
Rocío González
Silencio sin silencios, a eso aspira el rapsoda que habla en Nauta herido, de Raúl Carrillo Arciniega, como si fuera el único ámbito donde el poema puede latir, donde el eco de las palabras logrará sobrevivir bajo el peso de la travesía —llena de gritos, de historia, de olvido— donde, acaso, en el flujo de la repetición (un paso que sigue a otro, un fonema entretejiéndose con un recuerdo del que perdimos el signo) podemos hallar su esencia. Silencio sin pausas, imposible, en el que el verso se empecina como si tocara una puerta pidiendo «ábreme».
El poemario-viaje oscila entre una poderosa desesperanza y una suavidad escéptica que va encontrando habitantes y los pierde; que entrevé paraísos y los pierde; que articula destinos y los pierde; que comercia con dioses y pierde sus milagros; que cuando tiene, al fin, las palabras justas, opta por el silencio, el gran anhelo, donde cada cosa dicha, cada imagen vivida, cada amor realizado, prefiere la negación, quizá porque en ella arde, trémulo, el poema.