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Los poemas de la poesía, t. II, D-J

( Carlos López )

Los poemas de la poesía, t. II, D-J
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$280.00


Viñeta

Juan Domingo Argüelles

El Universal, México, 24 oct, 2004, p. 2F

 

CARLOS LÓPEZ Y LOS POEMAS DE LA POESÍA

En agosto de 2001, Carlos López compiló, prologó y editó el primer volumen de Los poemas de la poesía (México, Praxis/Universidad Iberoamericana), en el cual, como el título mismo ya lo anuncia, reunió textos líricos re­feridos a la propia poesía o al ejer­cicio de escribir poemas, es decir la autorreflexión en torno del oficio poético. Ese primer vo­lumen incluyó a autores de épocas diversas, cuyos apellidos inician con las primeras tres le­tras del alfabeto. Dos años más tarde, en abril de 2003, entregó a los lectores la continuación de este proyecto que todavía no ter­mina. El segundo tomo abarca a poetas cuyos apellidos inician entre la D y la J.
        La suma de páginas de ambos tomos se acerca a las 600 y, segu­ramente, el proyecto total requiere de por lo menos otros tres volú­menes similares. Si en el primero incluía a más de un centenar de au­tores, entre ellos a Juan José Arreola, Manuel Bandeira, Bau­delaire, Borges, Brodsky, Rosalía de Castro, Cavafis, René Char, José Coronel Urtecho, Sor Juana Inés de la Cruz y Pablo Antonio Cuadra, en el segundo agrupa a otra cantidad similar de autores, entre los más destacados a Rubén Darío, Salvador Díaz Mirón, Emily Dickinson, Gerardo Diego, Eliot, Elytis, León Felipe, José Go­rostiza, José Agustín, Goytisolo, Jorge Guillén, Miguel Hemández, Vladimir Holan, Efraín Huerta, Vicente Huidobro, Juan Ramón Jiménez y Roberto Juarroz.
        Este proyecto de Carlos López es el de alguien que ama la poesía; un lector que la frecuenta y que busca en cada página el texto inolvidable, en este caso el autorreferencial de cada poeta. Y ha buscado una reunión amplia en donde se dan cita lo mismo in­mortales y consagrados que co­nocidos, jóvenes y descono­cidos. Más que una crestomatía es una especie de catálogo de poetas que escriben o han escrito acerca de la poesía.

 

Decir las cosas que importan
Explica el compilador en este se­gundo tomo: «Se escribe porque se debe, se tiene que escribir, no porque se puede. Se escribe para decir las cosas que importan, no para deslumbrar. La poesía es luz que no enceguece, ilumina. El poeta pesa sus palabras en oro, por eso necesita tanto silencio, tanto pensar, cuidar, escanciar, como los buenos vinos, su decir. Hacer poesía es arte. Juntar pala­bras y volverlas arte es una tarea sagrada». Antes, en la parte inicial, de su trabajo, López había adver­tido que «la poesía nos invita a re­correr caminos desconocidos, crea otra realidad que nos causa emociones verdaderas».
      Lo verdadero es también que un proyecto compilatorio de esta naturaleza nos entrega algunas páginas extraordinariamente hermosas e intensas, además de conmovedoras, junto con otros muchos momentos afortunados de la poesía de diverso signo y de cualquier época. Los poemas dela poesía es un trabajo de larga y pa­ciente recolección que seguirá dándonos que leer y releer en los próximos años. Por lo pronto, oi­gamos y leamos a Emily Dic­kinson: «No hay mejor nave que un libro/ para viajar lejos./ Y siempre es la poesía/ un corcel li­gero./ Los más pobres pueden hacer/ esta travesía/ sin pagar pontazgo./ ¡Qué sencilla es la ca­rreta/ que transporta a un alma humana!».
        Y no menos certero y entra­ñable es lo que nos advierte Vla­dimir Holan: «Lo que nos dejan los poetas/ está siempre man­chado por el tiempo,/ el pecado, el exilio./ El más sincero de ellos,/ el más incógnito, sereno, enamo­rado,/ no nos impone nada:/ ni verdad ni consuelo ni desprecio./ Presente, ya está ausente; y Pi­casso,/ al hacer un muñeco de nieve, entendió bien/ que la in­mortalidad del arte/ está en el tiempo, el pecado, el exilio;/ que el sol tiene la obligación de res­catar/ las lágrimas, las fuentes, los ríos y los mares:/ todo en vano».
        Vicente Huidobro quería «que el verso sea como una llave/ que abra mil puertas». Esta compila­ción de Carlos López nos muestra, en efecto, que el verso y el poema abren mil puertas y sirven también para cerrar el paso al simple utilitarismo y a la ausencia de pasión. Los desapa­sionados nunca verán el sol del poema, porque cuando amanece y abren los ojos siguen viendo tinieblas o brumas ahí donde le exigen a todo un fin práctico, una utilidad prosaica.
        Los poemas de la poesía nos llevan, a través de sus aproxima­damente tres centenas de textos, por caminos extraordinarios, por viajes inolvidables, por ám­bitos en los que quisiéramos estar siempre para soportar con mejor ánimo la monotonía de la existencia, que siempre es más monótona sin la poesía. Y res­pecto de los poetas menores que giran alrededor de los soles, no hay que lamentar nada. Esos poetas y esos poemas menores le dan su preciso sentido a los grandes poemas y a los poetas insustituibles.

 


Viñeta

Carmen Nozal

Cuarta de forros de Los poemas de la poesía, t. II;

Magna Terra, 20, Guatemala, mar-abr, 2003, p. 64 

Como el amor, la poesía es un milagro. Sobre todo, cuando la voz brota del corazón y la música del alma puede ser escuchada. Entonces, las palabras cobran vida, movimiento, renacen sin cesar una tras otra ydejan de moriren el vacío, cuando salen del interior de aquél que las pronuncia. El poeta que da vida a las palabras, les da su aliento, y los versos respiran por sí mismos adentro del poema. Se reúnen sutilmente y cantan en un mismo coro. La poesía, se vuelve, entonces, lugar de unión. Nada se separa de este espacio: el cielo, la tierra, la luz, el canto.
        Como el amor, la poesía es un misterio. Lo que dice rebasa los oídos. Eriza la piel, provoca llanto, añoranza, alegría, deseo, grito. ¿Qué tiene la poesía cuando penetra el cuerpo físico del otro, cuando invade el interior y se adueña del que escucha? Saber escuchar es el don del poeta. Saber dejarse caer en la vertiginosa melodía que se orquesta más allá de sí mismo. Quedar vacío de sí, para ser ocupado de ella: la voz más pura con la que se puede hablar. Quizá por eso, en Los poemas de la poesía, tomo II, de Carlos López, se escucha el mar. Quizá por eso, como el amor, la poesía sobrevive a la muerte. 

 


Viñeta

Eusebio Ruvalcaba

El Financiero, México, 13 oct, 2003, p. 75 

Los poemas de la poesía (tomo II, D a la J). De igual modo, habría que insistir en lo bien cuidado de la edición. Lo mismo en este segundo volumen (2003) que en el primero (2001), prima el buen gusto. Se advierte la alegría del trabajo editorial. El libro respira una suerte de fascinación, de atracción irresistible. Contemplar ese decurso de poemas cuya materia prima es la palabra misma, no permite soltar el libro sin violentar sus recovecos. ¿O acaso no es ésa la canonjía del poeta, husmear en los secretos de la condición humana? Por supuesto que también hay en esta antología las recetas, las llamadas de atención, la apología de aquellos manuales sobre lo que se puede y no se debe hacer... para que venga otro poeta y demuestre lo contrario. Como en este poema de Carlos Drummond de Andrade que lleva por título «Procura de poesía» y del cual copio un fragmento: «No hagas versos sobre acontecimientos./ No hay creación ni muerte frente a la poesía./ Ante ella la vida es un sol estático:/ no calienta ni ilumina./ Las afinidades, los aniversarios, los incidentes personales no cuentan.// No hagas poesía con el cuerpo:/ ese excelente, completo y confortable cuerpo, tan indefenso a la efusión lírica./ Tu gota de bilis, tu máscara de gozo o de dolor en lo oscuro son indiferentes./ No me reveles tus sentimientos/ que se aprovechan de lo equívoco e inducen al largo viaje./ Lo que piensas y sientes, eso todavía no es poesía./ No cantes tu ciudad, déjala en paz./ El canto no es el movimiento de las máquinas ni es el secreto de las casas./ No es música oída de paso; rumor del mar en las calles junto a la línea de espuma./ El canto no es la naturaleza/ ni los hombres en sociedad./ Para él, lluvia y noche, fatiga y esperanza nada significan./ La poesía (no saques poesía de las cosas)/ elude sujeto y objeto./ No dramatices, no invoques,/ no indagues. No pierdas tiempo en mentir./ No te aborrezcas./ Tu yate de marfil, tu zapato de diamante,/ vuestras mazurcas y supersticiones,/ esqueletos de familia,/ desaparecen en la curva del tiempo: es algo fútil./ No reconstruyas/ tu sepulta y melancólica infancia./ No osciles entre el espejo y la/ memoria en desaparición./ Se disipó: no era poesía./ Se partió: cristal no era».

 

 


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