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Momentos de mi vida

( Emilio Gamus )

Momentos de mi vida
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Viñeta

 

Estrella Asse

 

Durante muchos años, Emilio Gamus imaginó que algún día podría relatar la historia de su vida. El interés por recuperar los momentos que consideró significativos en el transcurso del tiempo lo motivó a escribir fragmentos de sus vivencias que conservó en páginas dispersas y con ello previno que cayeran en el olvido.

Movido por la intención de expresar ese cúmulo de narraciones, que eran apenas un intento de transformarse en el libro que hoy tenemos en las manos, nació la idea de recurrir a mí, de proponerme dar forma a lo que tenía entonces esbozado y añadir información que completara un ciclo, que tendiera un puente entre el pasado y el presente y se insertara en los distintos lapsos que conforman su biografía.

Con miras a lograr el objetivo, el vínculo, de por sí cercano entre tío y sobrina, se convirtió en un pacto que dio inicio a la aventura, en un lazo que día a día se fortalecía por el deseo de concretar un proyecto conjunto: el de mi tío que a los 93 años quería contar con su propia voz los momentos trascendentes a lo largo de su vida y el mío que consistiría en armar el rompecabezas de relatos aislados y organizarlos hasta completar un nuevo texto.

Nuestros encuentros transcurrieron entre amenas pláticas, sesiones de grabaciones, en el intercambio de opiniones, en oír sus anécdotas y disfrutar de ser la escucha que transcribiría el tono de su voz, la lucidez de su pensamiento; la que lo motivaba a jalar los hilos de la memoria para tejer un recuerdo que lo llevara al siguiente y así recrearlos con distintas gamas en el eco de su expresión.

Aunado a la transmisión oral de sus ideas, la congruencia poco común de su escritura—más aún, considerando que el español no es su lengua materna— y la profundidad de las reflexiones que plasmó en sus notas, acrecentaron mi deseo por conocerlas. Poco a poco me fui adentrando en el mundo de un hombre ávido por comunicar los hechos que marcaron su rumbo itinerante por distintos países, de un personaje que me invitaba a viajar a épocas distantes, a recorrer trayectos inesperados y entornos desconocidos que me remontaban a episodios sorprendentes de hazañas cotidianas.

En ese diario vivir, en ese núcleo de acontecimientos que mi tío me relataba, se abría una puerta al interior de un protagonista cuyo andar se impulsó por el empeño de vencer, una a una, las vicisitudes que tuvo que enfrentar, pero que jamás minimizaron el anhelo de cumplir sus sueños.

Las épocas convulsionadas por las guerras, los encuentros fortuitos que cambiaron su ruta, los nombres que adoptó en terrenos por los que transitó, la Tierra Prometida y la América soñada, el arraigo familiar y la dispersión, el exilio o la diáspora son componentes de un relato que deja entrever, mas no dice todo; que obliga a imaginar, a ir más allá de lo dicho, a percibir la viveza de las experiencias que nos incluyen como oyentes de un rico bagaje personal.

Su paso por la vida es la crónica de un guerrero que libró las batallas más gloriosas: el empeño por esforzarse en trabajar de manera honrada, de respetar a la mujer con quien ha compartido su vida por más de 50 años, de forjar juntos una familia sustentada en valores perdurables, de tocar con su generosidad el corazón de quienes lo rodean, de atesorar la herencia de su sencillez, de su dignidad.

Queda en esta obra la huella indeleble de un ser que preserva en ella su esencia, que sabe que la palabra escrita nace por la necesidad de existir, de grabar memoria, de recorrer otros caminos, de llegar a las manos que la acogerán para reiniciar una travesía de interminables encuentros. Será, también, legado y luz para las generaciones venideras, un ejemplo de admirable tesón, una conciencia nutrida en el valor, un testimonio que celebra el amor por la vida.

Colaborar en la realización de este trabajo, gozar de la cálida compañía de mi tío y ser partícipe de su historia dan a la mía una nueva tonalidad, es un privilegio que me honrará por siempre. 

 


Viñeta

Elías Gamus

 

Buenas noches.

Gracias a todos por acompañarnos en este momento tan importante.

Gracias a Esther Shabot y a Mónica Unikel por su presencia y sus palabras, a Carlos López por su trabajo tan profesional, su entrega y confianza.

Gracias a Bernardo Kupfer por todo su apoyo y su trabajo desinteresado y tan valioso. Muy especialmente, gracias Estrella; sin tu apoyo no existiría este libro y esto es obvio. Con mi más profundo cariño, reconozco tu gran empeño, tus largas horas de trabajo y el enorme amor con que emprendiste este proyecto que tanto significa para mi papá.

Quisiera hablar, más que de este libro, que considero un legado invaluable para nuestros hijos, nietos y bisnietos, del hombre, de Emilio Gamus, de mi papá.

La primera frase de la primera página es parte de un proverbio del rey Salomón: «Que no te abandonen la bondad y la paz. De tal modo, encontrarás gracia y sabiduría delante de Dios y de la gente».

Esta frase que mi papá cita es el hilo conductor de su vida.

La bondad de mi papá, entendida como ayuda desinteresada para todos: para sus padres, sus hermanos, su esposa, sus hijos y todo aquel que lo necesitaba.

La paz de mi papá, que viene de una conciencia tranquila por saber que hace lo que puede, el mejor esfuerzo porque los suyos estén bien.

Todos hemos escuchado «no hagas a otros lo que no quieres para ti». Mi papá no lo dice, lo vive, y va por la vida entregando sabiduría, conversando con mayores y con niños por igual, prodigando un amor infinito, aconsejando con inteligencia y escuchando con humildad, aprendiendo todos los días con la curiosidad de un niño.

Con esa bondad y con esta paz, conquistó a mi mamá, la hizo intensamente feliz, la cuidó y la consintió y la sigue cuidando y la sigue consintiendo.

Con esa bondad y con esa paz nos educó, nos cuidó, nos aconsejó y nos transmitió valores y principios a mis hermanos y a mí.

Es una gran suerte tener a Emilio Gamus como padre, es un privilegio y un orgullo ir por la vida, contestando quién es nuestro papá y, cuando contestamos, recibir elogios, felicitaciones y ver cómo se abren puertas.

Sin duda, mi papá tiene mucha bondad y mucha paz, es por eso que ha encontrado gracia y sabiduría ante Dios y ante la gente.

 


Viñeta

 

Moisés Gamus

En nombre de los nietos y los bisnietos, queremos agradecer a nuestro abuelo Djemil por este valioso legado histórico, una ventana a los recuerdos de un hombre virtuoso en su andar por la vida.

  A través de estas memorias, podemos reconocer el carácter bondadoso y perseverante que siempre te ha caracterizado, así como la serenidad, integridad y fortaleza espiritual que te han valido el respeto y admiración de todas las vidas que has llegado a tocar.

  Leer el libro es como estar sentado junto a ti, escuchando tus anécdotas y aprendiendo de nuestros antecedentes y los más profundos valores humanos.

  Agradecemos a Estrella por su entrega y dedicación, por lograr dar voz y estructura a estas lúcidas memorias, manteniendo un hilo claro y conciso a lo largo del libro. Gracias a todos los que ayudaron a compilar, editar, financiar y hacer posible este invaluable pedazo de historia.

  Nos sentimos honrados de ser una rama de este sólido árbol familiar; que Dios nos permita continuar sembrando tus valores y ejemplo en las generaciones venideras.

 

«Irbu yameja veyosifu Leja shenot Jaim».

 


Viñeta

Momentos de mi vida, de Emilio Gamus

Carlos López

 

Emilio Gamus decidió contar instantes de su vida, a partir de una vasta cronología, con perseverante ánimo, con un afán testimonial y para remarcar sus valores, que engrandecen su existencia dedicada al trabajo, a la lucha cotidiana. Qué mejor manera de abrir el libro que con este sabio proverbio: «Que no te abandonen la bondad y la paz. De tal modo, hallarás gracia y sabiduría delante de Dios y de los hombres». El hilo que mueve los pasos del ser humano es misterioso, laberíntico. Ante las incógnitas que se abren en su camino, guiarse con estas palabras ya es bastante, son un buen principio para llegar a puerto seguro.

Las vicisitudes por las que atravesó Emilio Gamus implicaron distintas geografías, contextos hostiles, injusticias laborales, hasta cambios de nombre y apellidos. Todo lo supo enfrentar con coraje, con dignidad. A él se puede aplicar el aforismo de Rabindranath Tagore: «Soy como el sándalo que perfuma el hacha que lo hiere». En su testimonio deja constancia de que las palabras solidario, fraterno, honesto no están desgastadas; que no hay lugar común en las frases «ganarse el pan con el sudor de la frente», «no hay mal que por bien no venga», «haz bien y no mires a quien», «si no sabes, aprende», «en casa chica caben mil amigos», «piensa bien y te irá bien», que es el lema del autor.

Él conoce el trabajo de imprenta, pues trabajó de adolescente más de cinco años en una casa editorial. Tal vez una motivación profunda por contar su vida fue su experiencia con las formas tipográficas y el olor del papel. De manera que tener en su haber un libro propio es la guirnalda que corona su existencia. Con amor e intuición, Elías Gamus decidió dar a luz la luz de su padre, un gesto noble que demuestra la madera del árbol proveniente de Alepo.

Debe celebrarse la decisión del autor de legar a sus lectores —que con seguridad trascenderá el ámbito familiar— un texto que hallará a su lector ideal, alguien que tal vez todavía no conoce, pues, como la vida, los caminos de los libros son azarosos, pero seguros.

Hay que agradecer, también, el trabajo de Estrella Asse, que dio forma e hizo florecer en las páginas de este libro una trayectoria dedicada a embellecer la vida de los otros, con desapego, con bondad. Estrella iluminó con pasión y entrega este trabajo.

 

 


Viñeta

 

Mónica Unikel-Fasja

Una tarde me encontraba en uno de mis lugares favoritos en Polanco, el Café Europa, con mi amiga Raquel Charabati, quien está de viaje, con una frustración tremenda de no poder estar aquí. Ella ya me había dicho muchas veces: «Tienes que conocer al señor Yemil». Pero claro: siempre nos gana lo «urgente» y dejamos para luego lo «importante». Y lo fui dejando. Total, esa tarde me lo encontré allí: impecable, elegante, sonriente, tomando un expresso, solo. Ya por todo eso me sentí identificada con él. En esos días estaba escribiendo un artículo para la revista de Maguén David sobre las enfermedades de otras épocas y necesitaba información.

Me acerqué al señor Yemil y le pregunté algo así como: «¿De qué se enfermaban en Halab?, ¿cómo se curaban cuando usted era niño?». Y me empezó a contar cosas tan interesantes como los nombres de los doctores: uno se llamaba Antunnian; era armenio, le decían El Capitán; el doctor Romanov, con el que todos iban; Karim, un musulmán un poco seco, o Abu Gadro, un oculista que tenía su consultorio en Bahsita, donde vivía la mayoría de los judíos, o el huesero Azar, un armenio que lo curó de una rotura de pierna y unas señoras Attar que tenían parches y una pomada que hacían para las irritaciones y las parteras Sebatiá.

Estábamos hablando que el señor Yemil nació en Alepo en 1918 y se fue de allí siendo adolescente; han pasado muchas décadas desde aquello, pero su memoria está impecable. Y mi concierto en el Auditorio iba a empezar y no me quería ir. Quedó pendiente el o los encuentros con tiempo y grabadora (en éste fue a mano y rápido, no paraba de contar).

Me quedé fascinada con el encuentro, con la memoria, con los recuerdos, la manera de narrar y sobre todo: el carácter amable, contento y con sentido del humor.

Se imaginarán que cuando me llamó Estrella para invitarme a este gran día me emocioné muchísimo.

En primer lugar, por el cariño que le tomé esa única vez que nos encontramos, que nos hizo muy cercanos. Pero, además, porque creo que estas biografías son verdaderos tesoros nacionales. Es en estos relatos particulares que se construye el relato de los pueblos en su intimidad, en su detalle, en su cotidianidad. Como dice Rosas: «Los pequeños sucesos son una forma diferente y agradable de acercarse a la historia; son un instrumento para despertar la pasión y el gusto por los tiempos que se fueron, por los hechos que parecen condenados al olvido».

La intención de estas biografías no es literaria: es de rescate, de recuperación y de compartir con la familia las memorias de un mundo inexistente. Aunque, en este caso, se cuidó todo perfecto.

No hay una historia, sino infinidad de historias y éstas son las verdaderas; aquí no   estamos hablando de la verdad y la objetividad inexistentes, sino de lo que constituye la verdad para cada hombre, para cada relator; ésa es su vida.

Además, el señor Yemil representa un mundo que ya no existe.

No todas las biografías son tan interesantes. He conocido hombres muy longevos con muy poco qué contar, cuyas vidas no han sido interesantes.

Pero el señor Yemil, además de tener muchos años, ha vivido acontecimientos que nosotros sólo hemos leído en libros y periódicos.

Me impacta sobremanera estar sentada frente a alguien que nació en Jalab en 1918 y cómo salió de allí a los 16 años y aún tiene muchos recuerdos. Con sus historias sabemos qué tanto de las costumbres milenarias se mantienen, qué tanto han cambiado. Por ejemplo: que las familias eran muy unidas, que todos cuidaban el shabat, que la comunidad era muy cerrada. Muchos siguen diciendo hoy lo mismo. O de lo que se perdió, como la música que se tocaba en los entierros (p. 25). ¿Se imaginan?

Además, don Emilio es observador como nadie: ¿quién se fijaba que el piso era hecho a mano? Observador de lo cotidiano como algo importante. Más adelante habla de la comida, los dulces se hacían en casa a mano, por las mismas amas de casa; en dos hojas menciona dos veces lo hecho a mano, es una persona que valora lo que hacer a mano puede significar: dedicación, calor de hogar, lo único e irrepetible, que en muchos casos se ha perdido. Tal vez es la nostalgia lo que hay aquí. Por las historias de este libro sabemos cómo era la vida en Halab, a principios del siglo xx y sabemos que los inmigrantes judíos trajeron a México costumbres y las continuaron.

También menciona el agua de la fuente, que él tenía que llevar a diario. Nos describe las vestimentas de la época (p. 23).

O que los niños iban a la tebilá a bañarse bien, una vez al mes. Los viernes, en la cocina con una cubeta, y diario, se lavaban las manos y la cara.

Por otra parte, estamos frente a alguien que dejó Alepo en 1934 y se fue a vivir a Tel Aviv, en Palestina, no precisamente por sionista, sino buscando oportunidades. Pero él nos puede decir mejor que cualquier libro de historia cómo era la ciudad de Tel Aviv antes del estado de Israel. ¿No les parece legendario?

En una anécdota entendemos que este hombre ha sido un luchador y que ha usado la creatividad y el ingenio para salir adelante: cuando ve un anuncio para un trabajo como recadero, se le pedía que conociera las calles y acababa de llegar. Dijo que sí las conocía y después de que le dieron la chamba fue a aprendérselas. Otra de esfuerzo: en el barco Rusia todos hablaban ruso, pero había un oficial que hablaba algo de inglés, le pidió que le enseñara 100 palabras rusas.

Nos habla de las revueltas árabes contra judíos, de cómo sobrevivieron a ello.

De una costumbre muy arraigada que no quiero que se use por nuestros jóvenes para justificarse: la fumada de narguile cada media noche por su papá.

Que había mujeres lavanderas que se paraban en la esquina de Allenby y King George y las engañaban aplastando la ropa en la canasta.

Llega a México en 1947 a empezar de nuevo, en un nuevo idioma.

Nos cuenta historias de la Roma, como las tertulias en el Salón Amanecer (¿quién de los chavos aquí había escuchado esa palabra?) y la compañía de los chaperones para poder salir con la mujer deseada y la boda en Córdoba, otro lugar ya de ayer, con Selim Lobatón, con las iniciales hechas de flores en la pared. Y su refrigerador de Salinas y Rocha de avenida Juárez de 2,500 pesos.

Polanco, Tecamachalco, trabajo, esfuerzo y logros sin límites: hay una la historia del señor halebi de Japón al que contactó por teléfono un jueves y el lunes ya estaba allá cerrando el deal. La señora tenía una cocinera japonesa que hacía la comida árabe. Allí las costumbres de Alepo eran igualitas, es una comunidad única en el mundo. Dice él: «Las veces que comí en casa de los Shueke me sentí en Alepo».

Es un libro muy conmovedor en el que no sólo aprendemos de historia, también de la vida y lo que implica: esa historia en la que un negocio no salió bien es un gran aprendizaje para todos nosotros: no siempre salen las cosas bien, pero si no tomamos riesgos, no hacemos nada, Y siempre salimos más fortalecidos de la experiencia.

A Estrella, gracias por invitarme. Gocé mucho el proceso y estoy gozando el momento de compartir esto con toda la familia.

Es de reconocer la calidad de la edición y el diseño de Praxis y creo, también, que la mancuerna entre tío y sobrina resultó genial, además qué padre manera de compartir momentos íntimos. En verdad, felicidades, Estrella; debes sentirte muy contenta con este logro. Nadie aquí tiene la menor idea de lo que hay detrás de este pequeño libro, las horas de conversación, de trabajo, de decidir qué se queda qué sale, etcétera.

Y al señor Yemil gracias por compartir con todos una parte de sus memorias. El diseño del caracol en el libro me parece muy apropiado: así me lo imagino tratando de desentrañar tantas cosas, tantas. Y gracias por regalarnos este legado. Él hizo una labor que muchos quisiéramos: logró plasmar una tradición ya narrada en la Torá como algo muy importante: el recuento de las generaciones y las genealogías. Es toda una tarea y ustedes, su familia, son muy afortunados de que el señor Yemil lo hizo. A ustedes y a los que aún no han nacido les toca continuar esta trascendente labor.

 


Viñeta

 

Esther Shabot

La voz y la memoria de don Emilio Gamus, la profesional pluma de Estrella Asse y la impecable y elegante edición a cargo de Praxis, encabezada por Carlos López, son los principales responsables de este libro que hoy se presenta y que nos regala a los lectores muchas cosas. Como su título lo indica, constituye la presentación de momentos de la vida de don Djemil llenos de aventuras, vicisitudes, decisiones arriesgadas, paisajes cambiantes, trabajo incansable y afectos intensos que se corroboran en el presente con tan sólo conocer a su familia, cuyos lazos siguen siendo de una solidaridad a toda prueba.

El hilo de la narración y las maravillosas fotografías incluidas nos conducen a través de una trayectoria geográfica y temporal en la que va transcurriendo la vida de don Djemil y su familia. Alepo, Palestina y México son los sitios centrales de su desenvolvimiento a lo largo del cual se revela la naturaleza de un proceso de emigración que es asumido con toda sencillez y naturalidad por el protagonista de esta epopeya. Y digo epopeya porque aunque la modestia de don Djemil lo hace no alardear nunca acerca del esfuerzo y hasta heroísmo con los que él condujo su vida, es un hecho que hay pocas cosas tan heroicas como el abandonar un mundo conocido, para abrirse paso, con muy pocos recursos materiales a mano pero mucha valentía, en un nuevo entorno donde la vida era tan diferente. Desde la lengua, las costumbres, los olores y los sabores, hasta las maneras de relacionarse y de trabajar;  México en aquellos años 40 era un país que muy poca similitud tenía con la Siria o la Palestina de donde don Djemil llegó. Y sin embargo, parecería que su capacidad de adaptación y su ilimitada voluntad de salir adelante y apoyar a los miembros de su familia, que en algunos momentos sufrieron carencias, fueron los motores de una actitud siempre emprendedora, valiente y que de ninguna manera se rendía ante desafío alguno. Ni ante las burocracias que mañosamente le escamoteaban documentos oficiales imprescindibles, ni ante patrones que intentaban explotarlo o ante las malas rachas que vivió en algunos de los negocios que con tanto arrojo emprendía.

Por otra parte, resulta de lo más entrañable poder recibir a través de este libro de memorias la descripción de lo que era una ciudad como Alepo en aquellas décadas de los 20 y los 30: la disposición de las casas con sus patios, las sinagogas, las modalidades de la vida familiar, las ocupaciones de los judíos alepinos, la clase de educación que recibían, el kitab y la influencia francesa a través de las instituciones educativas de la Alliance, lo mismo que las costumbres ancestrales que normaban buena parte de la vida cotidiana. Y resulta también emocionante enterarse de cómo se dio el accidentado traslado familiar a Palestina cuando aún regían ahí los ingleses y la vida judía registraba altas tensiones con la población árabe local, al tiempo que se construían las bases estructurales sobre las que se levantaría con el tiempo el estado de Israel. Los documentos de don Djemil donde aparece su condición de afiliado a la Histadrut o Central Obrera Israelí nos hablan tanto de él, como de toda una época, de un momento clave en la vida del pueblo judío cuando al fin éste emprendía la tarea de convertirse en un pueblo normal y autónomo, con sus trabajadores y sus huelgas, sus empresas agrícolas colectivas, sus universidades y sus difíciles despegues marcados por la incertidumbre.

México aparece como la etapa final de aquel viaje que don Djemil emprendiera por primera vez a los 16 años cuando en 1934 salió de Alepo. Es el escenario de la madurez, del arraigo y la construcción de la familia. El paisaje es ya muy distinto al del Levante. Es un territorio ajeno a la cultura árabe dominante en Alepo y también distinto a la Tel Aviv que emergía entonces a la vida bajo la influencia de las ideas de la ilustración judía europea. El español pasaría a formar parte de su comunicación cotidiana, compartiendo con el árabe, el francés y el hebreo su carácter de herramienta esencial para hacer amigos, concertar negocios, ganarse la vida y transmitir afectos e ideas a su queridísima esposa Alicia, a sus hijos, a sus nietos, a sus hermanos y sobrinos. Sus múltiples interlocutores en los cafés y su gran cantidad de amigos pueden dar fe de cómo don Djemil, culto y ameno conversador nato, ha tenido siempre el don de enriquecer a aquellos con los que trata.

Los mariachis que aparecen en el relato de la celebración de sus bodas de oro y el oud de las melancólicas melodías árabes de la adolescencia y juventud bien podrían ser emblemáticos de ese fantástico y contrastante trayecto de vida de don Djemil, quien transitó de la ancestral Alepo a Israel-Palestina, para afincarse definitivamente en un México que hospitalariamente le brindó la posibilidad de ser para él su nueva y definitiva patria adoptiva.

Muchas gracias, Estrella, por haber sido la talentosa, generosa y eficiente transmisora de una experiencia tan rica como la de don Djemil, y muchas gracias, don Djemil, por haber guardado con tanto celo sus recuerdos y sus memorias y por habernos permitido a sus lectores, enriquecernos y emocionarnos con ellos. Para cualquier lector sensible se trata de un testimonio de vida que da cuenta del arrojo y la generosidad que acompañaron a muchos individuos que, como usted, tomaron y siguen tomando la difícil decisión de emigrar en la búsqueda de nuevos horizontes. Y, por supuesto, para quienes como hijos y nietos de alepinos compartimos con usted esas particulares raíces comunes resulta una fuente de sentimientos entrañables y un verdadero placer conocer, a través de sus memorias, esa conjunción de circunstancias que han hecho de nosotros lo que hoy somos. Muchas felicidades.

 


Viñeta

 

Emilio Gamus

Queridos amigos:

Les doy la bienvenida a todos los presentes, y agradezco su asistencia a este evento tan importante para mí.

Este libro representa un legado invaluable para mis hijos, nietos y bisnietos. Pienso que será de gran interés para ellos y para todos aquellos que lo lean, para poder conocer el modo de vida que llevé tiempo atrás en compañía de mis padres, hermanos, familiares y amigos.

Les doy las gracias a mis hijos y nietos, quienes me animaron a contar algunos fragmentos del curso de mi vida, especialmente desde mi llegada a México lindo y querido.

También, a Esther Shabot, por dedicar parte de su tiempo a la lectura del libro y a su asistencia el día de hoy.

A Monica Unikel, a quien tuve el gusto de conocer recientemente.

Al editor Carlos López, por su gran trabajo. A Bernardo Kupfer, por compartir con su esposa esta tarea y su colaboración en el desarrollo de la obra y su apoyo desinteresado en todo momento.

A mi sobrina Estrella Asse, sin la cual no hubiera sido posible la realización de este proyecto. Ella se ofreció gustosamente a armar, corregir y dar forma a todas las anotaciones que yo había ido escribiendo poco a poco en un librito. Dedicó mucho de su valioso tiempo a escuchar mis historias con mucha paciencia, a trabajar en su casa, corrigiendo y puliendo toda la información. No faltaron las reuniones con mis hijos para ponerlos al tanto de los constantes avances del libro y para la revisión de ciertos detalles. Tengo que enfatizar que su trabajo fue minucioso y elaborado con mucho cariño y profesionalismo. Disfrutamos juntos de una convivencia sana y productiva, con un fin determinado. Finalmente, gracias a su esfuerzo, logramos el objetivo deseado.

También quiero agradecer especialmente a mi compañera de toda la vida, mi querida esposa Alicia, con quien forme una familia ejemplar.

Me siento muy satisfecho con el resultado de esta obra, que espero disfruten, y cuya lectura les aporte algo para reflexionar.

 



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