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Cenizas del mediodía

( Carlos Barbarito )

Cenizas del mediodía
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Viñeta

 

Jonah Gabry

Es por el tratamiento del deseo que se puede hacer un puente entre Barbarito y el neobarroco. Central en la obra de Barbarito es la búsqueda del objeto del deseo, descrita por Lacan como una falta insaciable e inherente que define a los seres humanos y que nos provoca la acción. Dicho de otra manera, la esencia de la experiencia humana es justamente esa falta, que nos mueve a producir cultura, a crear, a tendernos hacia un objeto siempre por alcanzar, y por tanto siempre momentáneo. Barbarito, igual que Perlongher, explora lo inasible de esa falta a través de la poesía, el género literario más capaz de alcanzar el nivel de lo transitorio. 

 


Viñeta

Floriano Martins

Al buscar un desnudo intenso, la poesía de Carlos Barbarito descubre que son infinitas las capas de desnudez que se disfrazan de vestimenta, y que tal aventura es tan inagotable como lo es la propia vida.

 


Viñeta

 

Eduardo Espina

Sin generalizantes idiosincrasias, Barbarito interroga la realidad mediante un plan distanciante, instalando estilos dentro del estilo, momentos de permisividad en la sintaxis... En tanto rechazo de la nomenclatura poética en tono realista, y sobre todo en tanto discrepancia estética con sus caprichos, esta lírica impone una oferta de deriva, la del significado, en la cual, no obstante, ninguna propedéutica queda interrumpida. Por el contrario, las palabras alertan al conocimiento para que tenga ganas de estar más cerca de ellas, que son su propio proyecto, el lugar de sus ideas. Para lograr su cometido, el lenguaje recupera los primeros momentos de su comienzo, esas instancias anteriores al origen, en las cuales actúa fuera de todo propósito para poder seguir preguntando... poesía del folio, esto es, aquella que articula su actuación a partir del archivo de sentidos de la palabra. En el folio se pacta la representación. La vida a partir de lo vivido, vívido. De esta manera, la información de lo real expuesta por la intimidad del lenguaje incluye la opinión y el rastreo de los sentimientos como acceso antes no considerado, como peregrinaje hacia un punto de partida siempre itinerante. Las enmiendas de la posibilidad (lo que siempre puede ser aunque no exista) no son las de la razón establecida por prerrogativas logicolineales. No es esa la razón en juego. Hay otra causa. Una razón paralela: corazón. El corazón con razón.


 


Viñeta

 

Bernardo Schiavetta

Me gusta muy particularmente tu nuevo libro. Es maduro, sin una palabra de más, rico y severo, con un ritmo donde surge (no sé si de manera consciente), la silva blanca tal como la retomaron ciertos modernistas, que agregaron versos de catorce y de dieciséis a la silva renacentista. Voy a volver a leer "Cenizas del mediodía" sobre papel; pertenece al tipo (poco común) de poesía meditativa que me gusta inmediatamente.

 


Viñeta

 

Carlos Barbarito: voz mayor de la poesía argentina

Luis Benítez

 

A nadie que sea lector de poesía argentina le sorprendió, en octubre de 2009, que el primer Premio de Poesía Editorial Praxis, de México, DF, recayera sobre el autor local Carlos Barbarito, por su poemario Cenizas del mediodía.

Editado ya en 2010, el volumen ratifica plenamente las cualidades exhibidas por el poeta argentino en sus numerosas obras anteriores, así como la nota del jurado, constituido por Daniela Camacho, Saúl Ibargoyen y Juan Antonio Rosado Zacarías, quienes señalaron que decidieron: «otorgar por unanimidad el premio único e indivisible al poemario titulado Cenizas del mediodía, presentado a concurso con el seudónimo de Giordano Vanni, que, una vez abierta la plica de identificación, corresponde a Carlos Barbarito.

«El jurado decidió otorgar dicho reconocimiento al libro mencionado por considerarlo sólido, con hallazgos en imágenes y ritmo, bien estructurado, con equilibrio en el lenguaje y una vital propuesta poética del autor. Los integrantes del jurado desean dejar constancia de la gran calidad poética de los trabajos presentados y felicitan a todos los participantes, que renuevan la esperanza en un camino luminoso para el quehacer poético».

Sintetiza este dictamen algunos elementos bien reconocibles en la obra de Barbarito, pero aquellos que somos sus lectores desde hace más de tres décadas, tanto en la Argentina como en el exterior, podemos señalar otras numerosas particularidades, que lentamente, durante esas décadas transcurridas, fuero edificando una de las obras más sólidas y destacadas del género, no sólo a escala nacional, sino también latinoamericana.

No es casualidad que la poesía de Carlos Barbarito sea bien conocida y comentada, prácticamente desde sus comienzos, en numerosos medios americanos y europeos y que su prolífica producción haya recibido tantos reconocimientos, traducciones e interpretaciones.

Hoy la obra de Barbarito es una de las más difundidas dentro y fuera de la Argentina, no obstante la poca o nula predisposición del autor a la exposición periodística y a la frecuentación del «mentidero literario», como dando una lección más: el poder definitivo de la obra silenciosamente escrita, sobre la fábula mediática que pueda establecerse en torno a un creador.

Es desde este punto de vista que resulta interesante, además de conocer la obra, conocer al autor que desdeña mostrarse y revestir las galas de personaje para presentarse así, directamente a través de sus textos.

 

El autor, el hombre

 

El autor de la galardonada colección de poemas Cenizas del mediodía nació en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1955, y se desempeña como bibliotecario en una institución oficial de esa provincia.

Barbarito ha publicado más de quince poemarios y asimismo libros de crítica sobre artes plásticas. Ha recibido el Premio Fundación Alejandro González Gattone, el del Fondo Nacional de las Artes, el Premio Bienal de Crítica de Arte Jorge Feinsilber, el Premio Raúl Gustavo Aguirre de la Sociedad Argentina de Escritores (Sade) y el Premio Hespérides, entre otros galardones.

Figura en el Breve diccionario de autores argentinos desde 1940, en el Inventario relacional de la poesía en lengua española 1951-2000, de Juan Ruiz de Torres y José Javier Márquez Sánchez, en el ABC de las artes visuales en la Argentina y en el Diccionario de autores argentinos. Sus textos sobre arte y literatura y su obra poética están traducidos, en parte, al inglés, al francés, al portugués, al catalán y al holandés.

Al inglés fue traducido por Brian Cole, Jonah Gabry, Héctor Ranea, Stefan Beyst, y Ricardo Nirenberg; al francés, por Chantal Enright, Jean Dif, Frie Flammend y Elina Kohen; al portugués, por Andréa Santos, Andréa Ponte, Ana María Rodríguez González, Rudolph Link y Alberto Augusto Miranda; al italiano, por D.G. Dellisola y Alessandro Prusso; al griego, por Paul Papadopoulos; y al holandés, por Stefan Beyst.

Su obra poética, entre otros títulos, está compuesta por: Poesía quebrada (Mano de Obra, Buenos Aires, 1984), Teatro de lirios (Fundación Alejandro González Gattone, Pergamino, 1985), Éxodos y trenes (Último Reino, Buenos Aires, 1987), Páginas del poeta flaco (Filofalsía, Buenos Aires, 1988), Caballos y otros poemas (Hojas de Sudestada, La Plata, 1990), Parte de entrañas (Arché, Buenos Aires, 1991); Bestiario de amor (El Primer Siglo, Centro de Publicaciones de la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 1992), Viga bajo el agua (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1992), Meninas/Desnudo y la máscara (Poesía, Ganadores del Concurso Nacional de Poesía Enrique Pezzoni 1992. Centro de Estudiantes Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Último Reino, Buenos Aires, 1992), El peso de los días (Ediciones Electrónicas Altamira, Buenos Aires, 1995), La luz y alguna cosa (Último Reino, Buenos Aires, 1998), Desnuda materia (Ediciones del Árbol, Buenos Aires, 1999), Puntos de fuga (Colectivo ZonAlta, Toluca, 2002), La orilla desierta (Andrómeda, San José de Costa Rica, 2003), Piedra encerrada en piedra (Hespérides, La Plata, 2005), Les minutes qui passent (Poietes, Foetz, 2005), Figuras de ojo y sombras (Bermingham Edit., Donostia, 2006), Música humana y de paramecio (Colección Manija, San José de Costa Rica, 2008); como queda dicho, entre otros títulos.

 

La obra, los textos, los comentarios

 

El buscador de Google ofrece una impresionante serie de entradas correspondientes a poemas de Carlos Barbarito, reportajes que ha concedido, opiniones que se han expresado sobre su obra. Sin embargo, podemos elegir la síntesis con la que se han expresado tres autores, desde la contracubierta de Cenizas del mediodía, para referirse a la obra de este celebrado autor argentino.

La coherencia de su obra hace que lo manifestado por los comentaristas del texto premiado en México pueda extenderse a buena parte de su entera producción. Así, expresa el prof. dr. Eduardo Espina, director de la conocida Hispanic Poetry Review: «Sin generalizantes idiosincrasias, Barbarito interroga la realidad mediante un plan distanciante, instalando estilos dentro del estilo, momentos de permisividad en la sintaxis... En tanto rechazo de la nomenclatura poética en tono realista, y sobre todo en tanto discrepancia estética con sus caprichos, esta lírica impone una oferta de deriva, la del significado, en la cual, no obstante, ninguna propedéutica queda interrumpida. Por el contrario, las palabras alertan al conocimiento para que tenga ganas de estar más cerca de ellas, que son su propio proyecto, el lugar de sus ideas. Para lograr su cometido, el lenguaje recupera los primeros momentos de su comienzo, esas instancias anteriores al origen, en las cuales actúa fuera de todo propósito para poder seguir preguntando... Poesía del folio, esto es, aquella que articula su actuación a partir del archivo de sentidos de la palabra. En el folio se pacta la representación. La vida a partir de lo vivido, vívido. De esta manera, la información de lo real expuesta por la intimidad del lenguaje incluye la opinión y el rastreo de los sentimientos como acceso antes no considerado, como peregrinaje hacia un punto de partida siempre itinerante. Las enmiendas de la posibilidad (lo que siempre puede ser aunque no exista) no son las de la razón establecida por prerrogativas logicolineales. No es ésa la razón en juego. Hay otra causa. Una razón paralela: corazón. El corazón con razón».

Por su parte, Jonah Gabry, traductor y crítico de la Bowdoin College, en Brunswick, Maine, señaló: «Es por el tratamiento del deseo que se puede hacer un puente entre Barbarito y el neobarroco. Central en la obra de Barbarito es la búsqueda del objeto del deseo, descrita por Lacan como una falta insaciable e inherente que define a los seres humanos y que nos provoca la acción.

«Dicho de otra manera, la esencia de la experiencia humana es justamente esa falta, que nos mueve a producir cultura, a crear, a tendernos hacia un objeto siempre por alcanzar, y por tanto siempre momentáneo. Barbarito, igual que Perlongher, explora lo inasible de esa falta a través de la poesía, el género literario más capaz de alcanzar el nivel de lo transitorio». En la misma contracubierta, el poeta, crítico y traductor brasileño Floriano Martins precisó: «Al buscar un desnudo intenso, la poesía de Carlos Barbarito descubre que son infinitas las capas de desnudez que se disfrazan de vestimenta, y que tal aventura es tan inagotable como lo es la propia vida».

Cenizas del mediodía, el nuevo poemario de Carlos Barbarito premiado en México, el múltiple comentario de su obra, la trascendencia fuera de las fronteras nacionales de ésta, se conjugan con la calidad intrínseca de sus textos, la admirable falta de fisuras de una producción tan intensa como interesante, la hondura de sus núcleos de sentido y la extrema precisión de cada verso, para llamar definitivamente la atención sobre un poeta argentino que, pese a su todavía relativa juventud, merece ser reconocido como una de las voces que alcanzó la mayoría de edad dentro del género, tanto si nos referimos al ámbito local como al latinoamericano (vale repetirlo). Sin estridencias, sin lobbies, sin sobrexposiciones... ¿No es éste, además, todo un ejemplo a seguir?

Más allá de las atentas precisiones señaladas por los comentaristas nombrados, como lector de Barbarito yo prefiero —esto es subjetivo— la que me parece una de las descripciones más exactas de la médula poética de este talentoso poeta connacional. Me refiero a lo que hace años —hablando de otro de sus poemarios, titulado Desnuda materia— señaló el poeta y crítico argentino, prof. Guillermo Pilía, de la Universidad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, palabras que cierran tan adecuadamente esta referencia a la obra de Barbarito: «Hay posiblemente, en la génesis de la poesía de Barbarito, mucho de irracionalismo, de ebriedad dionisíaca. Más que el sentido lógico de cada poema hay que buscar un sentido emotivo en el conjunto, porque cada uno de sus libros se va edificando como mosaico, por acumulación de palabras e imágenes emocionalmente significativas.

«De ahí que el poeta se sienta en comunión espiritual y atemporal con El Bosco, que en su Jardín de las delicias y su Infierno musical quizás le brinda no una imagen distorsionada de la realidad, sino una imagen sospechosamente lúcida. Por eso es al pintor a quien le pregunta: “¿Hay camino, verdad, palabra, iris de luz,/ bajo la pila de heno que a todo aplasta?”».

 

 


Viñeta

 

Guillermo Fernández

El ojo de Barbarito, fragmentado en visiones como espejos rotos, sólo está en capacidad de rendir cuentas de lo que percibe: un caos de cosas sin meta en el universo. A veces hay belleza, pero en contraste con una atmósfera trágica que es la res extensa del mundo, su fundamento y argamasa. Oprime en sus versos un materialismo fatalista que expresa la idea incurable del deterioro cosmológico, no como crueldad del tiempo, sino como mácula de nuestra propia existencia.


 


Viñeta

 

Guillermo Pilía

Hay posiblemente, en la génesis de la poesía de Barbarito, mucho de irracionalismo, de ebriedad dionisiaca. Más que el sentido lógico de cada poema hay que buscar un sentido emotivo en el conjunto, porque cada uno de sus libros se va edificando como mosaico, por acumulación de palabras e imágenes emocionalmente significativas. De ahí que el poeta se sienta en comunión espiritual y atemporal con El Bosco, que en su Jardín de las delicias y su Infierno musical quizás le brinda no una imagen distorsionada de la realidad sino una imagen sospechosamente lúcida. 


 


Viñeta

 

Joaquín María Aguirre

No es fácil generar un universo poético propio, menos todavía lograrlo con el esquematismo primordial que Carlos Barbarito utiliza. Pero ese reduccionismo, esa economía del trazo, esa ausencia de retórica en beneficio de la línea desgarrada da a su poesía una gran fuerza expresiva, un carácter inmediato que agarra al lector en su desnudez.


 


Viñeta

 

Marcelo Bordese

Durante mucho tiempo me pregunté qué me atraía de tu poesía. Las otras noches (qué extraño suena en plural) creí vislumbrarlo: tengo la sensación que nombrás el mundo como si no lo conocieras, cantás el mundo como si no lo entendieras del todo, o mejor aún, como si lo desconocieras. Las circunstancias, sus móviles, los secretos engranajes de la existencia (que los reduccionistas con envidiable tranquilidad llaman azar-destino) te resultan inextricables, y te mueven —por fortuna— a un perenne estupor.

El universo es de naturaleza tantálica, lo sabés, tal vez por eso la poesía es un milagro aparentemente próximo, pero siempre inasible, aunque en ocasiones alcanzable. Carlos Barbarito, tal vez el mundo haya sido hecho para no ser reconocido (Lc. 8, 10), producto de una divinidad sabia o sádica; tal vez no toda ignorancia sea oscura; tal vez —y ya con resplandeciente resignación— sólo sea posible cantar la duda.

 

 


Viñeta

 

Raquel Jodorowsky

El nuevo poemario de Carlos Barbarito nos llega directo al alma. Barbarito es un poeta parado en nuestra época, nos regala una nueva forma de entender y ver en nuestra profundidad la gran poesía.

Merece los bien ganados premios y aplausos junto a la felicidad que su talento brinda a sus amigos que lo admiramos.

 

 


Viñeta

 

Stefan Beyst

Un mismo juego de fuerzas opuestas gobierna el notable lenguaje del poeta. No palabras inusuales o recursos artificiales, sino una reducción de la lengua a un idioma austero y riguroso. Desde el punto de visto del contenido, esta reducción parece lo contrario de la expansión del tiempo y del espacio, pero es, en verdad,  una consecuencia directa de ésta: desde tales perspectivas otras cosas, cargadas de nuevas significaciones, saltan a la vista, desde la perspectiva de la vida cotidiana que nos enmaraña en la densa red del lenguaje ordinario, desde la perspectiva de una poesía que se envuelve en un capullo de artificialidad. También al nivel de la frase y su estructura gramatical se desarrolla —no menos motivada por el contenido— la dicción poética. No por nada el poeta evita la afirmación y la coherencia aparente, y prefiere la enumeración de la incoherencia o la parataxis de lo accidental, el modo condicional, la pregunta, la negación.

 

 


Viñeta

 

Yolanda Ortiz Padilla

La pregunta del poeta apunta hacia los niveles básicos y elementales de la materia y nos conduce, así, a dos nuevas claves de su poética. La primera: la reflexión metafísica —y siempre física, como mostrarán sus versos— por la que el poeta indaga el origen. La segunda: la pregunta —o la búsqueda constante de la pregunta adecuada— que se convierte en la estrategia poética elegida por Barbarito para intentar arrojar luz sobre la indescifrable existencia. Indescifrable, porque en demasiadas ocasiones no habrá una respuesta válida a este interrogatorio que el autor lanza contra el hombre y el universo y que sólo servirá, finalmente, para poner de manifiesto el caos.

 

 


Viñeta

 

Santiago Sylvester

Un lenguaje algo crispado, como los asuntos de su cantera, con el que propone poemas que giran sobre varios ejes, ya que toda lengua es extraña (cita libre de un poema de Carlos Barbarito). Lengua extraña o, lo que es igual, lengua que hay que inventar en cada poema para que exprese, casi a traición, y aun a su pesar, lo que el poeta no sabe qué quiere decir.


 


Viñeta

 

Héctor Rosales

Quien nos habla en los poemas nació al sur del mundo, un ámbito de relojes temibles, arqueros de la melancolía, que disparan sus agujas al centro del pecho o traicionan cualquier espalda que los ignore. Las horas dudan sin norte que valga, crecen solitarias bajo el titilar de señales fronterizas. A veces pienso en el arte como en un viejo árbol, castigado por miles de vientos y, sin embargo, erguido frente al acantilado de la incertidumbre existencial, afrontando al tiempo y sus velados designios. El árbol mira, cuestiona y expresa lo que ocurre a través de sus ramas, cada una de ellas (música, pintura, danza, etc.) portadora de hojas que dejan su rastro en la madera y se renuevan al compás de las estaciones. Caja hoja es un autor, un intérprete que calcula la situación de las raíces (necesidad de afirmarse en la rama) para después entablar su batalla particular con el acantilado.


 


Viñeta

 

Rodrigo Flores Sánchez

El mundo y el poema: ¿y la serpiente se muerde el rabo?, ¿es la palabra capaz de teñir la realidad?, ¿la realidad mancha de gélida cal al poema, a los poemas?, ¿o todo es simulación, una imperfecta y cruel simulación?, ¿alguien lo sabe?

 

 


Viñeta

 

Héctor Ranea Sandoval

¿Qué ceniza aprendió a volar en un poema? ¿Estamos de acuerdo con la palabra que nace desde una máquina de parir dolores?

El poemario Cenizas del mediodía, de Carlos Barbarito, es un caleidoscopio brillante, un bálsamo para el que busca, un acicate para el que encuentra, para que no pueda simplemente restañar las heridas provocadas por el afán de encontrar la palabra y descansar y deba continuar la búsqueda, capa sobre capa, nivel bajo nivel, escalón bajo escalón, umbral por umbral, a lo Celan, y de agua turbia con forma de espejo perfecto. Así, la apariencia apacible de los poemas que nos brinda, tallados en las gemas clásicas de la expresión poética tiene el modo de una vela que en la foto parece pacíficamente tensa, pero que en realidad está sometida a un vendaval del que usa con moderación la fuerza, pero tiembla en el esfuerzo tremendo por sacar la nave del misterio del viento que quiere pesar.

¿Qué pregunta no ha sido formulada? ¿Acaso sembrar para tener trigo y cebada traiga la luz al final de un pasillo? Si Bosch se evoca en sus laberintos, si las voces de los poetas se funden con la tormenta interior, si las preguntas del poeta se estrellan contra un verdadero abismo de falta de palabras, de necesidad de rigor en la manifestación, incluso de geométrica versión de un desnudo a la luz de los relámpagos y el Fuego de San Telmo, ¿cómo se evoca entonces la palabra recolectada a partir de la sangre de los dedos, picando piedras que las esconden en el fondo de sus cuerpos?

Cada escalón en la espiral va desde el sueño a la conciencia y secretamente se desanuda al revés, pero no por el mismo camino. Cada palabra nueva surge como exigencia, luego como pregunta y al final queda sin respuesta porque en la pregunta está la nueva palabra parida desde la nueva necesidad. Cada peldaño bruñe un círculo enamorado, una línea, o un río, o un trigal en el que crece una sonrisa recóndita.

Barbarito es una voz templada en el nuevo aire de América, con los ojos enérgicos de un capitán que lamenta una respuesta rápida a su demanda, porque entiende que la velocidad es la enemiga de la reflexión y en la respuesta rápida se esconde la verdad superficial, baladí, que el poeta niega en el trasfondo de una literatura valiente, pero con el clasicismo de la aventura tomada con pudor. En esas agonías resueltas con vigor y dinamismo, con valentía y recato, se ve el timón que el poeta empuña para llevar a su ceniza a aprender a volar en un poema.

 

 


Viñeta

 

Cenizas de mediodía, de Carlos Barbarito 

Juan Antonio Rosado

 

Sólo la mirada del poeta percibe las realidades tras la realidad. No busca: descubre y encuentra. Su arte no es el del prestidigitador (evoco aquí la crítica que Alejo Carpentier formuló contra los surrealistas, muchos de los cuales, ya lejos de la poesía, se dedicaron a buscar «encuentros fortuitos» —con Lautréamont como modelo—, de forma mecánica, como el artesano que repite doscientas veces un modelo con escasas variantes). El arte, en cambio, es único, insustituible. Desde la subjetividad donde se aloja un mundo, emerge la palabra esencial que nombra objetos, emociones, tiempos, personas: el universo conocido e imaginario como no se había nombrado antes. ¿Dónde radica la poesía? En todos lados y en ninguno. Es el poeta quien la descubre y a veces la expresa, ya sea por escrito, ya en la misma contemplación. La poesía se capta, se siente, se atestigua. Luego se expresa con las limitadas e inexactas palabras. Cuando se ha ejecutado esta última operación, la poesía viaja a través del oído porque no fue concebida para leerse, sino para ser escuchada. Por ello nació y creció con la música.

Entre los poetas argentinos actuales, Carlos Barbarito (1955), autor de más de veinte libros, es uno de los testigos de la poesía. Desde el mundo alojado en su subjetividad, emerge la voluntad de expresarlo por escrito. Su último poemario, Cenizas de mediodía, publicado recientemente en México, se inicia con una despedida: «Adiós a un sueño, no se hace/ en la piedra el Paraíso, no hay espacio para el fruto”». Los versos se resisten a proporcionarnos un sentido unívoco en las imágenes y elementos que se aglutinan como símbolos de lo que fue y ya no es: «Adiós al pan, al sabor de otra boca/ en la boca propia» o «Adiós a la topografía, al número primo,/ a la balanza, a la señal en el cielo o la tierra». El yo lírico se dirige a un , a un otro ausente, a quien —si viera su rostro— lo creería mancha, error de un supuesto plan. Las cenizas se expanden y poco a poco el lector va uniendo cabos: «Todo comienza cuando no hay perdón», pero también cuando no queda follaje y «sólo nos miran los animales, las estrellas».

La aguja en lugar del abrazo... y la dulzura como imposible. ¿Qué somos finalmente? «Cenizas de un fuego antiguo/ y anónimo». El poeta, como Orfeo, habla y pregunta hacia el dominio de lo subterráneo para rencontrar al otro, pero sólo le responde el consuelo, «que vale menos que una hoja seca». Los poemas, en general, son las imágenes desde una conciencia cuya lengua, extranjera, traduce la acumulación de cenizas del mundo. Y entonces, el árbol sombrío ¿cobija acaso la inocencia, la «santidad»? La violencia irrumpe en la ciudad y causa división. El tiempo y el movimiento acuden al vacío y surge un lenguaje que conocen los raros animales, los muertos y el poeta. Tal vez este último y el niño sean los únicos que se extravían en el agua, pero hay una diferencia: el primero «se cierra con su secreto», mientras que el segundo lo entrega cifrado, ambiguo, múltiple: la realidad tras la realidad, ¿es acaso la ceniza? Este elemento es quizá símbolo de la muerte sin fin que segundo a segundo experimenta la conciencia. Carlos Barbarito nos introduce en una galería donde representa esa conciencia porque sus sentidos no le alcanzan para saber «qué nos mata/ o nos salva, cuál es el destino real del largo viaje». Ante el misterio, el abismo se ensancha y la palabra es también insuficiente. Incluso «quien almuerza en el perfecto festín/ invoca a las cenizas».

 Para Henry Miller, el escritor nunca es dueño del sentido total de sus creaciones: «El punto de vista del autor —afirma— es sólo uno entre muchos, y la idea del significado de su propio trabajo se pierde entre el oleaje de otras voces. ¿Conoce él realmente el sentido de su propia obra como cree? Yo más bien creo que no». En su conjunto, el poemario de Barbarito aspira a ser releído: no nos otorga todo su sentido (¿qué buena obra literaria lo hace?); es susceptible de distintas interpretaciones y ahí radica la complejidad de su partitura.

 

Carlos Barbarito, Cenizas de mediodía, Editorial Praxis, México, 2010, 35 p.

Letralia núm. 244, Cagua, Venezuela, 20 dic., 2010, http://www.letralia.com/244/articulo05.htm


Viñeta

 

Espirales descendentes, espirales ascendentes

C. Pablo Lorenzo

 

 La espiral descendente disminuye su radio paulatinamente llevando a profundidades soterradas,

oscuras, húmedas; cada círculo descendente es un lazo escurridizo que,

asediando el ánimo, termina por demolerlo, como los hebreos con  la ciudad de Jericó.

La espiral ascendente no tiene límites en su progresivo crecimiento.

La descendente termina en un solo punto en el que falta el aire para respirar, para seguir apenas existiendo.

Marisa Salanova, Susana Llorens y Wilmar Schaufel

 

Cuando se empieza a leer Cenizas del mediodía,de Carlos Barbarito, antes de llegar a los poemas, uno se encuentra con un espiral sicodélico de palabras, promisoria imagen de lo que se encontrará posteriormente, una inmersión dentro de la conciencia y una exteriorización de la palabra,  dependiendo de qué lado de la espiral quiera uno leer.

No sé si estoy capacitado para esta crítica, puedo refugiarme siempre en mi visión de lector omnívoro al que le da igual prosa que poesía, pero no sería la verdad, me siento incomodo ante la poética y sobre todo aquella que se encuentra en un camino no muy definido entre la filosofía y la metafísica, como este buceo de la duda interior. De todos modos lo intentaré porque el olfato de una buena obra aún perdura y la palabra bien manejada siempre es un aliciente para continuar la lectura.

Leo la obra de un tirón y vuelvo sobre mis pasos una y otra vez; sé de mi poca capacidad de concentración, pero creo vislumbrar una resignificación de la obra de Barbarito que se me presenta al parecer intuitivamente; aunque sé que no es así, noto los elementos en común, la lógica mención a las cenizas es una obviedad, pero tiene la fuerza de esa cualidad efímera de dar cuenta de la muerte sin nombrarla, ocultando el objeto como un buen policial de la poética, y veo en ellas esa preocupación en la trascendencia que lo emparenta con Borges; hay otros lugares en común, como el cuidado excesivo de la palabra, la pulcritud, el evitar los excesos, etcétera.

 

¿Qué seremos mañana,

dentro de un rato? ¿Qué somos,

si es que algo somos,

madera o papel, restos de hojas y flores,

cenizas de un fuego antiguo

y anónimo, rostros que

no logran definirse del todo

y se esfuman cada atardecer

como en la noche se esfuman

los reflejos, las ropas, las respuestas?

 

 

Y las dudas continuarán en verbos potenciales, en preguntas directas, en situaciones que se rebelan en imágenes abstractas, peligrosamente pensadas. Constante que no nos da tregua con la falta de certezas sino que nos imbuye en la incertidumbre, hundiéndonos en el espiral, metiéndonos la semilla de un pensamiento peligroso por las consecuencias a las que puede llegar el raciocinio, dejándonos sólo pedacitos de estrellas para otear, para no agobiarnos, para no ahogarnos, aunque hay cierta grado de placer en alimentar las dudas existenciales por la profusión de las mismas.

Juega con imágenes elevadas y terrenales, en esa dualidad contrapuesta donde a fuerza de juntar palabras opuestas, límites, en una misma línea, como: «Lo supe por tus manos, una noche con sol», parecería querer mostrarnos el todo por la unión de los extremos. Logra descolocar al lector que intenta entrar en ese mundo tan lleno de certezas en la elección de la palabra y de duda al ponernos el huevo de las ideas y propuestas irresolubles que son inmanentes en el hombre y crecen en la filosofía de lo ontológico.

Por eso prefiero su perseverancia en elementos como ceniza y espejos, porque es ahí donde me siento cómodo, a pesar de que todo nos lleva a dar cuenta de la imposibilidad de trascender del mundo material, humanidad incluida. Aplaudo mentalmente la elección de la animalidad como imágenes alteradas porque es ahí es donde está mi empatía, pero esa no parece ser la intención del autor, por lo menos no es el curso que da a Cenizas del mediodía; es tan solo mi lectura que acomoda las cosas según mis intereses, ya que el plato fuerte es la transitoriedad, lo breve del paso del tiempo que nos acecha:

 

qué breve el sentido, qué ancha el alba,

y qué suave martillo el que golpea

la cabeza cuando en ella todo es sueño, verdad.

A una pulgada, el asilo.

A una centésima, el hospicio.

 

 

La obra como un todo es la posibilidad de imaginar la pregunta y dar una respuesta que genera más dudas: «¿Y si pierdo la conciencia? Resbalo». Poesía que no es para cualquiera, pues carece de los tópicos vulgares, y en su elitismo prepondera el esfuerzo del entendimiento; eso sí, quiere tomar el trabajo de soslayar cierto grado de comprensión de la obra.

Creo que existe dentro de esa batería de imágenes una gran verdad que no me es develada, un raciocinio que sólo conoce el autor, por eso me enerva la buena poesía, te obliga a pensar de más, a equivocar el camino y quedar colgado a medio camino del sentimiento y el racionalismo, a naufragar entre imágenes imposibles que curiosamente reflejan ciertas verdades que nos es negada a los «no nacidos poetas». Y te da bronca que sólo te quede una frase de otro, más bien una imagen de Goya, para encontrarle un marco a lo leído, para que acomode tu pensamiento, para poder ir a dormir tranquilo, aunque lo dudo: «El sueño de la razón produce monstruos».

 


Viñeta

 

El poeta y su visión del mundo. Entrevista al poeta argentino Carlos Barbarito

Febrero 2, 2011

 

 

1. ¿Podemos definir tu poesía desde el escepticismo?

Quiero empezar a responder a partir de lo que, según el diccionario, es definir: «Fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una cosa».Y, del verbo al adjetivo, definitivo: «Dícese de lo que decide, resuelve o concluye».Nada de lo que hacemos está resuelto o concluido, nada es definitivo. Y, entre lo que hacemos, el poema. Un poema, cada poema, siempre lo pensé así, es un paso o peldaño hacia el Poema, que jamás escribiremos. Lo sabemos, pero ese horizonte nos sirve a modo de acicate. Sí, soy más bien escéptico. Si fuera pesimista no escribiría poemas. Si fuera yo optimista, tampoco. ¿Qué es, o sería, el escepticismo? Su doctrina es afirmar que no existe la verdad o que el hombre, en caso de que la verdad exista, es incapaz de conocerla. Lejos de pretender aquí una indagación, aunque fuere somera, en las ideas de Pirrón o Sexto Empírico, me limitaré a anotar dos palabras: incredulidad, duda. Francisco Sánchez escribió, hace mucho, «que nada se sabe». Tal vez en cada uno de mis poemas, de un modo u otro, subyazca la pregunta ¿nada se sabe?, y quizás esta otra, si algo sabemos, ¿qué es lo que sabemos? Hay un verbo, en hebreo, iodah, que significa tanto conocer como amar. Spinoza, autor de una gramática hebrea, lo tuvo en cuenta y yo, que admiro desde hace mucho al filósofo de Amsterdam, también. Así la idea de saber, de conocer está unida, íntimamente, a la idea de amar. Qué riqueza se esconde, me digo ahora, en la frase bíblica «Adán conoció a Eva»Y se me ocurre, para no salirme de Spinoza y sus diarias labores, que a todo lo miramos a través de lentes. A cada lente debemos pulirla, operación rigurosa, difícil, que parece jamás encontrar —de nuevo— conclusión. Cada lente para superar lo mutilado y confuso, para verlo todo con su diversidad y despliegue. Claro, a los lentes no logramos pulirlos lo suficiente. No podemos encontrar justeza, claridad. En esas pasiones transcurrimos.

 

 

2) ¿De qué manera el mundo se vuelve cruel? ¿La poesía puede enarbolar una cosmovisión de esperanza? ¿O tu visión se acerca a un Sartre? ¿Qué es para ti la esperanza?

Un niño abre un pichón de paloma, para ver lo que tiene adentro. Esto es crueldad, vínculo con lo natural, lo inocente. Un hombre tortura a otro para arrancarle una confesión. Esto es perversión, vínculo con lo patológico. Creo que el artista es cruel, no puede ser perverso —aunque haya artistas que exhiben su perversión o su supuesta perversión—. En el mundo hay crueldad y perversión en compleja coexistencia. Podría pensarse que el poema —ya que de poesía, en definitiva, hablamos— es un modo de consuelo. Consuelo ante el dolor, la angustia, la muerte. Algo así como el abrazo al pariente del enfermo o del difunto. Pero no, o sí, si pretendemos de la poesía, del arte todo, una función restringida. Esperanza, me parece, constituye una aspiración un poco más alta. Me pregunto si la poesía sirve para algo. ¿Tiene alguna utilidad? Conste que ni pienso en una misión y menos en el sentido teológico del término. En una de nuestras últimas conversaciones, Roberto Aizenberg me dijo que todo lo que sabía del mundo se lo debía a la pintura. El arte, entonces, no como un fin sino como un medio. El arte, la poesía son lentes para ver con más precisión y nitidez. Claro, a veces vemos lo que no querríamos ver. La poesía es un acto riesgoso.

 

3) ¿Podríamos pensar la escritura como un acto de vida o, mejor dicho, el arte en general?

Sin duda. Un cadáver no puede escribir poemas. Ni siquiera respirar. Creo que fue Félix Grande quien dijo que inventamos el sexo y el arte porque sabemos que vamos a morir. Cito de nuevo a Aizenberg: se trata de mecanismos de supervivencia.

 

 

4) ¿Qué es la poesía?

Los enciclopedistas sostenían que lo menos que se puede decir de cualquier cosa es que es. Y agregan que se dice más de ella cuando se cualifica, se numera o se mide. Así, podría yo intentar una muy trabajada definición de la poesía y sin embargo, me parece, fracasaría menos —nótese esto último— si hiciera referencia a lecturas, influencias, componentes y relaciones entre esos componentes.

 

 

5) Desde el lenguaje poético, ¿podemos encontrar maneras de redefinir el mundo y todo lo que nos rodea?

Si me niego a definir, menos me propongo redefinir. Supongo que tu pregunta tiende a ver en la poesía, el arte en general, una manera de ver de otro modo, de encontrar aspectos inéditos en las cosas. El mundo es un poliedro. Tiene una cantidad de caras. Por lo general, tendemos a ver una o dos. A lo sumo, tres. Lo habitual es que, por diversos medios, se nos impone la aceptación de una sola cara, que pasa por ser la única. Hay una idea en Diderot, de procedencia biológica, que me fascina: «Nacer, vivir y desaparecer es cambiar de formas».En muchos de mis poemas me propuse llevar la idea de la incesante mutación a la del Baldanders, de quien tuve la primera noticia gracias a Borges: «Monstruo sucesivo, un monstruo en el tiempo; la carátula de la primera edición de la novela de Grimmelshausen trae un grabado que representa un ser con cabeza de sátiro, torso de hombre, alas desplegadas de pájaro y cola de pez, que con una pata de cabra y una garra de buitre pisa un montón de máscaras, que pueden ser los individuos de las especies. En el cinto lleva una espada y en las manos un libro abierto, con las figuras de una corona, de un velero, de una copa, de una torre, de una criatura, de unos dados, de un gorro con cascabeles y un cañón».Lo proteico es un concepto central en mi poética. El otro es el tiempo y ambos están íntimamente vinculados.

 

 

6) ¿Qué es el verbo?

«En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios».Cito de memoria el versículo bíblico. A eso hace referencia tu Verbo (así, con mayúsculas). Yo me salgo del Evangelio y digo palabra. Sin mayúsculas, claro. Desde muy chico siento atracción por las palabras. Una de mis primeras lecturas fue un viejo diccionario que había en mi casa. Leía palabra por palabra, sobre todo las más antiguas, desusadas y sorprendentes; me parecía que cuando más extraña era más magia contenía. No muy diferente era lo que sentía cuando abría atlas geográficos, también con olor a viejos: Etiopía, Surinam, Tailandia…

 

 

7) Háblanos de tu último libro Cenizas del mediodía, premiado y publicado en México recientemente.

¿Qué puedo decir? Poco y nada. Cenizas del mediodía es lo que está ahí, en el libro, lo que está escrito en el libro. La misma obsesión de siempre, expresada de un modo, lo siento así, un tanto más preciso.

 

 

8) ¿Qué hitos poéticos han marcado tu existencia?

No muchos y no todos poéticos, en el sentido de lecturas de poetas que me influyeron. A decir verdad, mis influencias, fuera de Vallejo, en mis tiempos de adolescencia, y luego de la poesía inglesa y estadounidense, Artaud, Montale y poco más, provienen de la ciencia, la filosofía y mis tempranas lecturas bíblicas —que ejercieron poderoso influjo en mi tono y estilo—. No me olvido de tantas páginas de Verne, Alicia, los libros de viajeros, de astronáutica y astronomía, mis febriles incursiones en la ciencia ficción, en la alquimia, en lo esotérico.

 

 

9) ¿Qué mundos se abren para ti a través de la palabra poética?

A la poesía le debo, sobre todo, la visión del mundo como una pluralidad. Espectro, abanico.

 

 

10) ¿Qué debe ser el lenguaje poético en la literatura actual y futura?

Quitemos eso de debe ser. El lenguaje ordinario es un mundo que se sitúa al lado del mundo, del que efunden el lenguaje de la ciencia y el lenguaje de la poesía. Pienso en Antonio Machado al sostener esto. (Y coincido con él cuando critica en Descartes su comienzo prescindiendo de sí mismo, de Descartes, del hombre real, de carne y hueso). Cada lenguaje con sus componentes específicos. La palabra poética refleja el ser en toda su riqueza. O eso, al menos, pretende hacer. Para ello necesita amplitud, diversidad; la ciencia procura un lenguaje homogeneizador. Si la palabra poética se restringe, se estrecha, es sometida a descarga, pierde su elemento esencial. Se desvanece. Y, lo digo con franqueza y angustia, eso acontece con frecuencia. Cito a Machado: «Entre la palabra usada por todos y la palabra lírica existe la diferencia que entre una moneda y una joya del mismo metal. ¿Cómo? La respuesta es difícil. El aurífice puede deshacer la moneda y aún fundir el metal para darle después nueva forma, aunque no caprichosa y arbitraria. Pero al poeta no le es dado deshacer la moneda para labrar su joya. Su material de trabajo no es el elemento sensible en el que el lenguaje se apoya (el sonido), sino aquellas significaciones de lo humano que la palabra, como tal, contiene. Trabaja el poeta con elementos ya estructurados por el espíritu, y aunque con ellos ha de realizar una nueva estructura, no puede desfigurarlos».

Dejo un poema inédito, de mi futuro El lugar de las apariciones:

 

A Albert Camus

Esto, y no otra cosa, debe ser la vida.

Un vino agrio para saciar la sed,

un escaso alevino para poblar ríos y estanques.

Nada más. Por qué, entonces,

su obstinación en hablarnos

de las nupcias del viento con el mar y los ajenjos,

del árbol pequeño y aislado

como la más tierna y frágil de las imágenes,

del desacuerdo que sin embargo ilumina,

del canto de las cigarras

a mitad de camino entre el amor y la miseria.

En qué punto, entonces,

ahora se lo pregunto, la pánica divinidad,

el sólido corazón que se abre a la música,

la noche pura que se bebe,

la pasión que se encamina hacia las lágrimas,

los olores de la tierra y la sal,

el verano adormecido, el sereno o voraz decurso

hacia el pavor, el éxtasis, la ira, las uvas.

 

Entrevista y foto de Ileana Andrea Gómez Gavinoser


 


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