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El arte cósmico de Tamayo

( Norma Ávila Jiménez )

El arte cósmico de Tamayo
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Viñeta

«¿A usted le gustaría hacer un viaje a la Luna?», preguntó una reportera a Rufino Tamayo en 1989, cuando este pintor tenía 90 años. «Claro que sí», aseguró. Porque el Mar de la Fecundidad, el cráter Copérnico y el Océano Procelarum, por citar algunas de las grisáceas estructuras selenitas, dispararon imágenes en su mente creativa para luego ser transportadas al lienzo. Lo mismo le sucedió con el fascinante cometa Halley de 1910, con los eclipses que admiró y con las galaxias, conglomerados de estrellas convertidos en sonoridades de su partitura pictórica.

Tamayo estaba al tanto de los fenómenos y descubrimientos astronómicos y de la carrera espacial: se imbuía en el cosmos a través de observaciones propias, al leer artículos de divulgación científica o al visitar centros científicos como la nasa. Su archivo visual se nutrió de imágenes que a mediados de los años 40 comenzaron a dispararse en lienzos y murales.

Este libro aporta datos que enriquecen esa faceta cósmica e información que da lugar a una lectura diferente en varias de sus obras. Además del Tamayo heredero de la sangre y trazos zapotecas, de los que asimiló y transfiguró las vanguardias pictóricas, está el amante de los sueños entre océanos de constelaciones.
 


Viñeta

Ingrid Suckaer

Nadie puede alcanzar un potencial que no tiene. Rufino Tamayo amaba tanto la vida que quiso abrazar el Universo por completo. Su entrañable relación con el cosmos fue una comunión de conocimiento, sensualidad, asombro e incluso temor ante lo desconocido. El arte cósmico de Tamayo, de Norma Ávila Jiménez reúne importante información que oscila con acierto entre la entrevista, la crítica de arte, la crónica, las citas y los apuntes, abarcando entre estos polos una decisiva capacidad para transmitir con datos científicos cómo el artista creó un amplio lote de obras basadas en su conocimiento sobre las exploraciones científicas del manto celeste.

Cada quien su experiencia; y también su manera de procesarla. A los once años, Tamayo tuvo un acercamiento excepcional con un hermoso fenómeno de la bóveda sideral que lo maravilló: entre abril y julio de 1910 la cauda del cometa Halley iluminó la Tierra. La belleza del espectáculo natural era impresionante; la gente, aterrorizada, creía que anunciaba el fin del mundo. El recuerdo inolvidable de lo que presenció se refleja con fuerza en su biografía; las complejas metáforas plásticas que sobre el Universo creó Tamayo señalan el rastro biográfico que le dejó el cometa Halley, pero también cómo aquel suceso se transformó en profundo interés intelectual por todo lo relacionado con el infinito. Con rigor académico, escritura ágil y amena Ávila Jiménez partió de lo anterior para crear un perfil biográfico de Tamayo y su relación con el cosmos. El resultado es un valioso libro de divulgación que muestra las fuentes que inspiraron al artista, así como su constante búsqueda de información científica e incluso sus posibles visitas a centros de investigación espacial y astronómica.

Desde las primeras obras de Tamayo el cielo ya está presente, bien a manera de promesa de libertad, o a modo de encuentro con el misterio; tales atmósferas proclaman el escenario interno que acontecía en el autor y proyectan la profunda curiosidad que le generaba lo ignoto. Pero no fue sino hasta en Nueva York desde la terraza, pintado en 1937, cuando un personaje masculino, que podría ser Tamayo, otea, por medio de un pequeño catalejo, la ciudad y, más allá de ésta, el horizonte astronómico. Además de exquisitez formal y estética, ese cuadro contiene códigos en los que el pintor deja entrever algunas claves de su manera de entender la vida: observa, descubre, describe. Ése es un principio de la ciencia que, a su manera, Rufino Tamayo hizo suyo, pero siempre aportando su propia visión creativa sobre lo que tocaba su ser.

No se puede comunicar lo que en esencia se desconoce. En gran cantidad de obras Tamayo plasmó elementos que hacen eco en aportaciones de la ciencia y la tecnología relacionadas con la exploración del Universo. Amparada en una amplia investigación bibliohemerográfica, con acuciosa metodología, Norma Ávila Jiménez, quien, como indica en la introducción de su libro, escribió El arte cósmico de Tamayo a partir de su tesis de maestría titulada La proyección de la astronomía y la era espacial en la obra de Rufino Tamayo (1946-1989), lleva al lector a conocer detalles históricos, científicos y tecnológicos que repercutieron en los lienzos y murales que pintó Tamayo.

Las diversas opiniones que a lo largo de El arte cósmico de Tamayo da Jesús Galindo, doctor en astrofísica teórica e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, son vitales para que el lector comprenda conceptualizaciones complejas del arte y la ciencia. Las entrevistas con los familiares del artista aportan al estudio una peculiar calidez que se agradece. Los puntos de vista vertidos por Juan Carlos Pereda, crítico de arte y especialista en la obra de Tamayo, dan luz para percibir mejor las obras que enumera la autora y cuya honda complejidad polisémica conlleva, además de gran perfección estética, fuerza racional, emocional, instintiva, física y erótica.

Podría extenderme más sobre las valiosas aportaciones que ofrece el ensayo de Norma Ávila Jiménez, pero me circunscribo a mencionar que las 33 ilustraciones incluidas en el libro permiten hacer una clara correspondencia entre la ciencia y la obra artística. Con aguda belleza plástica, las 26 obras de Tamayo que seleccionó la escritora para su análisis, también señalan cómo para Rufino Tamayo en el Universo convergen todos los tiempos, todas las realidades y todo es sensual. Así las peregrinaciones internas de este entrañable pintor de talla mundial.

 

El Financiero, México, 10 de agosto, 2010, p. 32

 


Viñeta

Tamayo: mirar el infinito

 

Un hombre pinta en un cuadro a otro que admira el cielo. El hombre que está fuera del cuadro admira la galaxia que es admirada por el otro hombre que está dentro del cuadro. Ambos observan un conjunto de miles de millones de soles impregnados por las imágenes del cometa Halley y su larga cauda de polvo estelar.

Como en un juego de cajas chinas, una mujer observa fascinada al hombre que pinta un cuadro en el que se ve a otro hombre que mira al cielo. El pintor Rufino Tamayo se estremece al mirar el infinito y una mujer que escribe sobre la obra de Tamayo también se conmueve y busca que los lectores de su libro formen parte de la cadena de personajes que miran cómo el ser humano mira el infinito.

En el libro El arte cósmico de Tamayo, Norma Ávila Jiménez trata de rastrear las huellas de las experiencias que dieron origen a las portentosas imágenes del espacio sideral que marcan a muchos de los cuadros del pintor zapoteca. Mediante una minuciosa investigación, búsquedas hemerográficas, testimonios y entrevistas con científicos y especialistas, Norma Ávila rastrea la trayectoria del ojo de uno de los artistas más importantes en el panorama de la pintura del siglo 20. ¿Qué es lo que vio? ¿Cómo se generó esa mirada? ¿Cómo se trasladó a su obra?

En esta búsqueda, Norma Ávila nos presenta algunas claves para apreciar algunos de los momentos seminales en la historia de la imaginación de Tamayo. Así podemos ver a un niño de once años que observa durante varias noches y madrugadas un pedazo de hielo con cabellera. Esa estampa se instala en su memoria. Acudirá a ella varias veces a lo largo de su vida. Para probar esta tesis, la investigadora rescata un valioso testimonio de Tamayo:
«Me acuerdo de una cosa de pavor en el pueblo: el famoso cometa Halley, que apareció en 1910 y tenía una gran cauda, tan larga como dos calles. Era una cosa impresionantísima y uno salía por las noches y en la madrugada a verlo con un profundo terror, pues se anunciaba que la cauda de ese cometa iba a rozar la Tierra en su último día. Entonces se empezó a asegurar que cuando eso ocurriera se iba a acabar el mundo. Y me acuerdo muy bien que toda la gente salía a las calles a hincarse y rezar para que no pasara nada. Al día siguiente volvió la calma, pero esa noche fue terrible».

Al lado del terror cósmico aparece una gran fascinación ante el espectáculo nocturno. Ávila documenta el interés que Tamayo tuvo por la ciencia durante toda su vida. Los nombres de sus cuadros no dejan lugar a duda: El astrónomo, Los astronautas, Galaxia, El hombre ante el infinito.

De especial interés son las comparaciones de imágenes de la exploración espacial con las de algunos cuadros. Éste es el caso, por ejemplo, de una pintura llamada Torso de hombre (1969) y el módulo lunar del Apolo 11. Es evidente la relación entre ambas figuras. Para reforzar esta tesis, Ávila encuentra declaraciones de Tamayo que plantean cómo en sus cuadros jugaba a una simbiosis entre las formas mecánicas y las humanas. La investigadora incluso revisa las colecciones de Tamayo de revistas científicas y del National Geographic para espiar al pintor en el momento en que encuentra una imagen o fotografía que se transfigurará en un cuadro. Éste no es un rastreo fácil. Una obra de arte es la convergencia de un tiempo y una historia cultural. Así, Norma Ávila también sondea la herencia prehispánica, las huellas de los grandes maestros de la pintura y la exploración de los mitos. Tamayo sabía que, de acuerdo con los antiguos mexicanos, en las manchas de piel de los jaguares la naturaleza representaba las múltiples estrellas del cielo. El espacio ilimitado se puede pintar en la piel de un jaguar.

Ese infinito, de acuerdo con el físico Heisenberg, está más cerca de las personas que miran al mar. Lo mismo podríamos decir de aquellos que se asoman a los mares cósmicos del cielo y de aquellos que se asoman a la mirada de Tamayo.

José Gordon, Reforma, México, 14 mayo, 2010, p. 21

pepegordon@gmail.com
 


Viñeta

EL ARTE COMO DIVULGACIÓN CIENTÍFICA

RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Uno de los principales problemas de la ciencia mexicana es lograr su difusión, acercar al neófito datos y enseñanzas relacionadas con los quehaceres que regularmente le son ajenos. Entre los institutos menos publicitados en la UNAM está el de astronomía, y no porque su ocupación sea menos importante; como bien menciona Ávila, el contacto ocasional con los fenómenos astronómicos puede cambiar la percepción de la vida de generaciones enteras. Ni hablemos de cómo los cambios de esa enorme playa sideral, en la que la Tierra apenas es un grano de arena, afectan a todo ser vivo terrestre. Empero, la enseñanza científica que está presente en este ensayo sobre los astros y Tamayo no abarca los muchos aspectos astronómicos que día a día se estudian en este importante Instituto de la UNAM. La autora ha preferido hablar de aquellos evidentes en la imperecedera obra del pintor oaxaqueño más conocido.

Como parte de la importancia de expandir el conocimiento científico, se mencionan los intereses de Tamayo por la ciencia en general. Pintor comprometido con los ideales sociales, prefirió alejarse de las tendencias oficiales que en su tiempo aglutinaron a lumbreras como Rivera, Siqueiros y otros creadores pictóricos que usaron sus pinceles para hablar de política. Desde la óptica antropológica, es destacable la versión que Ávila enfatiza, sobre el designio de Tamayo de hacerse una extensión de la pintura prehispánica: de modernizar el sentir pictórico de los antepasados: de evitar hacer de lo indígena otro modo de turismo cultural. Si bien importantes figuras oaxaqueñas (Toledo y sus seguidores) pueden reconocerse en sus raíces locales y otros (Marco Bustamante) se destacan por evitarlas, Tamayo es captado en este ensayo como un artista sensible al universo desde la peculiar perspectiva humana: se mencionan eclipses y cometas, se habla de su acercamiento a la NASA y cómo percibía la responsabilidad del científico. Claro, la notoriedad tiene sus beneficios, pero ante las obras de Tamayo, que siguen conmoviendo de forma consciente e inconsciente a espectadores de todo el mundo, resulta innecesario hablar de ese aspecto de este pintor solar (Paz dixit) que buscó ayudar a sus coterráneos de muchas formas.

Si bien el ensayo no abunda en el análisis pictórico de las láminas, el texto sin duda invita al lector a buscar más imágenes del oaxaqueño: logra su objetivo de incitar al lector a continuar con la búsqueda de lo científico que está presente en la pinturas escogidas, pero, mejor aún, se retoma la faceta humanista de Tamayo sin dejar a un lado su gusto por lo científico. Subyace la reafirmación de Tamayo como un creador conocedor de los problemas de su tiempo y de la importancia de la ciencia en la vida cotidiana. Aunque el libro va más allá de esto último, basta para hacer disfrutable una lectura que nos reafirma la necesidad de hacer de la ciencia y su difusión una prioridad nacional.

LA JORNADA SEMANAL, 13 de junio de 2010


 


Viñeta

 Aborda libro la faceta sideral de Tamayo

 

El muralista y pintor Rufino Tamayo estuvo interesado por la astronomía, fascinación que quedó inmortalizada en innumerables obras, en las cuales plasmó la galaxia y otros aspectos interestelares.

Así lo explicó Norma Ávila Jiménez, autora del libro El arte cósmico de Tamayo (Praxis/Universidad Nacional Autónoma de México/Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología), donde devela el interés que tuvo el artista mexicano por cuestiones del espacio sideral, los fenómenos y descubrimientos astronómicos, así como las novedades científicas de la época en la carrera espacial.

La Luna, las constelaciones, los eclipses, los cometas, los cuerpos celestes, el suelo lunar, las galaxias, naves y trajes espaciales generaban un atractivo importante para el artista, quien quedó atrapado en el tema tras el paso del cometa Halley,en 1910. Posteriormente, leyó todo lo referente a la astronomía y el cosmos para plasmar en sus lienzos realidades y no paisajes, agregó Ávila.

Este libro aporta datos que enriquecen esa faceta cósmica y brindan información que da lugar a una lectura diferente en varias de sus obras, dijo la autora, quien presenta este volumen como resultado de su trabajo de tesis dedicado al pintor mexicano.

«Tamayo —prosigue Ávila Jiménez— estaba al tanto de los fenómenos y descubrimientos astronómicos, así como de la carrera espacial. Se imbuía en el cosmos mediante observaciones propias: leía artículos de divulgación científica o visitaba centros científicos, incluso la agencia espacial estadunidense, la NASA».

Su archivo visual, dijo la escritora, se nutrió de imágenes que a mediados de la década de los 40 del siglo pasado comenzó a manifestar en lienzos y murales.

En el año de 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, Rufino Tamayo comenzó a pintar aspectos referentes al cosmos; observó eclipses y leía publicaciones de divulgación científica para saciar su interés por el tema.

En el primer capítulo del libro, titulado Ojos en el cielo, la autora describe los lienzos que Tamayo realizó a partir de los acontecimientos sociohistóricos y científicos ocurridos en la época en que vivió en Nueva York por segunda ocasión.

«La innegable influencia que ejerció la era espacial y la llegada del hombre a la Luna, con la misión Apolo 11, en su arte quedó expuesto en La era espacial y los eclipses y en La Luna, las naves y las galaxias; asimismo, los descubrimientos astronómicos y la influencia del avance de la tecnología jugaron un papel importante en su obra».

En el segundo apartado del volumen, La era espacial y los eclipses, la autora describe el inicio de la era espacial, la NASA y las misiones Apolo, además de las constelaciones y los eclipses.

Para el último capítulo, Ávila presenta el binomio ciencia-arte y describe aspectos sobre la Luna, las naves y sus galaxias en la vida y obra de Tamayo.

Para la investigación, Norma Ávila Jiménez retomó fuentes bibliográficas y trabajos de artistas y personas conocedoras de Tamayo. Así integró información sobre una faceta de Tamayo de la cual sólo existían algunas referencias.

Otras de las obras donde Rufino Tamayo perpetuó su interés por el espacio sideral fueron Mujeres alcanzando la Luna, Terror cósmico, Eclipse total, Noche y día, El grito, El astrónomo, Cuerpos celestes, El hombre ante el infinito, Hombre confrontando el infinito, Torso de hombre, Hombre en negro, Tierra erosionada y Perro ladrando a la Luna, entre otras.

El propósito de este libro, dijo Ávila, es aportar datos que enriquecen esa faceta cósmica, así como información que da lugar a una lectura diferente en varias de las obras del artista. Además del Tamayo heredero de sangre y trazos zapotecas, del que asimiló y transfiguró las vanguardias pictóricas, está el amante de los sueños entre océanos de constelaciones.

El volumen se presentó el pasado jueves en el Museo Tamayo, con las intervenciones de Ingrid Suckaer y el doctor José Franco, director del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México y la autora, entre otros.

              

La Jornada, 9 may., 2010, p. 5

 


Viñeta

 

Norma Ávila Jiménez publica por fin su tesis en forma de libro

Juan José Flores Nava

 

En el mundo académico, las tesis son un requisito (cuando no un obstáculo) para graduarse. Pocas, muy pocas, son las que logran salir de los espacios universitarios o institucionales que les son asignados. Norma Ávila Jiménez, periodista y profesora, escribió una tesis para obtener el grado de maestra en arte moderno y contemporáneo por la Universidad Autónoma de Querétaro, y se empeñó en publicarla. Ahora, con los sellos de Editorial Praxis, la Coordinación de Investigación Científica y el Instituto de Astronomía de la UNAM, así como del Conacyt, circula El arte cósmico de Tamayo, una investigación en la que su autora muestra la fascinación que le causaba al artista oaxaqueño todo lo relacionado con el cosmos.

Era tal el interés de Tamayo que no sólo estaba enterado de los fenómenos y los descubrimientos astronómicos, de los logros en la carrera espacial, sino que éstos, nos cuenta Norma Ávila, dispararon imágenes en su mente creativa para luego ser transportadas al lienzo. De tal suerte, el libro es una nueva lectura de la obra de Tamayo.

Por cierto, hay que considerar el hecho de que Norma Ávila Jiménez ha sido divulgadora de la ciencia por más de 20 años y casi todo lo escrito ha sido sobre astronomía. Tanto y tan bien la conocen en lugares como el Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México, que algunos incluso han modificado el modo de nombrarla: ha pasado de ser simplemente Norma a Astro-Norma.

 

¿Cómo descubrió la relación entre el cosmos y varias de las obras de Rufino Tamayo [1899-1991]?

Fue en la maestría. En una clase nos mostraron la obra de Tamayo y vi que en sus lienzos el cosmos no era pintado al desgaire, sino que denotaban un conocimiento sobre la posición de los astros y sobre los fenómenos astronómicos. No son meros paisajes, sino una lectura astronómica del universo. En mi trabajo pretendía demostrar, entonces, que cuando él pintaba, por ejemplo, un eclipse lunar, la posición de la Luna en el horizonte en el lienzo coincidía con la posición de la Luna en el horizonte al entrar completamente en la zona de sombra de la Tierra, pues en un eclipse lunar la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna. Para conseguirlo me hice estudiante asociada del Instituto de Astronomía de la UNAM. Ahí recibí la asesoría de Jesús Galindo, un arqueoastrónomo.

 

Nos cuenta en el libro que durante su investigación descubrió que, en efecto, Tamayo fue un lector ávido y curioso de textos de divulgación científica.

Sí. Eso lo supe gracias a las entrevistas que hice al curador de su obra, Juan Carlos Pereda, a su biógrafa Ingrid Suckaer y a sus familiares. Ellos, por ejemplo, me contaron que tras regresar de París en 1962 se volvió un lector número a número de la National Geographic. Luego, al ir a conocer su biblioteca, en el Centro de Documentación del Museo Rufino Tamayo, constaté que tenía varios libros de ciencia o revistas con artículos científicos. Por otro lado, al revisar todas las entrevistas que le hicieron a lo largo de su vida, en ellas continuamente dice que le hubiera gustado ser astrónomo o que le hubiera gustado viajar a la Luna.

 

En su libro dice que incluso un día Tamayo visitó la NASA.

Parece ser que fue a la NASA en más de una ocasión. Juan Carlos Pereda dice que puede ser que haya ido más de las dos veces que se tienen documentadas, pues nunca perdió contacto con gente de la NASA. Pensemos en que cuando Tamayo sufrió un accidente automovilístico y no podía comer, le enviaron de la NASA un polvo especial para que se alimentara. Y su sobrino declaró que se hizo amigo de uno de los ingenieros que construyeron el módulo lunar. El mismo año en que este módulo descendió en la Luna, en 1969, pintó unas obras en las que se ven, según lo declara, unas figuras humanas que son al mismo tiempo mecánicas. Al averiguar de qué figuras hablaba, me encontré con los cuadros Torso de hombre, Hombre en negro y Tres figuras. En ellas se ve el módulo lunar.

 

A Tamayo le tocó vivir el desarrollo, el auge y los primeros grandes logros de la era espacial.

Y le interesaban muchísimo. Vio cómo la ciencia y la tecnología fueron utilizadas para hacer el mal. Por ejemplo, con la bomba nuclear. Ese lado de la ciencia le provocó pavor. Lo detestaba. Pero, por otro lado, le maravillaba cómo esa misma ciencia y tecnología que se usaban para dañar fueron empleadas para construir satélites, telescopios más potentes o naves cada vez más capaces de explorar el espacio. Consciente como era de que somos hijos de las estrellas, todo eso lo maravillaba.

 

 Al parecer, algo de eso que lo maravilló en mayor medida fueron los viajes Apolo.

Sí, y los reflejó en sus trazos: Tierra erosionada fue pintada en 1972, el mismo año en que llegó el Apolo 17, la misión en la que los astronautas permanecieron más tiempo en la Luna. Entonces, cuando las imágenes del satélite natural de la Tierra se estaban difundiendo por todos lados, de repente Tamayo pinta cráteres y tonos grises.

 

¿Qué fenómenos astronómicos representó más?

Uno de los fenómenos cósmicos que más lo marcó fue el cometa Halley. Pero también va a estar representando constantemente eclipses de Sol y de Luna.

 

¿Qué es lo que más admira de las obras de Tamayo que estudió?

Me atrapa ver en varias obras el cometa Halley, como decía. Él tenía 11 años cuando lo vio. Y no olvidemos que una visión como la que se tuvo entonces del cometa no se ha repetido, porque la Tierra atravesó su cola. ¡Imagínate qué cometón vieron! La cola era enorme. Abarcaba casi toda la bóveda celeste. Entonces no es raro que continuamente esté representando este fenómeno. La primera vez que pintó al cometa fue al término de la Segunda Guerra Mundial, en 1946. En esa época, en la que empezó a cuestionarse sobre la ambivalencia del uso de la ciencia y la tecnología para hacer el bien o el mal, pintó a unas mujeres estirando el brazo intentando alcanzar el universo.

 

El Financiero, México, 10 de agosto, 2010, p. 32

 


Viñeta

 

El arte cósmico de rufino tamayo 

Juan Antonio Rosado

 

De toda representación pictórica, cuando no es resultado del simple procedimiento mimético, emana una serie de elementos en un principio alojados en los rincones acaso más ocultos de la subjetividad. Salen a luz, y a través de trazos y colores diagnostican, interpretan una realidad. En toda subjetividad hay diversas obsesiones. El arte no es sino un vehículo, una forma para hacerlas aparecer lo más cercanas a la emoción y motivación originales. En el caso de Rufino Tamayo, pintor de ruptura, es posible determinar una riqueza simbólica generada no sólo desde una subjetividad excepcional, sino también a partir de un conglomerado de realidades percibidas desde esa mirada subjetiva. Entre esas presencias, se encuentra, por supuesto, el mundo prehispánico, pero una de las más intensas ha sido el llamado cosmos, el espacio, la realidad astronómica. En esta última, se interesó la crítica de arte Norma Ávila Jiménez, quien, en su libro El arte cósmico de Tamayo, analiza su influjo y reflejo.

En 1989, la reportera Patricia Cañedo le preguntó a Tamayo, de noventa años, si le gustaría viajar a la Luna. Con esta interrogante se inicia el libro de Ávila. A partir de dicha pregunta, la autora descubre el cosmos tras una buena cantidad de imágenes del oaxaqueño universal. La respuesta de Tamayo es obvia: el paisaje lunar, algún océano, algún cráter disparó imágenes en su mente; imágenes que luego recrearía y transportaría a los lienzos. Estructuras selenitas, eclipses, cometas y todo fenómeno cósmico constituyeron auténticas motivaciones para el pintor. Investigarlas no ha sido otra cosa que hurgar en las fuentes, en los orígenes de muchas de las representaciones —ya clásicas— de este artista. La premisa de la que parte la Ávila es irrefutable: «Tamayo estaba al tanto de los fenómenos y descubrimientos astronómicos y de la carrera espacial». Lo anterior, en conjunto con las imágenes pictóricas, fue suficiente para emprender una nueva lectura y análisis de Tamayo. Ya no sólo tenemos al Tamayo imbuido en el mundo zapoteca y vanguardista. Ahora contamos con un Tamayo «astronómico».

El libro se divide en tres capítulos y en una sección de pinturas y fotografías. En «Ojos en el cielo», título del primer capítulo, la autora analiza el periodo 1946-1956. El contexto del pintor con los trazos prehispánicos ya incluye la contemplación de cuerpos celestes. Tamayo se rebela contra las limitaciones académicas y, en ese sentido, el arte prehispánico fue una revelación. El oaxaqueño se asumió como continuador de esa tradición desde una mirada moderna, inmersa en las vanguardias (Braque, Picasso, Chirico, Matisse...) y la tradición (El Greco, por ejemplo). Se separa entonces del camino trazado por los muralistas en pos de una voz propia, ajena a la demagogia y a la política. A esta etapa corresponden cuadros como Mujeres alcanzando la luna (1946), Cuerpos celestes (1946), Eclipse total (1946), El astrónomo (1954) y Terror cósmico (1954). En el segundo capítulo, «La era espacial y los eclipses (1957-1969)», se nos contextualiza en los célebres lanzamientos de los Sputnik I y II, así como del Explorer I, del Vostok I, etc., hasta llegar a la nasa y al Apolo. Tamayo estuvo al tanto de todo esto. Incluso antes de septiembre de 1968 visitó la nasa. A esta etapa corresponde otro lienzo: El astrónomo (1957). El tercer capítulo se titula «La Luna, las naves y las galaxias (1970-1989)». Las imágenes de nuestro satélite difundidas en 1969 influyeron en Tamayo; por ejemplo, en Tierra erosionada (1972). El terror y el placer; la fascinación y la angustia se reflejan en las producciones de esta época, a la que corresponden cuadros como Hombre en el espacio (1970), Los astronautas (1971) y Galaxia (1978).

A sus once años de edad, en 1910, el artista oaxaqueño vio el cometa Halley, experiencia que lo marcaría para toda la vida y que repetiría en 1986, cuando el cometa aparece de nuevo. Asimismo, desde 1963 Tamayo contó con un telescopio. El libro de Ávila es una concisa, breve, pero bien documentada investigación y reflexión sobre un original «espejo» artístico de las ciencias astronómicas.

 

«Norma Ávila Jiménez: El arte cósmico de Rufino Tamayo», Siempre!, núm. 2984, año LVII,  México, 22 de agosto, 2010, p. 88

 

 

 


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Viasase  (Viernes, 20 Mayo 2016)
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