislawa Szymborska, Walt Whitman, Francisco de Assis, Octavio Paz, Cardoza y Aragón, José Gorostiza, Cervantes, entre otros, donde nos llevas a la esencia de la palabra símbolo que se desprende de las lenguas indígenas de Mesoamérica, y escuchamos la dulzura del canto de los tojolabales, de los k’iche’, de los mayas, y repasas con enorme rigor y sin ningún afán de lucimiento las voces de la literatura universal.
        Cómo decirte que entre las líneas de este prólogo te miro nuevamente en tu escritorio, cuidando cada letra, corrigiendo las galeras, las pruebas azules, muy noche, a altas horas de la madrugada, con tus gatos, al ritmo de la timidez y la humildad que te dotaron con su don, entre la música que deposita su encantamiento en el tiempo de tu vida.
        Ahí, siempre dispuesto a dar, generoso y auténtico como un guerrero que no olvida la esencia de por qué está en el mundo, nos permites entrar en el paisaje de tantos siglos que se encuentran, que coinciden, que confirman, como un coro de voces armoniosas, la importancia de la palabra en la vida de los hombres, la poesía como el arma cargada de futuro que Gabriel Celaya nos dio en un instante de su vida y que hoy el mundo, estremecido por el horror de la guerra, pide a gritos para luchar por la existencia.
        Este libro es un acto poético más, un refugio para las horas de la adversidad, una mina que resguarda el tesoro de lo que estuvo disperso en cientos de poemarios y que hoy se encuentran en este recipiente que dispusiste para todos.
        Gracias, Carlos López, por tu descubrimiento, gracias por hilar fino en el sentido de la palabra poética, por dejarnos mirar, desde el balcón vacío de este tiempo que nos horroriza, el paisaje del hombre con mayúscula, su lugar verdadero sobre la tierra.
 


Viñeta

Saúl Ibargoyen

La riqueza del trabajo está en la diversidad de voces, más allá de los tiempos históricos, las culturas, las lenguas y las generaciones. Pienso que no se debe hablar de antología sino de una muestra. Esto permite asentar, cuando no justificar, una flexibilidad de criterio antes que un apretado rigor selectivo. Es decir, la muestra va más allá de la temática elegida, y esto importa ya de por sí. Me pareció un muy buen trabajo, en verdad, apoyado en el criterio de no fragmentar textos.

 


Viñeta

Octavio Jiménez

texto de la presentación en Tepeji del Río, 1 mar, 2003, Mamaye-Tepexic

 

El embajador de embajadores del mundo mudo

El poeta se adueña de poderes escondidos del hombre y establece contacto con aquel o aquellos que están más allá.
                                                                                                                      José Gorostiza

«Detrás de la hoja en blanco/ hay un campo de algodón en flor./ El que tapizca la bellota recibe baños de ddt del cielo,/ el que escribe se da sus baños de pureza;/ aquél es nombrado jornalero,/ éste se autodenomina poeta». Estas líneas son un fragmento del poema titulado «Oficios incompartidos» del poeta Carlos López, quien nació en Pajapita, San Marcos, Guatemala, a mediados del siglo pasado, y se tituló en un sinfín de cosas referentes a la literatura y las leyes en diferentes centros del saber nacional y quien, además, es director-propietario de la Editorial Praxis desde 1981, aunque se oiga un poco lejano en el tiempo.
        El poeta y editor, que en la página del ciberespacio aparece en la galería de personalidades, nos presenta en esta ocasión su compilación titulada Los poemas de la poesía de la editorial que él preside, material que empezó a circular a mediados de 2002. Carlos concedió en ese entonces una entrevista al periodista José David Cano del diario El Financiero. Al preguntarle sobre el objetivo de esta compilación, el autor respondió: «Al tratar de encontrar una respuesta a la duda qué es la poesía, en lugar de obtener una contestación, las preguntas se multiplicaron. Así, lo que llamamos poesía es un entramado difícil de esclarecer. Pero quizás la poesía no quiera aclararse a sí misma o tal vez ahí quepan todas las revelaciones». En efecto, al leer los 114 poemas de los diferentes escritores compilados en este primer volumen de la a a la c, nos podemos percatar, de inmediato, que todos versan sobre la poesía y el arte de escribir, en un concentrado que nos lleva desde poemas de las más recónditas fechas y autores hasta la suntuosidad de los romances de sor Juana Inés de la Cruz, sin pasar por alto a poetas de la talla de Humberto Ak’abal, Alberto Blanco, Jorge Luis Borges y Rosario Castellanos, entre otros. Cuando tuve en mis manos este libro, lo primero que busqué en sus páginas fue alguna selección de poemas aztecas y para mi buena fortuna encontré «Uno a uno voy reuniendo tus cantos» (anónimo de Anáhuac), «Diálogo de la poesía: flor y canto» (Ayocuan et al.) y «Las flores y los cantos» (Ayocuan Cuetzpaltzin).
        El título de la presentación de la obra del maestro López, «El embajador de embajadores del mundo mudo», lo tomé de un párrafo de la introducción de Los poemas de la poesía, «Poesía, poemas, poetas», en donde a la pregunta qué es la poesía, responde: «La poesía es un objetivo para sacudir a los otros, la esperanza de trascender, una patria inusitada, el arrojo del alma, una posibilidad de salvarse o hundirse, un sendero para redescubrir el mundo, la reivindicación del espíritu, una tregua, un testimonio, un compromiso, la entrega, el autoconocimiento; un descender hacia lo prohibido, un milagro, un mensaje inédito que se transmite en el silencio —‘los poetas son los embajadores del mundo mudo’: Francis Ponge—. Pero Carlos no es sólo un poeta, es un difusor de la poesía y los poetas, un representante del «único sabio verdadero». 114 voces que gritan su mundo, 114 voces que se definen en versos y prosas, 114 alquimistas de la literatura, voces que no se apagan, que yacen en la tinta y reviven en cada lectura, sin país ni raza, concentrados en un mismo silogismo, Los poemas de la poesía.

 


Viñeta

  Luis Montes de Oca

Noticias, Querétaro, 30 sep, 2001, p. 7-A

 

Los poemas de la poesía,compilación del editor guatemalteco Carlos López

El escritor, editor y poeta guatemalteco Carlos López dio a conocer la primera parte de su compilación Los poemas de la poesía, en su tomo de la A-C, publicado bajo el sello de Editorial Praxis y con una presentación de Gloria Vergara.
        Como el mismo López Barrios indica en su dedicatoria, este trabajo también contó, o cuenta, con la mano de la gran y joven poeta María Cruz, a quien dice Carlos: «coautora de esta recopilación, prueba concreta de la poesía, por la bendición de su vida».
        Carlos López indica en este muy interesante libro que «las antologías, generalmente, son producto de la arbitrariedad, dado que se rigen por las preferencias, siempre subjetivas, del antologador. En este caso —explica—, de acuerdo con la raíz de la palabra antología, cuyos conceptos griegos son anthos, «flor», y legein, «recoger», por lo que —asevera— ha tratado de recoger las flores de la poesía, es decir, los poemas».
        Gloria Vergara nos indica en la cuarta de forros de este bello libro de más de 280 páginas, compuesto en Times New Roman de 24, 12, 10 y 8, puntos, impreso sobre ahuesado, que «Los poemas de la poesía es una alforja que estalla, un abrevadero en donde el lector insaciable encontrará diversos tonos, tiempos, ritmos que se fueron recogiendo como semillas. El deseo, los miedos, la esperanza».
        «Carlos López —indica Gloria Vergara— deja en el prisma de su lectura la visión de la palabra trastocada, vuelta al origen, en un proceso de combustión de la verdad. A su eco —dice— llegan los poetas sin más reverencia que el canto, porque su canto son ellos mismos: Anna Ajmátova, Humberto Ak’abal, Ayocuan, Rubén Bonifaz Nuño, Jorge Luis Borges, Constantino Cavafis, Joao Cabral de Melo Neto, sor Juana Inés de la Cruz».
        «Voces —nos dice Gloria Vergara— que marcan el entramado de muchas más que se levantan en el espacio del poema para preguntarse por la tarea poética. Por ello —concluye—, más que respuestas, el lector encontrará a ciento las preguntas en este juego de espejos».
Si se permite al reportero, felicidades a Carlos López por esta enorme tarea de darnos lo mejor de sus lecturas y sentires en Los poemas de la poesía.
 

 


Viñeta

Carlota Romero

texto de presentación en la Universidad Iberoamericana

Los poemas de la poesía se desdobla en dos direcciones: los poemas, criaturas, objetos hechos con palabras y la poesía. La pregunta por la poesía es la causa inmediata de la obra de Carlos López, es el hilo que dirige su elección nos dice él en su interesante prólogo. La pregunta por la poesía lleva a otras preguntas: qué es el lenguaje, qué son las palabras, quiénes son los poetas. Esta búsqueda de claridad lleva al choque entre duda, respuesta y revelación: «Quizá la poesía no quiera aclararse a sí misma, o tal vez allí quepan todas las revelaciones». Esta frase se revela no como una definición, sino como productividad, como trabajo. El lector tendrá que encontrar, que descubrir esa presencia de la poesía en la lengua del poema que, como señala Edgard Bayley, es la puerta por la cual nos introducimos en un reino de luz que las sombras sustentan muchas veces. Lenguaje y experiencia de la poesía son recíprocos: «Las palabras —dice Bayley— que integran el poema y el modo como han sido asociadas, denunciará el valor de la experiencia que le ha dado origen». Propiciar una experiencia de la poesía es el objetivo de esta obra. Carlos López lo señala con insistencia cuando dice que no busca dar un simple panorama histórico y particular de la poesía. Es, pues, necesario entrar en el poema, verlo, oír sus voces y silencios para descubrir esta presencia, para poder decir qué es poesía y qué no. ¿Qué es específicamente la buena poesía? Es la información precisa sobre la existencia de la cual se alimenta y es información de su propia existencia, es decir, del movimiento y del tono de las palabras. El habla condensada es principalmente el método de la poesía, que se diferencia del arte esencialmente discursivo de la prosa. El resto es facilidad, pausa, gracia.
        Leer los poemas nos hace encontrarnos con las palabras, que son, como dice Louis Zukofsky, los medios de la poesía que surgen de impresiones sensoriales, de pensamientos en relación con otras palabras, en relación con ritmos e interacción de conceptos. «La mejor manera de informarse sobre la poesía—dice— es leer los poemas. De esta forma el lector mismo se vuelve un poco poeta, no porque ‘contribuya’ a la poesía, sino porque se descubre sujeto de su propia energía».
 


Viñeta

Eusebio Ruvalcaba

El Financiero, México, 12 nov, 2001, p. 94

 

Puro y poesía

Estoy en el café San Agustín, de Tlalpan. La tarde está por sobrevenir. Me encuentro a unas calles del centro, y la circulación de los peatones a estas alturas del barrio apenas es notable. Casi no pasa nadie. Lo cual disfruto enormemente. Que nadie vaya ni venga. Le corto el extremo a mi puro Azteca Real y lo enciendo. Tengo delante de mí un libro que estoy dispuesto a recorrer, o, mejor dicho, a releer, de modo muy grato, porque cada vez sus páginas me revelan novedades humanas y literarias. Se trata de Los poemas de la poesía, que para el sello Praxis ha compilado Carlos López.
        Hilvano una aspiración tras otra para que el puro se prenda y una llama formidable crepita en el cerillo. De ahí en adelante las bocanadas se sucederán a ritmo de un andante brahmsiano, sin ninguna prisa, cada una regodeándose en la anterior y en la próxima. Y en sí misma, por supuesto. Sensación altamente placentera. Tal como la lectura de los poemas que comprende este libro. Compruebo que las cosas grandes de la vida exigen tiempo. Leer un poema o fumarse un puro, para no ir más lejos. Actividades para quien dispone de tiempo, de voluntad, de alegría de vivir. De lo contrario, lo mejor es seguirse de largo, y consumir un cigarro o leer un texto para reforzar la autoestima.
        El libro arranca con un prólogo del propio compilador. Pero a la inversa de lo que ocurre con la inmensa mayoría de los prólogos escritos por los antologadores para justificar sus desvelos, éste no es aburrido; tal vez porque en ningún momento se asoma esa terrible erudición —iba a escribir pedantería— que se torna tan antipática en prologuistas de escasa malicia. Más que de un prólogo, se trata de un ensayo sobre el misterio de la palabra. En unas cuantas páginas, bien nutridas y bien concentradas, Carlos López desglosa, poco a poco y muy placenteramente, lo que para él ha significado adentrarse en el corazón mismo de la poesía. Serviría este prólogo, con mucho, para estrechar la mano de la poesía cuando se la conoce por vez primera.         Carente de juicios imprudentes, tan caros a los ensayistas imberbes, rubricado por su sencillez y buen gusto, por su mesura e invitación constante a sentarse a la mesa de la palabra, este prólogo bien recuerda la obsesión de los trovadores; de hacer partícipe a todas las comunidades con que se topaban, de su amor por la poesía; de comunicar a sus oyentes el azoro por los sucesos ocurridos en la vida cotidiana, pero siempre bajo el manto de lo sagrado, que eso y no otra cosa es decir bajo el manto de la poesía.
        Eso es, en efecto, este libro: tomarle el pulso a la poesía a través de la poesía. Es el modo como numerosos poetas han entendido, sentido, valorado la poesía misma: escribiendo sobre ella, y no en prosa sino en verso. En efecto, la poesía ha sido materia prima para ensayistas, poetas y prosistas de buena y mala estirpe. ¿Qué tiene que decir un poeta de un poema? En principio, nada. El poema está ahí. Como un compositor no tiene nada que decir de una —suya o no— sonata, o un pintor de su óleo —suyo o no—. Pero en el caso de los señores que trabajan con la palabra escrita las cosas no son tan obvias. Como la palabra escrita es, precisamente, la materia prima del escritor, el polígrafo la utiliza para alumbrar —o para confundir, no falta— su propia producción literaria, o la producción literaria en general; pero no satisfecho con eso, recurre a la poesía para explicarse la poesía. Utiliza, pues, un elemento inexplicable para adentrarse en otro inexplicable. Pero no sólo eso; también es materia poética el oficio del poeta, la buena o mala querencia de la inspiración; y, desde luego, las palabras, el lenguaje.
        Fumo y leo. Leo y fumo. Qué satisfactorio resultan estos Azteca Real. Acarician delicadamente los sentidos. El fumador siente el mismo deleite de estar ante una obra maestra, sea disfrutando un pasaje camerístico de Schubert o unas pinceladas de Manet. Algunos peatones se vuelven a mirarme, o, mejor dicho, detienen su vista en el puro. El puro cifra las miradas. Alguna de esta gente me ve con cierta animadversión; así es el puro, un placer que aleja a los mediocres. En eso se parece a los cuartetos de cuerda: nunca me he topado con un enano de espíritu que disfrute un cuarteto.
Por ejemplo, dice Aurelio Arturo, poeta nacido y muerto en Colombia, en Los poemas de la poesía: «Nos rodea la palabra/ la oímos/ la tocamos/ su aroma nos circunda/ palabras que decimos/ y modelamos con la mano/ fina o tosca/ y que/ forjamos/ con el fuego de la sangre/ y la suavidad de la piel de nuestras amadas/ palabra omnipresente con nosotros desde el alba/ o aun antes/ en el agua oscura del sueño/ o en la edad de la que apenas salvamos/ retazos de recuerdos/ de espantos/ de terribles ternuras/ que va con nosotros/ monólogos mudo/  diálogo/ la que ofrecemos a nuestros amigos/ la que acuñamos/ para el amor la queja/ la lisonja/ moneda de sol/ o de plata/ o moneda falsa/ en ella nos miramos/ para saber quiénes somos/ nuestro oficio/ y raza/ refleja/ nuestro yo/ nuestra tribu/ profundo espejo/ y cuando es alegría y angustia/ y los vastos cielos y el verde follaje/ y la tierra que canta/ entonces ese vuelo de palabras/ es la poesía/ puede ser la poesía».
        Este libro bien corre el riesgo de convertirse en volumen de cabecera. Como los Azteca Real en compañeros de la introspección. Su tamaño tipo doble corona, su color oscuro, por no hablar de su cuerpo y consistencia, en una palabra, de su nobleza, son felices cómplices de la soledad.
Bien hizo Carlos López en seleccionar este otro poema, intitulado «A la poesía», de Francisco Cervantes: «Como quien huye a tientas/ Y toca el muro a solas/ Y oye el cayado del espanto/ Rasguñando una aspereza fiel, Con un goteo peticionario,/ Me llega tu larga queja rumorosa/ Amada, hermosa, aterradora./ Hubiera yo querido tu memoria,/ La observación de tu vigilia, Las vísperas de mi alma./ Entregarte más que estos vastos corredores/ Donde el viento arrastra mis papeles/ Y algunas vestes turbias./ Pero no tuve más para ofenderte;/ Velas aquí en tus aras tremolar».
Y este brevísimo, de Gabriela Borunda: «La poesía se hace en silencio/ como los demonios en el alma./ La poesía se hace como los demonios./ La poesía como el amor de los demonios/ nace/ con la luz en silencio y/ la oscuridad cantando».
10)Cierro por fin el libro. No conozco otro semejante. Antologías las hay muchas, lo mismo las que antologan poemas de amor que de guerra, sobre la muerte que sobre el mar, pero siempre será motivo de complicidad leer antologías de poemas sobre poemas. Pido la cuenta y me retiro. El puro aún da mucho de sí. En lo que me pongo de pie y salgo a la calle, el puro se apaga. Y, curioso, aun apagado un buen puro destaca.

 


Viñeta

Eusebio Ruvalcaba

El Financiero, México, 13 oct, 2003, p. 75

Los poemas de la poesía (tomo 1, de la A a la C). Carlos López, el editor de Praxis, se ha propuesto una tarea colosal: realizar una antología de poemas que versen sobre la poesía. Bien sea encargando los poemas o bien recogiéndolos de los más diversos medios —la antología comprende poetas nacidos en las más diversas latitudes y épocas—, acaso podría preguntarse el lector profano, como lo es mi caso, si no se trata más de un capricho que justifique el amor por la escritura poética —éste es el mejor modo de arrodillarse delante de la poesía— que de un esfuerzo amparado en la curiosidad erudita. Sea como fuere, el volumen se antoja de cabecera. Basta pensar que cuando menos una mayoría significativa de poetas ha traducido en su propio idioma —su lenguaje escritural— la obsesión que representa escalar esa montaña llamada poesía y que suele avistarse aun en las mañanas más inhóspitas, cuando nada parece estar en su lugar. En efecto, esa sensación de escribir poesía representa sin duda un acontecimiento en la vida del poeta, desde el momento en que un impulso desconocido, afortunado y maravilloso lo impele a sentarse delante de la página en blanco o ante el monitor, hasta que los versos se van enganchando y dando nacimiento a una nueva realidad. Cada poeta tiene su versión sobre este acto —sagrado o demoniaco, cada quien—, cada poeta sabe en qué momento agita las alas y remonta el vuelo; o quizás sea éste uno más de los misterios que constituyen el sentido de la escritura.
        A modo de muestra, destaco a continuación uno de estos poemas. De Nazario Chacón Pineda, el intitulado «La palabra»: «He vivido la latitud de la palabra/ y reconozco su antigua y nueva mirada./ He vivido en la angustia de verla enamorada.// Cuando abro la página del sueño/ y penetro por el espejo del olvido,/ la veo tocar el invisible arco/ que va del aroma hacia el olfato.// Urgida de elementos primordiales,/ acaricia el rostro de la lluvia/ y asiste al parto de la hormiga.// Siente el peso del instinto,/ su maternal inteligencia siembra/ el deseo en los labios prohibidos.// Descubre el jardín de la elocuencia/ y junta nube y heno, y estrella y delirio/ y acaba vencida, derramada en la pobreza/ de una sílaba solitaria y vacía.// Y cuando menos se la espera/ se levanta paralítica/ sobre el esqueleto de la duda/ a llorar a gritos deshonestos/ la desnudez de la vergüenza./ Fiel a la infidelidad de nadie/ inventa la violencia en los colores/ en que está construida y besa/ la verdad de sus mentiras.//  Infiel a la fidelidad de alguien/ señala imágenes de vocales desveladas/ impúdicas y sucias/ aunque relucientes de improperios/ y que transitan golpeando por fuerzas nauseabundas/ la agria digestión de los instintos.// Si no fuera por viento o melodía,/ por asco o desprecio, aberración o desatino/ la culparía de ser infierno y paraíso.// Y si no fuera porque la conozco/ cuando es vino y alegría,/ yo dejaría su vida a merced de la mía.// Pero claro: catástrofe y naufragio,/ zozobra y hecatombe... yo la dejo correr/ en los números infieles de una prolongada lotería».

 


Viñeta

Marcela Solís-Quiroga

Siempre!, 2711, México, 29 may, 2005, p. 75

 

Un testimonio de identidad poética:Los poemas de la poesía

La poesía es más que un conjunto de imágenes, metáforas y recursos literarios que nos acarician el oído y nos producen múltiples emociones. La poesía busca conmovernos, rendir, una y otra vez, un homenaje a la vida, al hombre y al universo. Ser poeta implica algo más que el simple acto de escribir un verso o de hacer que las palabras canten a capella; significa trascender un mero impulso, fungir como intermediario entre la pasión y la razón para enaltecer el carácter humano de la poesía. ¿Y qué mejor festejo de lo humano que el que está dedicado al poder de la palabra?
        Sin la poesía, bien lo saben los poetas —pero, sobre todo los lectores asiduos de literatura—, se volvería más difícil renovar y actualizar nuestras creencias y vivencias: aquello que multiplica las razones de nuestra existencia. El verdadero poeta busca capturar la esencia última de las cosas, pretende —con el poder de la palabra bien articulada— representar el mundo en su complejidad, de tal manera que el receptor tiene la sensación de encontrarse ante algo totalmente nuevo y desconocido. Por ello, no resulta extraño que los poetas más célebres le hayan dedicado uno o varios poemas a lo más cotidiano de sus vidas, a eso que les permite expresar la plenitud del vacío, la esperanza de renovación: la palabra hecha poema.
        Carlos López antologó, en Los poemas de la poesía (Editorial Praxis, 2001 y 2003), una serie de poemas dedicados a la escritura poética, con el fin de mostrar diferentes concepciones de lo que significa en sí la poesía misma.  En esta antología, Carlos López no pretende ofrecer un panorama histórico de las diversas poéticas que se han gestado a través de los siglos, sino que busca dejar testimonio de la identidad personal y cultural que la poesía es capaz de proporcionar.  No lo sé de cierto, pero estoy casi segura que la idea de efectuar una selección poética de este tipo se originó, en primer lugar, por las preocupaciones, reflexiones y obsesiones en torno a la palabra que han acompañado al Carlos López poeta a lo largo de su trayectoria como escritor, y, en segundo lugar, a la carencia de un libro que recogiera las «artes poéticas» de hombres reconocidos por su dominio en la construcción de versos, imágenes, ritmos, melodías, atmósferas y tonos poéticos.
        Los poemas de la poesía consta —hasta ahora— de dos volúmenes. Ambos tomos recogen poemas de escritores tanto de habla hispana como de lenguas extranjeras y se hallan organizados por autor y por orden alfabético. El primer volumen contiene obras de poetas cuyos apellidos empiezan con las letras A, B o C, mientras que el segundo abarca de la letra D a la J.  Cada uno de los poemas seleccionados revela la importancia de la palabra, la imaginación y la música, así como del milagro o de los misterios que encarna el acto creativo. Asimismo, la lectura de poemas que hablan de la poesía le muestra al lector común el abismo que hay entre la lengua hablada y la escrita: la necesidad de darle vida propia a aquello que se desgasta, muere y renace día con día: el habla, el lenguaje reducido a su función referencial. En este sentido, al leer un poema, resulta fortificante sentir que el silencio también tiene múltiples significados, que la lengua no sólo es un medio, sino también un fin en sí misma.
        La antología de Carlos López es un mar de poesía en el que destacan poetas de todas las tendencias literarias, desde Rubén Darío hasta Vicente Huidobro, José Gorostiza o Francisco Hernández, pasando por otros poetas, no necesariamente hispanoamericanos, como Nicolás Gumiliov o Vladimir Holan. En Los poemas de la poesía leemos cómo para algunos «la poesía es entonces/ el amor, la muerte/ la redención del hombre», mientras que algunos otros se preguntan: «¿Podrán varios poemas/ salvar la vida entera?/ ¿O es suficiente sólo uno?». Las respuestas son múltiples, complejas y, por lo general, polémicas, ya que se relacionan íntimamente con visiones del mundo encontradas. No obstante, la riqueza y el tesoro acumulados en Los poemas de la poesía nos llevan a un bosque de significados donde la palabra y el poema son los grandes avatares de la poesía, donde se hace más fuerte el lastre del analfabeto, pues —como dice Taniguchi Buson en un haiku—«¡pobre de aquel/ que nada escribe!».

 


Viñeta

  Gloria Vergara 

 

Los poemas de la poesía, la antología como construcción de la lectura

Cuando nos encontramos en una misión como la que ustedes han emprendido ya por años, nos vamos preguntando cuáles textos llevamos a los lectores, qué autores resultan más interesantes, más atractivos para quienes están aguzando el oído en el ritmo de la lectura. Vamos haciendo, sin pensarlo, una selección que atiende a nuestra visión del mundo, vamos tomando los textos que se acomodan más a nuestra experiencia, a nuestra forma de mirar las cosas; tomamos por lo mismo aquello que nos sorprende. Hasta cierto punto podríamos decir que estamos haciendo una antología a lo largo de nuestra vida. Pero armar esa antología, aterrizarla en un texto como lo hace Carlos López en Los poemas de la poesía no es tan sencillo. Si bien es cierto que están allí todos los frutos recogidos, sabemos que la cosecha, cualquier cosecha, no se da sólo con el amontonamiento de los frutos, de los granos, de las letras. Hay que ir seleccionando entonces con criterios claros, definidos. Hay que saber, en el camino, qué poemas se dejan y cuáles entran. Así, encontramos que esta construcción está hecha para reflexionar sobre el quehacer poético, sobre la palabra. Es un círculo en el espejo de la lectura en donde el que lee toma el papel del que escribe y arma su propia verdad, porque como el mismo autor lo dice, citando a Jean Marie Guyau, en el epígrafe: «La poesía es más verdad que la verdad misma», configura la revelación íntima del que lee, le abre los ojos y el mundo entonces se le muestra más palpitante que nunca.
        En Los poemas de la poesía el lector encontrará los ecos de las palabras, las aristas de la creación como hilos pendiendo de la mano creadora. Aquí las estrategias del poeta se muestran sin la dureza del manual de retórica. Se habla de la rima, de la naturaleza del poema, del silencio como elemento definitorio, del oficio y el deber del poeta, de la función de la poesía en el mundo. Pero los temas no están ordenados con el afán servicial de mostrar todo al lector de una vez. Van apareciendo entre los versos con la naturalidad con que se reúnen las voces convocadas, en este caso, atendiendo al orden alfabético: de la a a la c. Esto indica que hay varios tomos más en los que Carlos nos mostrará la construcción del mundo poético, de un mundo que abarca todos los tiempos y la mayoría de los espacios posibles. En su mirada, el caleidoscopio es la mejor arma. Entre las páginas de su texto igual encontramos la voz prehispánica de Ayocuan como el eco nuevo de los poetas jóvenes. Tiene allí lugar la voz de México al igual que las procedentes de los diversos puntos cardinales, porque Los poemas de la poesía es una congregación, un viacrucis, una convocatoria en donde con la huella de la humedad, dijera Rulfo, se mueven los poemas, las palabras, y hacen hablar a los lectores con su voz arquetípica.
        «No hay modo de escribir literatura/ si no eres superior a lo que escribes», dice Luis Miguel Aguilar. Pero: «La rima es el tirano empurpurado,/ es el estigma del esclavo, el grillo/ que acongoja la marcha de la Idea», contesta Delmira Agustini. Entonces llegan los gritos, las voces desgarradas, y el silencio por fin se instala:

 

... es todo tan callado
que se puede oír cómo la hierba crece,
cómo anda la desgracia por la tierra...
Mas a partir de ahí percibo las palabras
y los ligeros compases de las rimas;
por fin, ya los empiezo a entender,
y líneas, dictadas fácilmente,
se trazan sobre páginas en blanco.
            Anna Ajmátova

 

        Sabemos, también, por las voces, que la poesía está enraizada en los cuatro elementos cósmicos, porque es mundo y cábala, verdad y magia. «La poesía es fuego, quema dentro de uno», dice Humberto Ak’abal. Es como la piedra que canta en Vicente Aleixandre, como el mar que ve sobre la página Juan Domingo Argüelles o como zumbar de los abejorros en el vacío del vidrio nocturno en el que se reconoce Efraín Bartolomé. Esos elementos cósmicos nos llevan a la contemplación de un tiempo cíclico para el poeta y para el lector:

 

Mirar el río hecho de tiempo y agua
 y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
                        Jorge Luis Borges

 

        Las palabras muestran, revelan, desnudan al poeta y nos dan lo más profundo de su interioridad. «Son como un cristal,/ [...] algunas, un puñal,/ un incendio», como enuncia Eugenio de Andrade. A veces llenan su hueco en el espacio,/ se hacen de carne,/ dejan de ser palabras», dice Enoch Cancino. Entonces, «escribir es como soñar/ hacer memorias de uno mismo», se oye la voz de Margarita Carrera.
        La poesía, en el espacio del poema, brota de la palabra y la palabra envuelve, «nos rodea la palabra/ la oímos/ la tocamos/ su aroma nos circunda», con Aurelio Arturo. Huye, «como quien huye a tientas/ y toca el muro a solas» de Francisco Cervantes, porque la poesía es tan cotidiana como sagrada: «Del interior del cielo vienen/ las bellas flores, los bellos cantos», nos recuerda Ayocuan. Y en el afán de alcanzar el ritmo, el canto, las palabras, el poeta es visionario, loco, un hombre común: «Señores jueces soy un poeta/ un multipétalo un aullido un defecto/ y camino con una camisa de viento/ contrario a mi esqueleto», grita Natalia Correa. Y en el aullido las voces se confunden porque Los poemas de la poesía es una alforja que estalla, un abrevadero en donde el lector insaciable encontrará diversos tonos, tiempos, ritmos que se fueron recogiendo como semillas. El deseo, los miedos, la esperanza, todo se revela en esta doble alquimia, pues el antologador, Carlos López, deja en el prisma de su lectura la visión de la palabra trastocada, vuelta al origen, en un proceso de combustión de la verdad. A su eco llegan los poetas sin más reverencia que el canto, porque su canto son ellos mismos: Anna Ajmátova, Humberto A’akabal, Ayocuan, Rubén Bonifaz Nuño, Jorge Luis Borges, Constantino Cavafis, Joao Cabral de Melo Neto, sor Juana Inés de la Cruz. Estas voces marcan el entramado de muchas más que se levantan en el espacio del poema para preguntarse por la tarea poética, por la esencia de la poesía. Por ello, más que respuestas, el lector encontrará a ciento las preguntas en este juego de espejos.

 

Viñeta

      Alicia Zendejas

 

Los poemas de la poesía o la metapoética

En un ambicioso proyecto que abarca cinco tomos, del cual se publicó el primero, que recoge las poéticas en verso de autores de la A a la C, Carlos López recopila desde hace ocho años el trabajo de autores de todas las épocas y de todos los países, en lo que aspira ser un homenaje a la poesía y a sus creadores. Los cantos que contiene el libro Los poemas de la poesía también son una declaración de fe de algunos poetas por la palabra.
        El trabajo de Carlos López es único en su género; no existen antecedentes en la historia literaria sobre una empresa de esta magnitud y ha merecido el elogio de autores como Severino Salazar —quien expresó que el libro es un «proyecto hermoso, original y erudito»— y de Augusto Monterroso, Eusebio Ruvalcaba, Silvia Pratt, María Cruz, Gloria Vergara, Juan Domingo Argüelles, César Rito Salinas, Víctor Manuel Cárdenas, que reconocen el esfuerzo del editor guatemalteco que vive en nuestro país desde hace 22 años y que ha realizado, desde hace 21 un años, una amplia labor de difusión cultural con la publicación de alrededor de 400 títulos, un 80% de ellos de poesía, bajo el sello de Editorial Praxis.
        La vocación de Carlos López queda expuesta en las siguientes líneas que son parte del prólogo del libro que se comenta: «La presente recopilación no tiene el propósito de ofrecer un panorama histórico, pero me gustaría mencionar que la poesía nos ha dado identidad, historia, voz. Por medio de las mitologías hemos ordenado nuestras pasiones y sentimientos. Si bien para la poesía no hay nada corriente y común, y cada cosa adquiere la viveza de lo reciente, también nos reconocemos como el eco del primer hombre, de la primera mujer: somos Eva y Adán, Penélope y Ulises, Paris y Helena. Cada guerra es de nuevo Troya ardiendo; sufrimos con la muerte de un amigo como lo hizo Gilgamesh; padecemos el viaje que realizó Ulises; conocemos el infierno a través  de Dante; sabemos de los designios de Dios al acercarnos a Job. También gracias a la poesía podemos reconocernos y nombrar dolores y alegrías».

 


Viñeta

Los poemas de la poesía

Óscar Pinto Siabatto

Si Carlos López hubiese sido científico y no el poeta y excelso editor de marras que es, quizá haría parte de ese grupo de brillantes pensadores que se dedican a estudiar la genética y la evolución —como Jean Deutsch— o astrónomo inigualable —cual Edwin Hubble—. Pero como lo que le inquieta de siempre es la literatura, y más específicamente la poesía —por fortuna para nosotros—, hacia 1995 inició una tarea que sólo odiseos con su berraquera asumen: repasar juiciosa y críticamente toda la poesía universal para pescar, en ese pajar oceánico, las poéticas más representativas, aquellas que respondan, según sus palabras, «muchas de las preguntas acerca de la poesía con el mayor número de voces posibles».

El resultado de su titánica labor es una muestra que desde 2002 y a la fecha lleva tres tomos publicados (organizados alfabéticamente por autor: tomo I, A-C; tomo II, D-J; y tomo III, K-R), con casi 400 textos que bien son poéticas o son poemas sobre la creación, o sobre el trabajo del poeta, agrupando con ello autores de todos los tiempos y de todas las edades pues, según palabras del propio López, más que rigor selectivo en cuanto a los autores incluidos primó la valoración estética de cada poema.

Muchos poetas miran con desdén la valoración crítica que de la poesía se hace desde la academia (y en el mundo de hoy por todos es sabido que incontables veces es más que tendenciosa en otros ámbitos, bien por odios enconados entre los mismos poetas o por los intereses del mercado); aunque sin duda, muchos valoran con aprecio juicios y estudios como los de Benjamin en torno a la obra de Baudelaire. A pesar de tales contradicciones, seguramente todos los poetas están de acuerdo en que quienes mejor pueden hablar sobre el quehacer poético son los mismos poetas y mejor si es «a través de poemas, no de opiniones o poéticas en prosa», como lo reconoce el propio López. Por eso, esta obra monumental —que augura en breve la aparición de su culminación, casi 20 años después de iniciada—, es y será herramienta infaltable tanto para los poetas, iniciados y de viejo cuño, como para los amantes de la poesía, e incluso, y con certeza, para las academias que en mora están de abordar el estudio de la poesía y apropiarlo, para ponerla al servicio de la gente por medio de los planes de estudios en escuelas, colegios y universidades.

Hay quien dirá que a pesar de la amplia muestra los poemas y poetas incluidos tienen el sesgo del ojo de su compilador, pero ¿qué poeta, qué poesía no es subjetiva?, ¿qué premio de poesía —cuando no es amañado— no está sesgado por la sensibilidad, intereses, gustos y bagaje cultural de los jurados? Somos el eco de nuestras lecturas y de nuestros amores literarios, pues aprendimos de la mano de muchos maestros. Conociendo el trabajo, el rigor estético, pero igualmente la inmensa generosidad de Carlos López, también gran maestro él, estoy seguro de que los poemas que hacen parte de Los poemas de la poesía abrirán, por manida que parezca la cita, «las puertas de la percepción» a cualquiera que se acerque a abrevar la sed a sus orillas.

Ulrika, 51, Colombia, 2014, p. 59

 


 


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